Mundos íntimos. Tuve crisis de ansiedad hasta que me relacioné con mis deseos: escribir mi primera novela, amar a mujeres

Lo primero que sentís es que el contorno de las cosas que te rodean pierde nitidez. Es como un abombamiento, una fuerza acuática a la que te resistís, pero te va absorbiendo hacia adentro, como un embudo: el miedo. Un miedo total. Miedo a todo, a todos. Pánico de estar despierta, pánico de estar dormida,…

Mundos íntimos. Tuve crisis de ansiedad hasta que me relacioné con mis deseos: escribir mi primera novela, amar a mujeres

Lo primero que sentís es que el contorno de las cosas que te rodean pierde nitidez. Es como un abombamiento, una fuerza acuática a la que te resistís, pero te va absorbiendo hacia adentro, como un embudo: el miedo. Un miedo total. Miedo a todo, a todos. Pánico de estar despierta, pánico de estar dormida, pánico de soñar, de no soñar. “Me estoy volviendo loca, es eso”. A partir de ese día nada volvió a ser como era antes. Fue el miedo al miedo, durante tres años ininterrumpidos. El miedo a volverme loca.

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Cuando fui a consultar, aterrorizada, a la psicóloga Diana C., ella me dijo: “Tendrías que ver a un psiquiatra”. ¡Pánico! Salí corriendo del consultorio, no sin antes emerger del fondo líquido para razonar con ella: “Solo quiero asegurarme de algo antes de irme. Usted no me lo dice porque estoy loca, ¿no? sino porque solo los psiquiatras pueden medicar ansiolíticos… ¿Verdad?”. “Claro, claro”, contestó ella.

Los 90. Mariana en Uruguay donde, una noche de tormenta, se encontró con sus fantasmas.

Era una psicóloga que atendía en una parroquia de Villa Urquiza y a la que me habían encomendado en mi entorno familiar. Ya la había abandonado una vez cuando le dije que era lesbiana y ella me lo negó. Era mi segunda sesión y yo me acababa de cruzar de piernas de una manera que no le resultó muy gay: “Pero vos… no parecés”. Afortunadamente pude huir de ella antes de quedarme presa en la red del ser y el parecer. Pero ahora había vuelto a llamarla por otra cosa, no sabía a quién recurrir tras mi “ataque”.

La crisis se había desatado en Cabo Polonio unos meses atrás. Eran los años noventa y con el uno a uno costaba muy barato viajar a Uruguay. La playa se había puesto de moda entre los veinteañeros intelectuales y artistas medio hippies de mi generación, porque era un paraíso sin electricidad ni agua corriente, y cuando llegabas estabas en el corazón de lo eterno, entregada a las fuerzas de la naturaleza, y todo era extremadamente hermoso, y también abismal.

Por la noche se desató una fuerte tormenta y la casita en la que estábamos con mi amiga crujía por dentro y por fuera en el lado más oscuro del pueblo. Ella, a mis instancias, había conseguido un porro de una vecina que se había puesto a correr bajo los relámpagos. Y nosotras adentro, fumando el gordo cigarro. En mi caso, era la primera vez. En ese momento ni siquiera tomaba alcohol.

Fui educada en la moral católica. Hasta los trece años yo misma coordinaba grupos de catequesis, y la marihuana era para mí un exponente del “mundo de las drogas”, así que mi acto me resultaba temerario y rebelde, pero también me llenaba de culpa, y de amenazas. Había alcanzado la mayoría de edad y quería romper con los mandatos y tabúes de una vez por todas, quería ser libre. Veintidós años eran un montón de años para no haber probado un porro. Tenía que ponerme a tiro rápidamente. Por eso le pedía más y más a mi amiga, “Pero esto no te hace nada…” “Tanto lío por esta pavada”.

Pero como si hubiera estado dando golpes ante las puertas de la ley confiada en que nunca se abrirían para mí, inesperadamente se abrieron y caí del lado de adentro. Me puse a reír, como si nunca me hubiera reído en mi vida. Era una risa como verborrágica, una catarata de sonidos, no felices sino que parecía un ramillete de nervios por mucho tiempo comprimidos. Acto seguido, me puse a llorar. Un llanto continuo, irrefrenable, largo y antiguo lamento de un alma atormentada, una angustia que yo conocía muy bien pero que había mantenido bajo control durante muchos años, y ahora estaba desbordándose sin que pudiera detenerla.

