Las eternas fiestas de la casa amarilla

No tiene un cartel en el frente ni en los costados, tampoco hay un letrero, ni siquiera un número de celular pintado a mano. De hecho, ni siquiera tiene impreso o pegado el número catastral. La calle, de hecho, tampoco tiene un nombre conocido.El portero electrónico está roto. Los cables yacen cortados. No hay un…

Las eternas fiestas de la casa amarilla

No tiene un cartel en el frente ni en los costados, tampoco hay un letrero, ni siquiera un número de celular pintado a mano. De hecho, ni siquiera tiene impreso o pegado el número catastral. La calle, de hecho, tampoco tiene un nombre conocido.

El portero electrónico está roto. Los cables yacen cortados. No hay un medidor de luz a simple vista. De hecho, el cable que entra a la residencia lo hace, llamativamente, a través de un añoso árbol.

La casa quinta amarilla, rodeada de mediasombras grises que tapan un amplio parque con cancha de fútbol, pileta y viejos árboles, parece a simple vista una residencia geriátrica o un asilo para curar adictos.

Lejos está de parecer una simple residencia familiar.

No importa que se golpee el portón de metal negro cerrado con cadena. Nadie atenderá. Su cuidador no da señales de vida.

La casa amarilla está en medio de campos de trigo y de polvorientos caminos surcados por una acequia. No es fácil llegar a la casa. No hay demasiados vecinos cerca.

En la zona poblada, la conocen como la “casa de Herman”.

Sucede que esta propiedad, enclavada en un camino de tierra que se topa con el kilómetro 8 del Camino a 60 Cuadras, en la zona sur de Córdoba capital, era a comienzos de la década de 2000 del hoy parlamentario del Mercosur Herman Olivero.

La casa cobró notoriedad porque la conexión eléctrica presuntamente era irregular. La causa fue instruida por el fiscal Pedro Caballero y se perdió en los laberintos jurídicos de Tribunales.

Los años pasaron y la residencia amarilla dejó de ser de Olivero para pasar a manos de terceros que hoy no están del todo identificados. Menos por la Justicia.

Lo concreto es que en la zona la siguen llamando “la casa de Herman”, aunque ya no lo sea.

El predio volvió a ser noticia el pasado domingo, luego de que un joven murió por consumir éxtasis tras haber acudido con su hermano a una fiesta electrónica clandestina en esa residencia.

Samir Velázquez tenía 20 años. Llegó muerto al hospital.

La causa tiene cuatro detenidos. Sobresalen los presuntos organizadores del evento: Ricardo Marconi, Alejandro César Aguirre y Gonzalo Omar Ortiz.

El fiscal Caballero –quien volvió a encontrarse con la casa amarilla– los tiene acusados por supuesto homicidio culposo.

También está preso un enfermero que llevó a Samir al hospital. Se llama Ariel Carlettini. Según el fiscal, presuntamente se hacía pasar por médico cuando en realidad no lo es. Está acusado por presunto homicidio simple con dolo eventual y ejercicio ilegal de la medicina.

Paralelamente, el fiscal Carlos Cornejo acusa a los tres presuntos organizadores de la fiesta por supuesta facilitación de lugar para el consumo de estupefacientes.

Los acusados están en la Cárcel de Bouwer, a pocos kilómetros de la casa amarilla. Serán indagados esta semana. Varios ya tienen claro que negarán los cargos.

Según la Policía, la fiesta se llamó “Peca2” y formaba parte de los festejos de una productora llamada “Journey”.

Fiestas de horas y horas

La casona amarilla volvió a tener vida y movimiento en los últimos tres o cuatro meses, según aseguran pobladores de la zona. Refieren fiestas “eternas” que se hacían los fines de semana.

Vecinos aseguran que, pese a no haber carteles ni señales, la residencia era usada para fiestas privadas durante los fines de semana y que acudían cientos de jóvenes movilizados en autos y en camionetas de alto costo. Muchos de los coches entraban al predio, pero eran muchos más los que quedaban estacionados en las calles.

Hay una explicación: las fiestas, según la causa, se informaban por redes sociales y por WhatsApp.

Y son los mismos vecinos quienes hablan de fiestas de música electrónica que arrancaban de madrugada y terminaban a la tarde del día siguiente. Pocos, por no decir ninguno, hablan de ruidos molestos o de problemas de convivencia con los asistentes.

“Los chicos no causaban problemas. Ponían su música y no molestaban. ¿Las fiestas? Se hacían desde hace varios meses. Venían taxis y remises con personas a esas fiestas…”, cuenta una pobladora.

Varios vecinos hablan de taxis, remises y hasta de colectivos colmados que llegaban de madrugada y volvían a recoger a sus pasajeros recién al otro día.

Otro vehículo que siempre se veía a menudo era un camión repartidor con ciento de botellas de agua. “Las botellitas aparecen esparcidas en la calle y en un canal. Se habla de droga”, cuenta un trabajador rural, que asegura que a las fiestas se veían llegar coches marca BMW y Audi, entre otros importados.

En la zona aseguran que la casona es propiedad de un sindicato. Este diario consultó al gremio aludido. “No es nuestro”, dijeron.

Quién es el dueño de ese lugar y cuál es el vínculo con la fiesta es uno de los puntos por aclarar, al igual que saber si el éxtasis se vendía allí dentro o en la calle.

Expectativa por la autopsia a Samir

La sospecha es que se intoxicó tras consumir éxtasis.

La principal sospecha de la fiscalía es que Samir Velázquez murió producto de una intoxicación por el éxtasis. Por el momento, los resultados de los estudios forenses no están concluidos.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 9/10/2019 en nuestra edición impresa.

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