Hablar, decir y nunca esconder qué se siente

¿Tienen los hijos que parecerse a los padres? ¿Seguir sus pasos? ¿O la verdadera alegría es que les vaya bien en lo que eligieron? Hay más de una respuesta. Para las familias de cultura endogámica, el futuro se suele ver en términos conservadores: preservar lo que somos. Casi siempre en lógicas nobles -mantener el nombre…

Hablar, decir y nunca esconder qué se siente

¿Tienen los hijos que parecerse a los padres? ¿Seguir sus pasos? ¿O la verdadera alegría es que les vaya bien en lo que eligieron? Hay más de una respuesta. Para las familias de cultura endogámica, el futuro se suele ver en términos conservadores: preservar lo que somos. Casi siempre en lógicas nobles -mantener el nombre en una profesión, sostener una empresa- pero a veces en forma controversial como esas familias que se dedican al delito y los adolescentes ya son entrenados para cumplir su rol en la organización. No piensan si al chico lo perjudican, lo central es que se parezca a ellos.

¿Puede un chico decir que no, en uno u otro caso? Dependerá de los grados de libertad que esa familia tenga y de las dosis de culpa que se les pase a los más jóvenes si rompen el destino preestablecido. A veces, existe un punto medio. Como aquellos jóvenes que estudian una carrera sin ánimo de ejercerla. El día que se reciben entregan a su padre el diploma y a partir de allí empiezan un camino propio.

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Están también quienes no ponen peros a la decisión de sus hijos. Que cada uno haga aquello que le entusiasma aunque (siempre hay un aunque) este pacto tácito se suele quebrar si la persona se va más allá de los márgenes. Una cosa es estudiar una carrera nueva a la que nadie entiende del todo bien y otra, decidir que no se va a ir a la Universidad. O más aún, dejar el secundario en cuarto año. ¿Y hacer qué? Viajar y “maltrabajar” para mantenerse, dedicarse a algún emprendimiento artesanal o empezar un oficio que significa algo de pan para hoy pero bastante hambre para mañana.

Ahí surgen las desavenencias más grandes: ¿se está ante un hijo que no se da cuenta que ya es adulto? ¿hay que intentar cambiarlo o dejar que pase el tiempo y se dé cuenta solo?

Canta Serrat en Esos locos bajitos: Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós. Pasa con los hijos y pasa con los padres. Los dos a menudo nos tenemos que decir cosas. La independencia, el camino propio es tan feliz como inevitable. Decir las cosas, aunque uno sepa que hoy no se escuchan, también. A las palabras no siempre se las lleva el viento.

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