Las pseudociencias, en auge: la moda polémica que preocupa a los científicos argentinos

En la municipalidad de Colón, al norte de la Provincia de Buenos Aires, el fin de semana pasado se realizó un “congreso” de terraplanistas, movimientos antivacunas y de personas que predican terapias médicas alternativas como la Nueva Medicina Germánica, la cual asegura que las enfermedades son producidas por el cerebro. La comunidad científica y médica argentina, espantada con…

Las pseudociencias, en auge: la moda polémica que preocupa a los científicos argentinos

En la municipalidad de Colón, al norte de la Provincia de Buenos Aires, el fin de semana pasado se realizó un “congreso” de terraplanistas, movimientos antivacunas y de personas que predican terapias médicas alternativas como la Nueva Medicina Germánica, la cual asegura que las enfermedades son producidas por el cerebro. La comunidad científica y médica argentina, espantada con la noticia, respondió con cierto temor, preocupada por el crecimiento de este tipo de prácticas en la sociedad. Ellos aseguran que estas son pseudociencias y pseudotarapias, que no tienen bases científicas reales y que, si no se controlan, “matan”.

Este fenómeno no sólo afecta a la Argentina. Es, en realidad, un asunto mundial. Hace poco, en España, el ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar, junto al de Ciencia, elaboraron un listado preliminar con 73 pseudoterapias -presentes también en nuestro país- que no demuestran “ningún intento” de evidencia científica.

El listado fue difundido durante la presentación de la campaña #coNprueba, una iniciativa para acercar a la población información veraz y accesible sobre las pseudoterapias y pseudociencias. Los especialista aseguran que estas prácticas no presentan ningún ensayo clínico aleatorizado, revisiones sistemáticas o metanálisis sobre su eficacia o seguridad.

Los terraplanistas, en Colón, la semana pasada.

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Algunas de las terapias alternativas que integran esta lista son la hidroterapia del colon, el Feng shui, frutoterapia, grafoterapia o el masaje tibetano. Hay otras, entre las que está la homeopatía, acupuntura o aromaterapia, que están actualmente en proceso de evaluación, ya que sus límites científicos son mucho más difusos. 

Por otra parte, una macroencuenstra realizada también en España arrojó que, el año pasado, dos millones de españoles sustituyeron un tratamiento médicos por terapias alternativas. 

Pero por qué, en una era donde la tecnología y la ciencia dominan la vida cotidiana, cada vez más gente se ve seducida a creer que la Tierra es plana, que las vacunas dañan o que el cáncer y el alzheimer pueden curarse por “medicinas alternativas”. 

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Nicolás Viotti, antropólogo investigador del Conicet, opina que en el fondo de este fenómeno cultural y social hay un sentimiento “antisistema”. “La relación entre la ciencia y la sociedad siempre fue conflictiva”, dice. Y ve como foco del problema la velocidad con la que avanza la tecnología y el cambio radical en la forma de comunicarnos. “Hay un acceso tan grande a la información que es muy difícil clasificarla. Internet y las redes sociales ponen en el mismo nivel la información científica y la más irracional. Las dos tienen el mismo nivel de visibilidad”, explica. También asegura que hay una “crisis de creencia en las instituciones”, de “desconfianza”. Piensa, además, que desde hace tres décadas existe “una idea tan individualista que pone en peligro el bien común”. 

Lo mismo piensa Rodrigo Laham Cohen, historiador y especialista en la Edad Media, quien opina que estos movimiento “atacan al sistema desde el absurdo”, en referencia a los terraplanistas. Y dice que es “tentador hablar de una segunda Edad Media”. Pero explica que en aquella época “las pseudociencias no chocaban con evidencias científicas” porque “la ciencia como la conocemos hoy no existía”. También habló del sentimiento, predominante en este tipo de movimientos, de que “el sistema nos engaña”. “La idea de complot o el pensamiento conspirativo antes venía desde los centros de poder, como la Iglesia, pero ahora provienen de los sectores populares”, analiza. 

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En el “congreso” de terraplanistas la idea de complot internacional estaba muy presente detrás de las charlas. “Las vacunas son un sistema de control social”, dijo la “doctora” Alejandra Chiappano, que pregona por una “Argentina sin vacunas”. Y un participante, que no creía en la redondez de la Tierra, le dijo a este cronista que el mundo estaba dominado por los Rockefeller, Rotschild y los Morgan.

Martín Etchevers, profesor de psicología de la Universidad de Buenos Aires, explica que existe un gran número de personas (aunque estadísticamente se trata de una minoría), que tienen creencias de tipo conspirativo. “En principio es gente que tiene temor y por eso compran cualquier teoría conspirativa”, razona. “Ven un mundo amenazante y sienten que tienen que denunciarlo”. Asegura que los domina “la creencia de que van a descubrir algo nuevo” y que se “sienten especiales”. Pero advierte que “es muy peligroso lo que hacen”. 

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Sobre esto, Valentín Muro, que es filósofo y estudia el fenómeno del discurso anticiencia, considera que detrás de los pseudocientíficos “hay como un pensamiento de escepticismo mal dirigido, que es desconfiar de todo, que rompe con el método científico: la evidencia no coincide con la hipótesis, o con los prejuicios”.

En Colón, durante el evento, también hubo una diatriba feroz contra las vacunas. Se dijo que producían autismo, cáncer e infertilidad en las mujeres (hay que tener en cuenta que entre el público había mujeres embarazadas y parejas con recién nacidos).

