Indio Solari y su testamento en vida

Igual que el Indio Solari, y varios señores que conocí, mi papá tiene una anécdota con Eva Perón. Según él, la Primera Dama lo consoló cuando lloraba al no haber resultado abanderado, por ser extranjero, en un colegio primario de San Martín. Tal como me dan las cuentas, tenía apenas seis años cuando Eva Duarte…

Indio Solari y su testamento en vida

Igual que el Indio Solari, y varios señores que conocí, mi papá tiene una anécdota con Eva Perón. Según él, la Primera Dama lo consoló cuando lloraba al no haber resultado abanderado, por ser extranjero, en un colegio primario de San Martín. Tal como me dan las cuentas, tenía apenas seis años cuando Eva Duarte falleció, lo que me hace no ser optimista sobre la veracidad de la historia. En cambio, prefiero ser permeable a la necesidad de ambos, mi padre y Solari, de ser afines a representarse junto a una persona que los conmueve. Además, como cualquiera que haya visto El Gran Pez (Tim Burton) uno sabe que hasta el final debe guardarse algunos gramos de credulidad, aun cabiendo estos en un frasquito de azafrán.

Las mujeres, en cambio, suelen no fabular. “A Mamá, que me regaló cuentos verdaderos en un país donde se fabrican leyendas y donde la gente vive adormecida de dolor oyéndolas”, es la antológica dedicatoria de la mexicana Nellie Campobello en su libro Cartucho- Relatos de la lucha en el norte de México, una selección de escritos consumados “una tarde tranquila, borrada de la historia de la Revolución” sobre sangrientos acontecimientos ocurridos entre 1916 y 1920 en Chihuahua. Ella fue una mujer atravesada por una época , un hombre (Pancho Villa) y el estigma de género. El resultante es más que un cruce de lo personal con lo histórico, de lo militante y su proverbial relato: antecede al futuro realismo mágico desde lo trágico, como prologa Jorge Aguilar Mora.

“Recuerdos que mienten un poco”.

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“Cartucho” podría haber sido el apodo de la Negra Poly, histórica manager de Los Redondos, una mujer de armas tomar que se encaramó detrás de Solari y (Skay) Beilinson, su pareja de vida, para hacer su revuelta. La apodaron “La 9 mm”, sin embargo, por las dudas. Ella, y un par de cientos de personas más, son personajes de reparto y extras en Recuerdos que mienten un poco, el volumen de memorias de Solari, encuadernado en 860 páginas, que la mitad más uno del país está tratando de leer.

“La memoria es lo que uno recuerda, sí, pero al mismo tiempo es lo que uno cree que recuerda, y además, lo que dice que recuerda”, abre el paraguas desde el vamos, sobre la hemorragia cronológica que verterá a su interlocutor, el escritor Marcelo Figueras. No obstante, lo que sigue es un profuso balance, muy puntual, didáctico y ameno, que poco se regodea en los mitos alrededor de su persona, a los que va espantando como moscas. En una vida de 70 años, el balance da ecuánime: 35 años de vida más o menos anónima y otros 35, desde la aparición del debut de Gulp! (fines de 1984), su disco debut en el nombre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, de vida pública.

Indio Solari y Skay Beilinson, en los tiempos de Los Redondos.

En lo desconocido, su antiguo testamento, el personaje se revela curioso, bamboleante, ávido, con mucha calle. En la variable pública, Figueras lo hace desfilar ante toda su obra, tema por tema, y hay algo de David Copperfield revelando sus trucos en el proceder de Solari, el memorioso. Cuando no evoca o cita, se apunta en la tradición de la pícara sabiduría de un Viejo Viscacha moldeado por la cultura rock. Puede ningunear al paso (Elvis, César Aira y los Stones entre sus víctimas) y cercar con labia los temas más polémicos (Bulacio, fin de Los Redondos, Olavarría), ninguno soslayado.

Testamento vital de un artista sin molde en la cultura argentina, incluye la galantería de desmentir que su público no está a la altura de lo que escribe o piensa. “Ellos entienden todo”, dice quien espera que “la muerte me encuentre vivo”. En todo caso, que le quiten el GPS a la Gran Lady, como él llama a su única acreedora.

JB

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