Un disco externo para Mac, resucitado gracias a Linux

Una corazonada que permitió recuperar 3000 pesos en espacio de almacenamiento. En la imagen, un disco duro por dentro. Se observan cuatro platos y el cabezal de lectura/escritura Crédito: SHUTTERSTOCK 23 de marzo de 2019  • 00:00 Como casi todas mis anécdotas con ella, esta historia arrancó con la frase “Qué raro”. -Qué raro qué.…

Un disco externo para Mac, resucitado gracias a Linux

Una corazonada que permitió recuperar 3000 pesos en espacio de almacenamiento. En la imagen, un disco duro por dentro. Se observan cuatro platos y el cabezal de lectura/escritura Crédito: SHUTTERSTOCK
23 de marzo de 2019  • 00:00

Como casi todas mis anécdotas con ella, esta historia arrancó con la frase “Qué raro”.

-Qué raro qué.

-Esto. No me deja borrar.

Estaba tratando de limpiar uno de sus discos externos. Un Seagate que había comprado hace unos cuantos años y que en rigor era compatible con las máquinas de Apple. Mediante unos controladores, se lo podía acceder normalmente con Windows. Lo que está muy bien para el resto de nosotros, que cambiamos de computadora muy de vez en cuando. No es su caso, como tampoco eso de tener una sola notebook o un celular y nada más. Así que, dos por tres, aparecía el problema de encontrar los drivers para ese disco externo.

Era lo que había ocurrido un poco más temprano. Estaba protestando por “los dichosos drivers”, rodeada de notebooks, discos externos y cables USB. Debajo de ese pandemonio estaba sepultada mi notebook, y creo que fue por eso que se me ocurrió una idea.

-Conectalo a mi máquina -le dije-, a ver si Linux lo ve.

Conté hasta siete, mientras pensaba: “Obvio que lo va a ver”.

-¡Opa, ahí está! ¡Lo vio!

Ahí tienen una de las muchas razones por las que uso Linux. Pero la felicidad nunca es completa, y cuando quiso eliminar archivos no se lo permitió. Pensé que era un tema de permisos, pero no. Ni como administrador (
root, en la jerga) podía uno eliminar archivos del disco. No obstante, copió algunas cosas al disco de la notebook y sentenció:

-Ya está, no hay nada que valga la pena conservar ahí. Pero qué pena no poder recuperar un tera de disco.

-No entiendo. ¿El disco se puede limpiar?

-Sí. Pero no me deja borrar.

-¿Borrar? Nah. Vamos a detonarlo.

Todas esas siglas raras

Antes, como todo, estas operaciones sobre discos duros se hacían desde una terminal (la pantalla negra basada en texto que recuerda a los ’80). Pero en las nuevas versiones de Linux existen interfaces gráficas para muchos de los comandos. Es el caso del programita
Discos de Ubuntu. Lo abrí y ahí estaba Mr. Seagate para Mac, listo para volar en pedazos.

Es que ni siquiera me permitía darle formato, lo que tenía cierta lógica. Así que iba a tener que borrar la partición entera y volver a crearla. Detuve la unidad (eso se llama desmontar, en Linux), eliminé la partición, no sin antes encomendarme a
Saint Richard, y ahí quedó un espacio vacío de un billón de bytes (en criollo, unos 3000 pesos). ¿Seguiría vacío o me permitiría, ese hardware supuestamente para Mac, crear una nueva partición con algún sistema de archivos ajeno a Apple? FAT, por ejemplo. OK, no se rían, es verdad, FAT es algo arcaico que usábamos antes de Windows, pero se lo sigue empleando en discos externos, por una cuestión de compatibilidad, y en pendrives, porque el formato FAT deja un poco más de espacio libre que, digamos, NTFS (el sistema de archivos de los Windows de la familia NT; es decir, 2000, XP, Vista, 7, 8 y 10). En un pendrive de 2 GB, FAT se lleva 65 kilobytes, mientras que NTFS o FAT32 usan alrededor de 16 megabytes. No, no es el fin del mundo en la actualidad.