 Cristian Biscayart, titular de la Dirección de Control de Enfermedades Inmunoprevenibles, opina que estos movimiento son un peligro para la salud pública: “Las vacunas previenen enfermedades. Esto está basado en evidencias científicas, no en un acto de fé”. Y aseguró que “hay que seguir estos movimientos con mucha seriedad”, y averiguar “cuáles son los determinantes de la aversión o la indiferencia a la vacuna”. 

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Por otro lado, quienes militan en estos espacios o practican terapias alternativas aseguran que ellos hacen ciencia y que todos sus estudios están basados en evidencias científicas. Daniel de Florian, doctor en física argentino especializado en física de altas energías, duda mucho de este punto y responde que la “ciencia tiene un objetivo muy claro: describir la naturaleza lo más precisamente posible por medio de la experimentación, la cual debe ser reproducible y refutable por otros”. Y afirma que las pseudociencias “se llaman así porque usan a veces algunos datos científicos para disfrazar los postulados que no tienen ninguna comprobación experimental, como la Astrología”.

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Al respecto de cómo la ciencia se conecta, o desconecta, con el saber popular, Diego Golombek, biólogo y divulgador, reconoce que hay un problema allí. Que justamente este “divorcio” de la ciencia con la gente causa espacios vacíos de sentido que luego son llenados por el pensamiento mágico o poco científico. “Tenemos que ir con armas un poco más emocionales y no tan racionales contra algo que la razón no puede combatir de ninguna manera”, declara. Pero también opina que hay que separar la pseudociencia del Estado y criticó a la municipalidad de Colón por darle espacio a los terraplanistas. “El Estado no puede apoyar este tipo de cosas. Puede no tomar partido si quiere, no la puede promover”, dijo.

Golombek también consideró que las terapias alternativas o pseudoterapias son peligrosas, y argumentó que “si una persona tiene una enfermedad y se trata con medicinas alternativas sin considerar un diagnóstico adecuado, es muy delicado porque está poniendo en peligro su vida y la salud pública”. 

El afiche que convocó al encuentro de los terraplanistas (Facebook).

“La numerología es una ciencia que trabaja con la frecuencia atómica de las personas”. 

Julieta Rutenberg es numeróloga y define su profesión, a la que estudia hace 20 años y se dedica hace más de una década, como una ciencia que “trabaja con la frecuencia atómica de las personas”. Explica que su trabajo, como terapeuta, es estudiar los números atómico de los pacientes. “Hacemos cuentas para saber cómo se comporta el paciente”, describe. Asegura que cuando “una persona entiende matemáticamente cómo es su frecuencia de onda mejora porque entiende empíricamente cómo tiene que ser”.

Julieta Rutenberg, consultora psicológica y numeróloga. Foto: NESTOR GARCIA

Dice que comenzó a interesarse en la numerología a los 23 años cuando cuando se hizo su primera carta numerológica. Ahí entendió que el universo está “regido” por las matemáticas. “Me partió la cabeza porque los números describían como era mi vida”, comenta. Asegura que leyó muchos libros sobre matemáticas y física, en especial cuántica.

Sobre cómo hace su terapia, Julieta explica que cuando llega el paciente realiza “un mapa matemático”, que leen durante dos horas. Eso dicta cómo es la personas y cómo debería comportarse de ahí en más. Ella  asegura que también la consultan de empresas para hacer perfiles de personas o para eligir el nombre de la compañía. 

Rutenberg cuestiona a los científicos que dicen que la numerología es una pseudociencia. Asegura que está basada en métodos científicos y comprobales. “Que los físicos y biólogos se informen, que estudien”, reclama. Cuenta que Joe Dispenza y Bruce Liton, dos neurocientíficos,   desarrollaron técnicas empíricas de comportamiento atómico en función del pensamiento y “demostraron que todo está basado sobre leyes matemáticas y de la física cuántica”.

Julieta está convencida de lo que hace. Tal es así que afirma que “hay personas que tenían cáncer o alzheimer y que cambiando su frecuencia de onda, a través del pensamiento y la alimentación, se curaron”.

“La vibroacústica es una ciencia”

Jorge Zaín dice haberse recibido de licenciado en músicoterapia en la Universidad de Buenos Aires. Se especializó en la vibroacústica, a la que define como una ciencia. Hace años dirige el Centro Vibro, donde realiza terapias vibroacústicas utilizando cuencos tibetanos y dispositivos vibroacústicos donde además enseña este tipo de método terapéutico. 

Afirma que él y su equipo están “estudiando los efectos de la vibroacústica en personas con insomnio” y asegura que esta práctica tiene beneficios en el tratamiento contra la fibromialgia, parkison y alzheimer”. 

Zaín cuenta que cuando empezó no había material teórico sobre el tema. Y que él tuvo que realizar estudios e investigaciones, las cuales publicó en forma de libros. Reconoce que este tipo de terapias están de moda y que hay mucho “esoterismo” en el ambiente. Cree que la comunidad científica en lugar de vincularse con escuelas y espacios que realizan investigaciones serias sobre esto, se “topan con estas modas, nos ponen en la misma bolsa y se burlan y no lo toman en serio”.

En el siglo VXI a.C. ya se creía que la música era “capaz de curar el cuerpo, calmar la mente y purificar el alma”. Musicoterapia, una herramienta con 5.000 años de historiaSalud Salud

Jorge sostiene que “hay un montón de ensayos publicados donde está estudiado los efectos de la vibración sonora”. “Yo utilizo el método científico, utilizo escalas de evaluación, como por ejemplo escalas de analogías visuales, de calidad de vida y algunas de dolor”.

Para él problema con estas terapias alternativas es que no hay plata para la investigación y lo hacen todo “a pulmón”. “Hay muy poca gente que escribe sobre vibroacústica porque no hay plata. Nosotros estamos alentado la investigación pero nos faltan herramientas”, cuenta. 

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