“Macho menos”: la reflexión de un hombre en la marcha del 8M

Nací varón, blanco y heterosexual. En una sociedad patriarcal como la nuestra, esas características me convierten en un privilegiado. Pero no salí “macho” del útero de mi madre. Esa es una construcción con la que estuve peleando a lo largo de mi vida. Cuando era chico y no me gustaba jugar al fútbol, y mis…

“Macho menos”: la reflexión de un hombre en la marcha del 8M

Nací varón, blanco y heterosexual. En una sociedad patriarcal como la nuestra, esas características me convierten en un privilegiado. Pero no salí “macho” del útero de mi madre. Esa es una construcción con la que estuve peleando a lo largo de mi vida. Cuando era chico y no me gustaba jugar al fútbol, y mis compañeros decían que entonces era maricón; o si disfrutaba la literatura, el teatro, la buena música, y los amigos de mi papá preguntaban con malicia: “¿El nene no te habrá salido rarito?” Y ni hablar de las veces que escuché “los hombres no lloran”, “no bailan”, “no pueden usar una camisa rosa”. Cosas que quería, me salía, necesitaba hacer. Cosas que fui reprimiendo. Debía comportarme como un hombre. Y comportarse como un hombre significaba obligarme a encajar en el arquetipo. Mostrarme valiente, proveedor, fuerte y varonil. Siempre listo para el sexo y para la guerra.

En esas tensiones pensaba mientras me perdía en la marea de mujeres de la marcha de este 8M. Dudé si estaba bien participar o si debía quedarme en casa. Si la presencia de los hombres era bienvenida o si debía llamarme a silencio. Muchas veces fui responsable de actitudes machistas, pero también muchas veces me sentí perseguido por el patriarcado.

#8M hombre en la marcha

“Vine a la marcha del #8M como varón, blanco, heterosexual y lleno de privilegios” http://bit.ly/2TpmY8k

Posted by Clarín on Friday, March 8, 2019

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Solo, en silencio, con mi pañuelo verde anudado al brazo, caminé entre las madres con sus hijas, entre las parejas de lesbianas, las trans, mis compañeras escritoras, las agrupaciones, los cuerpos depilados y los cuerpos rebosantes de pelos; las tinturas verdes y el glitter; el grito del malón y los carteles que decían “No es no”, “Somos la voz de las que ya no están”, “Varón muerto no viola”.

En algunos momentos me sentí incómodo; en otros me emocioné hasta las lágrimas. Fui consciente de que la historia pasaba ante mis ojos. Sentí pena por no poder ser parte. Después entendí que sí, que el feminismo es de las pibas pero también de los varones que queremos vivir libres e iguales. Que sentirnos incómodos es la base de nuestra deconstrucción. Que si hoy me animo a pintarme las uñas, vociferar mi amor por Freddie Mercury o escribir esta columna es porque el feminismo nos está atravesando, nos hace cambiar, nos envalentona. Es cierto que soy un privilegiado. Tengo el privilegio de vivir esta transformación, esta marea verde que nos libera a todos -a todes- del peso del patriarcado. Ya nadie nos va a obligar a ser machos. Ya no dirán que los hombres no lloran. Las pibas están abriendo el camino. El chico raro que fui, será un adulto libre gracias a ellas.

*Escritor. Su último libro es Hágase usted mismo (Tusquets)