La oportunidad

No me acuerdo si eran los años 90, o si yo era joven: alguna de las dos cosas. Me habían enviado a cubrir la entrega de un Premio a la Trayectoria a un humorista; en rigor, un contador de chistes. Hoy lo llamaríamos estandapero. No era larguero como Landriscina ni directo como Verdaguer; pero sí…

La oportunidad

No me acuerdo si eran los años 90, o si yo era joven: alguna de las dos cosas. Me habían enviado a cubrir la entrega de un Premio a la Trayectoria a un humorista; en rigor, un contador de chistes. Hoy lo llamaríamos estandapero. No era larguero como Landriscina ni directo como Verdaguer; pero sí completamente eficaz a su manera. Había hecho reír a Frank Sinatra en la pizzería de la avenida Córdoba. El mito no especificaba si había contado los chistes en inglés, si Frank llegó a comprenderlos en español, o si Carzoli, como llamaremos al ya fallecido humorista, logró el prodigio de hacer reír a La Voz por medio de la traducción simultánea de algún comedido.

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En cualquier caso, para cuando yo fui a reportar el honor que le conferían, en el salón central de la Asociación de Dentistas Privados, ya era una leyenda, y cumplía cerca de 80 años. El diario para el que yo trabajaba estaba financiado por el Partido Comunista; Carzoli, carente de cualquier relación política, había sido amigo de la infancia, del mismo barrio, de uno de los editores: por eso le daban la tapa de espectáculos al evento. Entregaría el premio José Luis Lávida.

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Pepe, como lo mencionaban sus conocidos, a quienes entrevisté para ponerme en antecedentes, había sido un seguidor de Carzoli en los primeros ‘80, e incluso, gracias a Carzoli, había llegado a actuar en una peña del litoral. Hasta aquella oportunidad, a los veinte años, su vocación y pasión había sido la de contador de chistes. Los pocos que lo habían visto ensayar, lo mencionaban como un anticipo de lo que ya estaba asomando en USA: Seinfeld, los late night show, Letterman, Larry David. Mientras que Carzoli era indiferente e inmune a cualquier influencia extraterritorial, y descostillaba escenarios de Ushuaia a la Quiaca, Lávida, que nunca había actuado, prestaba atención a todo lo que circulaba por el mundo relacionado con el humor.

Aparentemente, y sin que yo pudiera especificar las razones, aquella única oportunidad que le brindó Carzioli en el litoral – tampoco me aclaraban en qué provincia- fue también la última. Lávida había preferido dedicarse al marketing político y comercial. Estuvo con los menemistas al mismo tiempo que con las empresas de las privatizaciones, y con grandes marcas sin relación con los dos rubros anteriores. Se hizo rico, y desconocido. Prácticamente era un millonario anónimo. Cuando pregunté si aquella única actuación había sido desastrosa, los pocos testigos con memoria respondieron que para nada, pero sí insatisfactoria; y todos coincidían en que se trató, más que de una reacción ante el fracaso, del descubrimiento de otra vocación, o del abandono de un berretín juvenil.

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Llegué temprano a la premiación; el salón estaba acondicionado con todas las comodidades del 1 a 1: algo de vulgar en su exhibicionismo y excesivamente alfombrado, pero despampanante. Las mujeres vestían de cuero y con la misma cirugía estética: todas iguales a la esposa del presidente. El bandejeo iba de los camarones para arriba, y el copeteo no dejaba nada a la imaginación: whisky de todas las etiquetas, Bloody Mary, aperitivos europeos. Tuve que sentarme para seguir preguntando, pero tenía la mente ligera y ágil.

Llegó el momento de que el homenajeado subiera al escenario. Algo más: su última oportunidad en el amor. Ese hombre cuasi octogenario que abordaba erguido y quijotesco la expansiva tarima, había pasado su existencia de romance en romance, de mujer en mujer, jóvenes y bellas, hasta los setenta, cuando repentinamente descubrió que ya no le llevaban el apunte.

Pero, adjunto al premio de toda una vida, como al tío Alberto de Serrat, en el final del camino, lo había aguardado la sombra fresca de una mujer, no de veinte años, pero sí de cincuenta, estupenda, donde olvidar los desengaños que Carzoli se había infligido a sí mismo entre chiste y chiste, sin hijos ni matrimonios. Amaba a esa mujer como no había amado a ninguna de las que lo habían amado con la misma intensidad. Era su última oportunidad: lo hacía sentir vivo, a una edad, por lo menos en esa época, en que esa sensación no sobraba. Ya era la hora. Los presentadores, Berugo Carámbula y Lena Magister (también de la segunda tanda de exquisitos cómicos de la legua uruguayos), ya habían prodigado sus discursos elegíacos. Faltaba que Lávida, junto a la nueva y última novia de Carzoli, hicieran entrega de la distinción. Pero Lávida no irrumpía, la novia tampoco. El silencio, primero, motivó risas; luego incertidumbre, finalmente resultó ominoso.

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Veinte minutos más tarde se suspendió la ceremonia. Sólo al día siguiente supe que Lávida, el muchacho a quien Carzoli había dado su primer oportunidad en las tablas -ahora un hombre de casi cuarenta-, y la cincuentona, la novia de Carzoli, habían huido juntos, del mismo acto en que debían premiarlo: desertaron la mesa, la sala, la ceremonia. Inverosímil: estrictamente cierto. Ni abandonar al novio en el altar era tan cruel como aquello.

Esto ocurrió un miércoles; lo recuerdo porque el jueves era mi día franco en el diario. El viernes de esa semana Carzoli apareció muerto, ahorcado por sus propias manos, colgado de una viga de su residencia con pileta de la ciudad de Avellaneda. Muchos años después, cuando ese diario ya había desaparecido y prácticamente nadie recordaba a Carzoli, en un avión privado, viajando de Barcelona a Madrid, rumbo a conocer, en un mismo evento, a los reyes de España y a Gabriel García Márquez, descubrí que el hombre sentado en el asiento delante del mío, con un acento tan castizo como el de Lope de Vega y una cantidad de millones que podían pagar varios aviones como ese, era nada menos que José Luis Lávida. Esperé a que el avión superara una ligera turbulencia, me puse de pie, me acerqué hasta el asiento del empresario, y me presenté. Después de todo, él pagaba los pasajes.

-¿Sabe?- le dije-. Le va a parecer que vengo de otra vida: pero yo cubrí para un diario financiado por el Partido Comunista el acto de Premio a la Trayectoria a Carzoli.

-Ah-dijo sin sorpresa, como si hubiera sabido desde antes quién era yo, y qué estaba haciendo allí-. Me habló como si se acercara a mi oído, pero no se movió: su voz tenía la extraña capacidad de ser escuchada sólo por mí.

-Cuando yo tenía veinte años -detalló- estaba fanatizado con Carzoli. Pero aún más con el humor: hubiera dado mi vida por vivir del humor. ¿Sabe lo que hizo ese hijo de puta? Me hizo creer que ya estaba preparado: me lanzó al toro adrede. Me dio una oportunidad que yo no podía aprovechar. En un año, lo hubiera superado.

-Pero… ¿por qué Carzoli hubiera hecho algo así? Usted era su discípulo, su más fiel seguidor.

-En un año -repitió Lávida- lo hubiera superado.

-De todos modos… -intenté contraponer; pero, amén de que no se me ocurría nada, me interrumpió-: -Él arruinó mi primera oportunidad. Yo le arrebaté la última.

Quise preguntar algo más, pero la azafata me obligó a regresar a mi asiento y ajustarme el cinturón de seguridad. Nuestro piloto acababa de anunciar el descenso sobre Madrid.

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