¿Máscaras que nos protegen o nos encierran?

¿Puede la enfermedad convertirse en una militancia? ¿Puede el cuidado meticuloso lograr una salud clínica mejor a la esperable pero dañar el universo de los afectos? Pareciera que sí, al menos como primera respuesta. La fibrosis quística -pese a que se han conseguido avances enormes en su tratamiento- es una enfermedad que sigue limitando la…

¿Máscaras que nos protegen o nos encierran?

¿Puede la enfermedad convertirse en una militancia? ¿Puede el cuidado meticuloso lograr una salud clínica mejor a la esperable pero dañar el universo de los afectos? Pareciera que sí, al menos como primera respuesta. La fibrosis quística -pese a que se han conseguido avances enormes en su tratamiento- es una enfermedad que sigue limitando la expectativa de vida. Intelectualmente no produce daños, pero los afectados enfrentan el fantasma de lo que puede pasar.

Marcos, a sus 34 años, declara tres parejas, cada una con su huella. Algo que muchos sin esa mochila encima no podrían sostener. El se arrojó a la pileta. Pero ahora está solo y lo adjudica a esa relación endogámica con la enfermedad. Y a sus ganas ¿excluyentes? de vivir, de probar, de no descansar nunca. No hay pausa, el tiempo apremia, no vale quedarse detenido.

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Imposible saber si en su caso -tampoco me corresponde analizarlo- hay otros motivos que frenaron la vida de pareja. Sí intuyo que su historia nos abre una ventana para pensar la relación entre enfermedad y amor. ¿Influye saber que la expectativa de vida es más corta (aunque cualquiera puede morirse sin aviso pero no convive con eso)? ¿Será que “abandonar” al otro genera culpa? ¿O que si se tienen hijos, la paternidad tendrá plazo reducido? El peso de todos los “si…” resulta duro. ¿Qué pasa si decaigo, qué si no estoy para cuidarla o cuidarlos, qué si al final del camino transmito más dificultad que días felices?

Estas preguntas emocionan pero también pueden actuar como máscaras. El amor a veces nos asusta. A todos. Y quizás lidiar con una enfermedad ayude a cubrir ese temor con otras razones, en apariencia válidas. Importa no temerle al riesgo. Nada nos viene regalado y hay que poner el gramo de esfuerzo para no boicotearnos, para darle espacio a lo que quiere llegar pero le ocultamos las coordenadas. En muchas historias ese gramo de esfuerzo se convirtió en toneladas para enfrentar una realidad compleja. En otras, no. Pero esto vale para todos a quienes les quepa el sayo, con enfermedad o sin ella. Es una invitación a abrirse, a dar el paso que falta: la recompensa -prometemos- es grande.