Osmar Nuñez, el actor que fue tres veces Perón (y va por la cuarta)

“Perón, Perón. Perón cabrón”. Eso le cantaba la diva al General. La leyenda indica que fue durante el exilio. Convivencia conflictiva entre Ava Gardner y Juan Domingo Perón. Ella vivía en el piso de arriba del edificio de la calle Doctor Arce de Madrid. Las fiestas de la actriz de Hollywood eran tan ruidosas que…

Osmar Nuñez, el actor que fue tres veces Perón (y va por la cuarta)

“Perón, Perón. Perón cabrón”. Eso le cantaba la diva al General. La leyenda indica que fue durante el exilio. Convivencia conflictiva entre Ava Gardner y Juan Domingo Perón. Ella vivía en el piso de arriba del edificio de la calle Doctor Arce de Madrid. Las fiestas de la actriz de Hollywood eran tan ruidosas que sacan de quicio al ex Presidente. Los españoles aprovecharon la anécdota y contaron ese cuentito en formato de serie. Y eligieron a un argentino que ya tenía experiencia en trajes peronistas.

Caracterizado como Juan Domingo Perón.

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Qué tendrá Don Osmar Núñez de Juan Domingo, como para haberse convertido en candidato fijo de los productores a la hora de interpretarlo. Será su nariz, la forma de sus ojos (aunque sean celestes) o sus orígenes justicialistas matanceros. Tal vez nada de eso y apenas la poética casualidad haya hecho que desde 2011 resucitara al mito tres veces, tanto en cine como en televisión. Va por la cuarta, otra vez en España.

Núñez grabó Arde Madrid, la serie en cuestión, en el verano de 2018. En octubre viajará otra vez para encarar la segunda temporada de la ficción emitida por Movistar+ y filmada en blanco y negro. Ya había revivido a Perón en el unitario televisivo Historia clínica. Y en el filme Juan y Eva, de Paula de Luque.

Osmar Nuñez y Fabiana García Lago como Perón e Isabel en la serie “Arde Madrid”.

-¿Por qué creés que se repite la convocatoria para ese personaje?

-Yo no lo veía, pero tengo cierto parecido. Al principio le dije a la directora Paula de Luque: “No tengo nada de Perón”. Hasta que me miré bien. Claro que me pusieron lentes y me tiñeron, porque yo soy más gringo.

-¿Qué podría unirte a Perón?

-La cuestión paternalista, de protección. Él era un gran padre y yo, sin serlo, tengo eso de cobijar amigos, sobrinos, hermanos. Me interesa abordarlo como gran líder. Le trajo al pueblo un espejo donde mirarse para reconocerse e identificarse

-¿Ninguna crítica hacia su figura?

-Muchas. Es un personaje para seguir estudiando. Imperfecto. Perfecto no existe nadie. No olvidemos que era un militar y tenía ciertas cuestiones verticalistas. No lo conocí tanto como para una crítica feroz. Lo paternalista conlleva lo oscuro y lo bueno. Alguien decide tu destino. Esa contradicción la vivimos hasta con nuestros propios padres.

-¿Qué Perón “exportaste” a España?

-Es uno en baja, que vive en el exilio, que sueña con volver. El Perón de una comedia, que no es triste, pero sí nostálgico. Es vulnerable. En la película Juan y Eva era un Perón enamorado. Ya en Historia clínica (Telefe) era el Perón destrozado y atravesado por la enfermedad de Evita. En todos tiene un fuerte condimento sentimental.

Osmar una década atrás. (Foto: Gerardo dell’oro).

Investiguemos a Núñez fuera de ese universo de patas en la fuente, día de las lealtades y toda connotación política. ¿Quién es ese al que la televisión casi no convoca o que hizo flamear la bandera argentina como mejor actor en el Festival de Cine de Biarritz, Francia, en 2010? ¿Por qué no logra (o no quiere) ser popular, a pesar de sus estantes recargado de premios Trinidad Guevara, ACE y Cóndor?

Osmar siempre se sintió “el distinto, empezando por el nombre”. En su DNI figura como Carlos Osmar, pero el mundo lo llama Osmar simplemente. Nació el 15 de septiembre de 1957, cuando el peronismo ya llevaba dos años proscripto. Creció en una dualidad, “una particular melange hogareña: madre peronista, padre radical, pero no gorila”.

