Las leyes ayudan pero no derriban prejuicios

¿Por qué hay gays y lesbianas en casi todos los ámbitos profesionales en tanto los travestis y transgéneros son rara avis? ¿Por qué la mayor parte de personas homosexuales tiene un trabajo corriente cuando las personas trans se vinculan sustancialmente a la prostitución o al show banal?¿Será porque el “pecado” de unos se cumple entre…

Las leyes ayudan pero no derriban prejuicios

¿Por qué hay gays y lesbianas en casi todos los ámbitos profesionales en tanto los travestis y transgéneros son rara avis? ¿Por qué la mayor parte de personas homosexuales tiene un trabajo corriente cuando las personas trans se vinculan sustancialmente a la prostitución o al show banal?

¿Será porque el “pecado” de unos se cumple entre cuatro paredes, en privacidad, cuando el de los otros es un desafío constante a cierta estética de género, a mandatos sobre el cuerpo dado como el único posible?

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Quizás ahí se oculten las raíces. Por eso es tan extraño encontrar una historia como la de Dania en la que su apabullante físico -que habla de su pasado- y su femineidad algo barroca queden escindidas de su tarea como investigadora al punto de haber sido elegida secretaria académica de su institución. Su éxito merece ser celebrado: pesó más su trabajo y su formación que su esencia transgénero. Pero ella alerta con una intuición preocupante: reconoce que lo logró porque primero -como varón nacido varón- estudió y dio sus primeros pasos profesionales. ¿Si se hubieran invertido los términos, si hubiera sido una mujer trans que empezara a estudiar como tal, las opciones habrían sido menores?

En la Argentina, con una legislación de punta en derechos de minorías sexuales, la realidad laboral de travestis y personas trans es patética. Dejemos de lado la pequeñísima punta de la pirámide -alguna escritora, algunos profesionales- y detengámonos en el ciudadano de a pie. ¿Tiene una mujer trans posibilidades si se presenta en una búsqueda como secretaria o empleada bancaria? ¿Y un hombre trans para ser camionero o mozo?

Una ley, valga la obviedad, legisla pero no cambia por sí misma los prejuicios. Para eso es necesario una política más amplia. Una política que nos lleve a conocer al otro, no a sospechar del otro. Sería positivamente provocador -en el sentido de provocar un cambio- que en empresas, instituciones, clubes, escuelas se generen charlas con y sobre esa persona que nos parece algo extraña. El primer paso estará dado: en el fondo -pronto se descubrirá- somos más parecidos de lo que creemos.

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