Y entonces me asusté. Me asusté de verme reír y llorar de esa manera, como si yo fuera otra. Las palmas de mis manos frías y a la vez transpiradas, mis rodillas me parecían las de otra persona, me veía a mí misma como desde afuera. A partir de ahí, el miedo.

En esa época yo trabajaba de secretaria en un estudio jurídico de la zona de Retiro y eso me hacía infeliz. Trabajaba mecánicamente nueve horas al día en un entorno conservador en el que no podía expresar mis opiniones políticas, sociales, humanas, ni hablar libremente de lo que sentía. Las fugaces horas restantes del día estudiaba Letras aunque mi entusiasmo había entrado en una meseta y si bien me gustaban las chicas tenía un novio. Casi todo el invierno, me la pasaba engripada. Vivía, literalmente, una doble vida: la interna y la externa.

La astróloga Mimí Leloir, que me atendió en su departamento del Pasaje Copérnico, me había dicho el mes anterior: “Empieza un tiempo buenísimo para vos, che, mucha vitalidad por el cruce de los planetas, mucha energía de acción, creatividad, es un tiempo de expansión…. Pero, mmmhhh -se detuvo en seco- si no lo canalizás puede jugarte en contra. Me quedé sin respiración, ¿qué podía pasar? Yo no me sentía a la altura de un “gran momento” para mi vida, estaba claro que mi deseo estaba trabado por todas partes. Ella por fin, suspiró, y me dijo: -Podés engordar”.

La sola posibilidad de engordar me llenó de angustia. Había pasado toda mi adolescencia luchando contra eso y ahora estaba flaca como una aguja, a fuerza de cigarrillos y de no comer. Pero nunca pensé que toda esa energía frenada podía derivar en cambio en un estado de ansiedad incontrolable al que yo misma llamé “ataque de pánico”, aun si se extendía a lo largo de todo el día. El estado de angustia inauguraba su custodia sobre mis emociones al atardecer, cuando el cielo se ponía rojo y veía por la ventana de mi departamento los focos encendidos de la cárcel de Caseros envueltos en la bruma. Nada me calmaba. Los gatos me daban fobia, los perros, los libros, los cuchillos, las caras de las personas en el subte, en particular la de una señora que se repitió cuatro mañanas seguidas en la línea C, y que tenía los ojos desorbitados. Dos veces me clavó la mirada estrábica, y a mí me aterró pensar que yo podía convencerme de que ella fuera, por ejemplo, una persona implantada en un cuerpo de otra persona. Porque el miedo no era exactamente a que fuera así, sino a convencerme de que fuera así. Miedo a que si, de repente, me imaginaba que mi hermana no era mi hermana sino una asesina, entonces estaba completamente loca. Como mi cabeza estaba llena de ocurrencias, sufría constantemente.

La noche de Cabo Polonio corrí afuera de la casita, bajo la lluvia torrencial, para tomar agua. Casi me caigo al pozo, porque todo lo veía doble y la única luz era la de los relámpagos. Mi amiga me agarró de los brazos y me llevó para adentro. “Estás drogada, Mariana, quedate tranquila que mañana se te pasa. Ahora pensá en cosas lindas, porque lo que pienses, se va a amplificar. ¡Tratá de seleccionar!”. Y como no se me ocurría nada me puse a contar ovejas para dormirme. Así que al principio, los animales saltaban por encima de la tranquera y caían ahí nomás, adentro de un corral, amontonándose en una pila, hasta que se llenó todo de ovejas rechonchas caídas. Retazos de imágenes hiper realistas, como en una película de animación.

Al día siguiente el efecto del porro se fue, pero la angustia persistía. En ese paraíso en el que estábamos, y a pesar del cielo abierto y franco sobre nosotras solo podía ver lo horrible. Las cabezas de los lobitos de mar muertos en la orilla, peces descuartizados en la playa, las caras de las personas más feas.

Esperábamos sobre los bolsos a la camioneta y tuve miedo de un pájaro bebé que daba vueltas sobre mi cabeza de manera insistente. Supe que comenzaba un tiempo difícil para mí. Siguió la náusea cada vez que estaba entre multitudes, sola o acompañada, con amigos, sin amigos, en familia, en las clases, en la oficina. Y yo queriendo aguantarlo todo, sin saber qué podía hacer, quién podría ayudarme. Al poco tiempo visité a Diana C. y pasó lo que ya conté.

