La violencia en medio del incendio social

La pobreza también es una forma de violencia. Y el Gran Córdoba hoy presenta una de las peores estadísticas del país, con un 36,5 por ciento de pobres.El dato, difundido esta semana a nivel nacional, se complementa con la cifra que días atrás divulgó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) y que indicó…

La violencia en medio del incendio social

La pobreza también es una forma de violencia. Y el Gran Córdoba hoy presenta una de las peores estadísticas del país, con un 36,5 por ciento de pobres.

El dato, difundido esta semana a nivel nacional, se complementa con la cifra que días atrás divulgó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) y que indicó que en la ciudad de Córdoba y alrededores el trabajo informal había trepado al 42,8 por ciento. Una precarización que va de la mano del desempleo.

Los números impactan, pero al mismo tiempo esconden realidades de piel y hueso.

“81.000 cordobeses bajo la línea de la indigencia sólo en el Gran Córdoba. Si lo proyectamos a la provincia la cifra se va al doble. Claramente algo está fallando en los planes y programas provinciales que no pueden contener este incendio social”, publicó el Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (Cippes) al analizar esta realidad.

La economía, o mejor escrito, la falta de economía, muchas veces termina por ser uno de los puentes que permiten explicar las otras maneras de la violencia.

La pobreza ya es una forma de esta violencia. No sólo porque le impide a una porción importante de la población acceder a un modo de vida más saludable y pleno, sino también porque la sumerge en la indefensión: allí donde nada alcanza, la libertad en su sentido más simple ya está coartada.

Hoy, son miles los hijos de hogares pobres, marginados, que habitan asentamientos precarios que ya no son villas de emergencia, porque lo que antes se suponía pasajero ahora se instala como estructural.

Chicos y más grandes que se asoman a los colegios más para comer que para aprender. A los que la vida les duele desde muy pronto y el horizonte de expectativas les augura un techo demasiado cercano. Allí donde el Estado fracasa, aunque llegue con paliativos, anida otra violencia, la que sale en las páginas policiales y termina por alarmar a toda una sociedad.

Porque la inseguridad genera miedos, indignaciones y reclamos. Gritos que suelen escucharse mucho más fuerte que aquellos que se quejan por la pobreza extendida. Los unos y los otros no son contradictorios, sino que forman parte de la misma selfie social: no está aquí la intención de medir moralmente cómo y por qué se protesta.

“Pueden buscar en los actos de violencia un medio desesperado de existir frente a los otros, para los otros; de acceder a una forma reconocida de existencia social o, simplemente, de hacer que pase algo, que es mejor que no pase nada”, fue la explicación a una parte del fenómeno de la violencia que elaboró el sociólogo Emilio Tenti Fanfani a comienzos de la década pasada, cuando la resaca del menemismo ya generaba mucho más que un dolor de cabeza.

Quienes crecen en la pobreza suelen ser, también, las primeras víctimas de la inseguridad. Sólo que ya están resignados a vivir en la intemperie.

En los barrios empobrecidos de la ciudad y el Gran Córdoba, cuando algún episodio extremo (una balacera, un asalto violento, una casa quemada por un ajuste narco) nos lleva hasta allí, son los propios vecinos quienes cuentan la “otra” realidad de esta Capital.

Sin necesidad de grandes relatos, terminan por describir cómo han generado, a puro instinto, estrategias de supervivencia que aun en otros barrios de esta misma ciudad, a sólo pocas cuadras de allí, otros vecinos ni se imaginan.

Una ciudad de capas sociales superpuestas, que se ignoran de manera mutua y que sólo a veces parecen tocarse.

Por lo general, en tiempos electorales donde los candidatos a los distintos cargos de poder suelen hablarle a un único universo de vecinos, como si las necesidades y las urgencias fueran las mismas, se genera una idea de igualdad ciudadana que termina por esconder las palpables diferencias que nacen en las miserias.

Porque en los territorios de pobreza, las carencias tienen padres. Y ese lugar no asumido, ese fracaso evidenciado, siempre es aprovechado por otro, quien por lo general ocupa el sitio sin que nadie lo haya elegido. Sea narco, sea delincuente, sea puntero en la parte más nefasta de esta denominación, es en esta periferia social donde el futuro hoy ya aparece hipotecado.

El mismo futuro que después se hace tiempo presente en las malas noticias policiales de cada día.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 30/03/2019 en nuestra edición impresa.

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