Para los que están a punto de hacer clic en otra nota, la historia es así: los discos duros tradicionales tienen adentro dos o más platos que giran muy rápidamente (entre 5400 y 10.000 revoluciones por minuto), cubiertos de una superficie magnetizable; como la cinta de un videocasete, digamos. Esos platos suelen ser de metal, pero también se los fabrica de vidrio. Esa es la parte física. Ahora bien, sin entrar en detalles, para poder grabar bits en su superficie es menester crear una estructura lógica. FAT es el nombre de un sistema de archivos para diskettes que Microsoft usó en las primeras PC de IBM. Tuvo varias versiones, lo mismo que el sistema de archivos de Linux, llamado ext (aunque se pueden usar otros, como Reiser). NTFS es, como adelanté, el de Windows NT y sus descendientes. Salvo Reiser, que es el apellido de su creador, las demás son siglas o abreviaturas.
File Allocation Table (FAT);
Extended File System (ext) y NTFS (
New Technology File System). Dicho sea de paso, NTFS fue presentado en sociedad en 1993 con Windows (adivinen) NT.

OK, el espacio libre en esos discos físicos puede particionarse. Esto significa que en la computadora veremos varios discos (por ejemplo, C: y D:) aunque tengamos una sola unidad de hardware. Se las llama particiones, aunque en el uso diario estamos habituados a decirles discos. (Sí, confunde.)

Esas particiones deben formatearse para que puedan ser empleadas por el sistema operativo. Es en esta etapa en la que vemos siglas como FAT, FAT32, ext o NTFS.

Con los discos de estado sólido (es decir, los que en lugar de platos que giran tienen chips de memoria) y los pendrives, las cosas son, de nuevo sin entrar en detalles, idénticas. Abajo pueden ver un pendrive de 2 GB particionado en dos unidades, E: y F:. Por obvias razones, solo se puede extraer de forma segura la unidad entera, no cada partición por separado. A propósito, no tiene ninguna utilidad particionar un pendrive, se trata solo de un ejemplo.


Administración de equipos, una de las Herramientas Administrativas de Windows (10, en este caso), con dos discos físicos y cinco particiones. El Disco 1 es un pendrive de 2 GB

Silos estancos

Así que lo que tenía ahora en pantalla era la foto de un disco en crudo, sin ninguna partición. En realidad, había un par de particiones adicionales, creadas por el fabricante y que suelen ser invisibles para el usuario de Windows en condiciones normales. Muy bien, ahí vamos. Di los pasos para crear una partición en el espacio libre de un terabyte (1 billón de bytes) y Linux la produjo sin problema.

Quería gritar “¡Gol!” con alma y vida, pero los años me han enseñado a no cantar victoria de antemano. Le di formato. Como seda. Volví a montar el disco. Apareció en el Escritorio. Creé carpetas, archivos, borré, moví. Lo desmonté de forma segura. Lo desconecté de la máquina. Lo volví a conectar. Perfecto. Y entonces vino la prueba definitiva. Lo enchufamos al Windows de su notebook y, ¡bingo!, apareció en pantalla y fue posible utilizarlo sin problemas (y sin drivers).

Por supuesto, habríamos acortado el trámite instalando los controladores. Pero después de esto, ya no harán falta.

Y sí, tal vez debería haber pensado en esto mucho antes, pero el hecho es que un disco que siempre había sido problemático para su dueña ahora andaba como cualquier unidad preparada para Windows. ¿Podría haber hecho esto con las herramientas de Windows? No lo sé, en principio, porque algo en este Seagate impedía que Windows lo viera. A menos que bajaras los drivers. ¿Impedirían esos drivers particionar y formatear? Nunca lo probé. Pero con solo conectarlo a una máquina con Linux había logrado dos cosas. Recuperar una enorme cantidad de espacio de almacenamiento. Y confirmar una vez más que los compartimentos estancos en estas tecnologías son casi siempre ilusorios.

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