Tres años después de sufrimiento continuo y exagerado, sin acompañamiento terapéutico ni tranquilizantes que pudieran atenuarlo, una amiga poeta me recomendó hacer acupuntura con una médica china llamada Kim Tzu con la que ella misma se trataba. Yo no tenía nada que perder. La angustia estaba tomando todo el tiempo de mi vida y mi energía vital, la creatividad, y la alegría; todo iba siendo absorbido por una espiral centrípeta. Y yo tenía ganas de vivir, de escribir, de viajar, de bailar, de hacer muchas cosas; tenía toda mi juventud por desplegarse.

Aprendí a respirar de nuevo con Kim Tzu y fue como volver a nacer. Ella me contaba con gestos (porque solo hablaba chino) cómo su padre le pegaba cuando era chica. Se ponía del lado en donde hubiera estado el padre, y hacía como que le daba cachetadas, furioso, en su casa de Pekín; y luego se ponía del otro lado, y hacía las veces de ella misma de chiquita, golpeada por su padre, cayéndose al piso. Y entonces corría a la ventana y hacía como que se había querido suicidar muchas veces.

Todo esto lo hacía para consolarme, para ponerme el ejemplo de su propia vida dramática y explicarme que todos hemos sufrido, pero que podemos alcanzar el equilibrio. O tal vez me lo contaba porque estaba sola en un país lejano del que desconocía la lengua y necesitaba transmitirle a alguien su desesperación.

King Zu me enseñó una respiración muy eficaz para mi ansiedad. Tenía que inspirar dos veces y expirar una, con golpecitos secos y rápidos, mientras soltaba los brazos hacía uno y otro lado caminando en forma de ocho. La hacía todas las mañanas, antes de ir a trabajar y eso fue teniendo resultados muy buenos en mi estado de ánimo.

Encontré a través de la obra social una psicóloga excelente, con la que pude ir tratando el tema, y ella rebautizó lo que me pasaba llamándolo “crisis de ansiedad”. De entrada fue abierta en la escucha y acertada en las intervenciones, y así comenzó un período muy bueno para mí, en el que fui conectándome con las cosas que quería.

Comencé a escribir mi primera novela y terminé mi carrera. Empecé a tomar clases de tango en el rol de guiar y me puse a enseñar lo que aprendía, impulsando una movida con el nombre de tango queer. Poco a poco pude armarme de un circuito de clases de escritura que junto con el tango me permitieron renunciar a mi trabajo.

Esta segunda psicóloga de mi vida resultó ser también psiquiatra, y me dio ella misma un blíster de clonazepán. Acababa de publicar mi novela y me iba de viaje a Estocolmo a bailar tango, enamorada de una mujer llamada Rut. Yo le dije a esta psicóloga que prefería no tomar nada, que me daba miedo perder el control, y ella me dijo: “si preferís seguir sufriendo, es cosa tuya. Yo te lo doy”.

Antes de viajar a Estocolmo mis piernas comenzaron a moverse como si fueran dos alas de una mariposa mecánica, me latía el corazón, y lo oía retumbar muy fuerte adentro. Iba al encuentro de mi deseo, y todo estaba nublado, pero yo estaba decidida. Me tomé la pastilla y crucé el cielo en estado de ensueño. Hice combinación en Barcelona, y me acuerdo que el avión que iba de allí a Suecia tenía solo dos filas, y parecía un pájaro escuálido en medio de un torbellino. Pensé, si me muero ahora, no me importa; el mundo se estaba abriendo para mí. A partir de ese momento cesaron los miedos y pude escribir, bailar, amar en libertad.

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Mariana Docampo. Escritora y tanguera. Vive en Buenos Aires desde siempre. Tiene publicados seis libros de ficción (el último de los cuales es V), un libro de entrevistas a Sara Facio y la crónica autobiográfica Tango Queer Buenos Aires. Da clases de escritura y organiza una milonga y un festival. Tiene un balcón lleno de flores con una vista hermosa de la ciudad. Cada vez que oye desde allí una sirena de ambulancia un coro de perritos, loros y otros pájaros se suman al barullo enloquecido. Trata de viajar siempre que puede, por trabajo y placer. Le gusta adentrarse por terrenos no muy explorados en la escritura y últimamente está incursionando en la escritura mística. Le gusta escuchar a Bach, G.Gurdjieff / T.Hartmann y a sus amigues tangueres.

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