“La precaución”

Las dos escenas tenían algo de inverosímil pero su combinación, paradójicamente, las convirtió en inmediatamente terrenales: un carro tirado por un caballo venía por la calle Tucumán, y el anciano cruzó como si no viniera; o como si él mismo no existiera. El carro se lo llevó puesto -no tuve un instante para mirar al…

“La precaución”

Las dos escenas tenían algo de inverosímil pero su combinación, paradójicamente, las convirtió en inmediatamente terrenales: un carro tirado por un caballo venía por la calle Tucumán, y el anciano cruzó como si no viniera; o como si él mismo no existiera. El carro se lo llevó puesto -no tuve un instante para mirar al conductor-, y siguió de largo. El anciano, derribado, rodó hasta la vereda, y lo ayudé a quedar recostado arriba de las baldosas. Tenía una herida de sangre en la frente. La mañana parecía conjurarse en mi contra: se me habían acumulado una cantidad inusual de compromisos laborales. Ya había llamado a la ambulancia, pero no me podía marchar hasta que lo atendieran.

-Soy el mago Peracles -me dijo-. Es mi nombre artístico, el verdadero no lo recuerdo. Discúlpeme, ¿tendrá un pañuelo de tela para mi frente? En fin, hace más de cincuenta años que intento no ser: ojo, no suicidarme. No ser. El gran truco. Pero el carromato me llevó puesto de todos modos. Suerte que no lo intenté con un camión. La confirmación del “no ser” es cruzar y que no te atropellen: más que la invisibilidad, pero menos que la muerte.

Mirá también

Newsletters Clarín

Lo más leído del día | Enterate de que se habló hoy para no quedarte afuera del mundo

De lunes a viernes por la tarde.

Recibir newsletter

Siguió: “Mi gran maestro era el mago Kobe: nulas presentaciones comerciales. Ni fiestas, ni actos, ni exhibiciones. Kobe era el decano de los magos pero, por lo mismo, no actuaba. Lo suyo no era el truco fácil del entretenimiento: era un mago de las altas esferas, un recluso, un secreto en sí mismo. ¿De qué vivía? Magia. Yo había comenzado como niño en este oficio, y mi meta en la vida era el propio Kobe. Pero Kobe no admitía discípulos, y era extremadamente raro que recibiera a visitantes ocasionales”.

“Yo vengo de Cutral Có. De muy joven llegué a Capital. Pronto perdí a mis padres y nunca formé familia. Me fue bien como mago: cumpleaños, eventos, ferias. Participé de un circo. Todo mi tiempo libre lo dedicaba a recabar datos sobre Kobe. Primero lo ubiqué: vivía en Parque Chas, con una mujer. Para abordarlo, debía buscar una excusa incidental. No podía decirle: soy mago, quiero aprender de usted; consultarlo, continuarlo. Sabía que rechazaba esa posibilidad, como también las entrevistas. Buscaría por el lado de sus debilidades: acceder a Kobe por algo que realmente necesitara. Tampoco esto era fácil. En nuestro mundo secreto se lo conocía como El mago de la precaución. Ese era su afán, y su don. ¿En qué consistía? Eso era lo que yo quería saber. Ese era su truco, su talismán. Magos como Kobe hay uno por siglo, por región. E invariablemente se destacan con un truco particular.

“Yo intuí, sin relación con mi investigación sobre sus circunstancias, que Kobe debía padecer de una completa falta de sentido práctico. Eso pasaba con muchos magos exitosos: no sabían manejar, o ignoraban cómo hacer un asado. Lo que sí supe por medio de mi pesquisa fue que Kobe y su mujer sufrían unas persistentes goteras a lo largo de su casa. Habían arreglado los techos con distintos zingueros pero, a cada lluvia fuerte, reaparecía alguna nueva gotera en un rincón inesperado. Kobe no sabía qué hacer. Casi se había resignado.