Criado en Isidro Casanova, en una casa junto a cinco hermanos sostenida económicamente por un empleado municipal y artesano carpintero, durante su infancia “Carlitos” lidiaba con algo más que “la grieta” doméstica: su “extrema timidez”. A los 15 puso fin al problema y se inscribió en un curso de actuación en el Teatro Municipal de Morón. Recién a los 30 años llegaría “la obra fundacional” de su carrera, Romeo y Julieta expulsados del paraíso, interpretada en el Centro Cultura Rojas. Una historia que rompía con el clásico y proponía una Julieta cuyo hábitat era una villa de emergencia.

Mientras se afianzaba en el terreno teatral, Núñez se ganaba el pan “asfixiado en oficinas”. Fue administrativo de una empresa metalúrgica, empleado del Consejo de Educación Técnica estatal, jefe de personal de la Mutual de los empleados del PAMI. Máquinas de escribir, tecleo, encierro, sofocación.

Cuando decidió cruzar definitivamente, dejar el limbo y llamarse actor, llegaron los textos de Chéjov, el San Martín, la solemnidad. Y los papeles recurrentes: “Suelen convocarme para personajes tiranos y es lógico: soy alto, tengo vozarrón y una cara con carácter. Nunca quise ser el galán. Yo quiero ser el malo, la contracara, aunque en mi vida personal no sea eso. Aunque algo de eso también debe existir: uno tiene tantas cajitas adentro, tantos recovecos que no conoce”.

Su profundidad escénica atravesó también bloopers. “Una vez sufrí la caída de una rampa en plena escena de Romeo y Julieta. Otra vez, un sillón en el que estaba sentado se abrió y cayó mientras yo simulaba hablar por teléfono en una escena de No es bueno que el hombre esté solo. La gente aplaudía el efecto como si fuera a propósito”, lanza la carcajada. “Pero hubo una mejor: como de película de Fellini. Un día llovió sobre la platea en Espacio Callejón, en la obra Mujeres soñaron caballos, de Veronese. Entró agua por el techo, era insostenible la catarata, y en un momento la gente sacaba los paraguas para seguir viéndonos. Tuvimos que cortar la obra y dejar que el público nos ayudara a rescatar la escenografía”.

La mirada invisible, El custodio, Dos hermanos. Es más el cine que está por hacer (o estrenar) que el que hizo. Este año aguarda el lanzamiento de cuatro películas: Punto muerto, de Andrés de la Vega; La muerte no existe, de Fernando Salem; Lo habrás imaginado, de Victoria Chaya Miranda; y Rapto, de Frank Pérez Garland. En la espera, ensaya dos obras simultáneas para el San Martín. El secreto místico para que todo fluya: antes de salir a escena mezcla budismo y catolicismo. Se persigna y suelta el mantra Nam-myoho-renge-kyo.

-Decís: “La televisión no me da bola”. ¿Por qué creés que es así?

-No tengo la menor idea. Será que me pudre verla. Que nunca fui a buscar nada. El único sueño que yo tuve era Tio Vania, de Chéjov. Y lo hice. No me interesa la moraleja, la enseñanza. Hago arte para que el espectador se golpee, piense, reflexione, le duela. Y respecto a la fama, prefiero ser semifamoso, tener prestigio. No es que no tenga mi ego, pero lo tengo bien puesto donde lo tengo que poner, el ámbito laboral.

-¿Cuál es la sensación corporal cuando se abre el telón? ¿Pasa todo eso poético que tantos de tus colegas narran o es algo menos sublime, menos marketinero?

-Cuando salgo tengo un cagazo padre. Es miedo a no poder disfrutar, a endurecerme, a desconcentrarme. Pero me conecto con lo mínimo, algo sensorial, ejercicios de concentración aprendidos con Gandolfo, y todo pasa.

-¿Hay un método Núñez?

-No existe. He trabajado mucho sobre Stanislavski, estudié con Gandolfo, todo sirve, siempre volvés a las bases, a leer a Peter Brook. El cuento de la memoria emotiva me sirvió para desanudar las emociones cuando estudiaba, pero ahora lo que aparece, más allá de cierto archivo mental y de todo lo estudiado es la mirada del compañero que está enfrente.

-¿Sos actor para intentar mitigar la carencia de algo?

-Lo soy porque necesito desplegar otras personalidades. Quiero explicar mis oscuridades y luces, y entender las de los otros. Necesito sentir que soy muchas cosas. 

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