“Descubrí este problema de los Kobe a mis veinte años de edad, y dediqué cuatro años de mi vida a convertirme en el mejor zinguero de Buenos Aires. Lo de ser mago me salía con naturalidad; para ser zinguero tuve que aplicar todo el peso de mi voluntad. Creo ser mejor zinguero que mago, pero ser mago es mi vocación. A los 24 años estuve listo para pararme en la esquina de la casa de los Kobe y repartir volantes anunciándome como el zinguero infalible, el más barato y con garantía de por vida. Cuando finalmente la señora Kobe me llamó por teléfono como zinguero, me sorprendió la frescura de su voz. Kobe era un hombre de cerca de 70 años, mientras que la voz de la mujer que me llamó no podía pasar de los 40. Confieso que la voz femenina me cautivó y, joven como yo era entonces, al acudir al hogar del que pudiera ser mi maestro, no pude reprimir un no se qué de ambición, de loco deseo, de que ella se fijara en un mago potrillo. Pero la señora resultó ser una anciana, unos diez años mayor que el propio Kobe, una mujer de cerca de 80 años. Les dejé el techo impecable: nunca más tuvieron goteras. Mire, ahí viene la ambulancia”.

Mirá también

Olvidado por completo de que el hombre estaba herido, pregunté: -Pero… ¿la anciana era la que lo había llamado por teléfono?

-La historia continúa -me dijo el mago mientras lo subían en camilla-.

-¿Quién lo acompaña?- preguntó el enfermero-.

-Yo -me ofrecí-.

Subimos y, rumbo al hospital, continuó la narración. Mis compromisos deberían esperar.

Mirá también

“La voz era semejante a la que me había llamado, pero cascada por los años. Se pudiera pensar que me había llamado la hija, pero los Kobe no tenían hijos. Quizás una sobrina, qué sé yo. Un año después de haberles solucionado completamente el problema de las goteras, y haberles cobrado apenas una bicoca, llamé para cumplir con el compromiso de supervisar anualmente mi trabajo y arreglar gratuitamente cualquier desajuste. Los Kobe me recibieron con alegría y me llevaron a dar una vuelta por la casa. Todo estaba en orden”.

“-Sabe -le dije a Kobe como al pasar-. En mis ratos libres soy mago, profesional”.

“Estaba por buscar las palabras para pedirle consejo, cuando el propio Kobe me interrumpió (era un hombre alto, serio pero no solemne, con el cabello completo, aplanado y cano; labios finos y mirada penetrante, pero no agresiva): -Ya lo sé -me dijo-. Le mostré mi mejor truco.

Hizo una pausa y agregó: -Ya no hay goteras. No hace falta que regrese”.

“Fue la última vez que lo vi”.

El anciano se incorporó en su cama del hospital, la enfermera le trajo un vaso con agua: si se sentía bien ya se podía ir, ¿quería que llamase a alguien?. Peracles me señaló como si conmigo alcanzara y, mientras se vestía para marcharse, me terminó de contar: -Un año y medio después falleció Kobe por un paro cardíaco. Lo velaban en su casa, y toqué el timbre para ofrecer mis condolencias. En lugar de su anciana viuda, me recibió en la puerta una muy hermosa mujer, de apenas cuarenta años. Esta sí tenía la voz que me había llamado por teléfono. Ya estábamos incluso más cerca en edad que cuando me había llamado. Mi atracción hacia ella fue inmediata. No pude concentrarme en rendirle mis respetos al fallecido. Como un atajo improcedente, le dije a la mujer que me había recibido: “ Yo le arreglé el techo a los Kobe. Él me dijo que estaba todo bien. Pero ahora que falleció, quisiera cumplirle a la viuda mi visita anual de garantía vitalicia”.

-Mi difunto marido le dijo que no hacía falta -replicó secamente la mujer-.

-¿Su marido? -pregunté desconcertado-.

-Soy la viuda del señor Kobe. Le agradezco su visita. Ya puede retirarse.

Peracles estaba vestido y listo. Ahora parecía él tener compromisos, y yo herido de curiosidad. Le habían cosido la frente. Remató con lo que era también nuestra despedida: -Durante mi visita como zinguero, Kobe había escondido a su mujer en el tiempo, en el futuro lejano, en su remota vejez. El mago de la precaución. En un encuentro, me enseñó más de lo que aprendí el resto de mi vida.

WD

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *