Los tiempos de la ópera y la gloria de un libreto

El martes a la noche asistí al estreno latinoamericano de Un tranvía llamado Deseo, la ópera de André Previn. Fui al Colón a ver una ópera en tres actos, pero durante los dos primeros lo que vi fue básicamente una pieza de teatro cantada. Todavía tenía muy fresca la lectura de Tennessee Williams, y Previn…

Los tiempos de la ópera y la gloria de un libreto

El martes a la noche asistí al estreno latinoamericano de Un tranvía llamado Deseo, la ópera de André Previn. Fui al Colón a ver una ópera en tres actos, pero durante los dos primeros lo que vi fue básicamente una pieza de teatro cantada. Todavía tenía muy fresca la lectura de Tennessee Williams, y Previn me la replicaba palabra por palabra. El hecho de que fuese con voces cantadas y música de orquesta no cambiaba en lo mínimo la sensación de que algo no andaba del todo bien.

Se dice que los custodios de los derechos de Tennessee Williams son muy celosos con la cuestión de la fidelidad, pero no creo que sea eso lo que haya dejado al compositor Previn y a su libretista Philip Littell tan pegados al original. Por las notas del programa de mano de este estreno local nos enteramos que de las 17 mil palabras de Williams el libretista se quedó con 7500. Lo que hizo Littell fue una selección o una reducción, no un buen libreto.

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El poeta W. H. Auden, autor del formidable texto de La carrera del libertino de Stravinski, pensaba que los versos del libretista de ópera no están dirigidos al público, sino que son una “carta privada” destinada al compositor. “Su momento de gloria es cuando le sugieren una melodía; una vez que esto ha sucedido son tan dignos de cuidado como la infantería para un general chino: deben borrarse y no les debe importar ya lo que suceda con ellos”.

Pero entre Previn y su libretista no parece haber habido ningún intercambio de este tipo. Es curioso que un músico experimentado como Previn no lo haya reclamado. Parece haber actuado como un compositor de manos atadas; las partes líricas se limitan a llevar adelante la acción teatral. El canto se vuelve un elemento puramente comunicativo, sin conseguir establecer ninguna suspensión de la lógica teatral, que es la función que en la ópera tradicionalmente cumple el aria y que en cierta forma la puesta en escena de Rita Cosentino repone con ciertos efectos de perspectiva subjetiva y superposiciones temporales.

Así transcurren los dos primeros actos de la ópera, que en la presente realización se suceden sin interrupción, sumando más o menos una hora y cuarenta minutos. Por eso no debe extrañar que tras el intervalo entre el segundo y el tercer acto se haya producido tamaña deserción. Esta vez no habría que achacarla al desinterés del público del Gran Abono por la ópera contemporánea. ¿A quién le importa que le entonen una obra de teatro, más allá de la calidad que pueda tener la música que se oye desde el foso? ¿A quién le importa tamaña sensatez, si la ópera es básicamente algo insensato?

Pero en el tercer acto las cosas cambian, acaso porque la suspensión (la temporalidad) operística la proporciona el propio texto de Williams con la evolución del personaje de Blanche hacia la más pura fantasía. Aunque Previn también saca provecho del pregón de la vendedora de flores mexicana, que se amplifica fuera de escena como un siniestro leitmotiv y que tiene una última estribación en la terrorífica voz de la enfermera.

El punto lírico culminante es cuando Blanche tiene su soliloquio marino (“Huelo el aire del mar…”, sobre un fondo de olas que me recordó un poco la última escena de un Tristán de Roberto Oswald, varios años atrás en el Colón). Sobre el final de ese soliloquio admirablemente interpretado por la soprano irlandesa Orla Boylan el público irrumpe en un aplauso; el único aplauso de toda la noche, y por cierto muy revelador. En este caso lo que se aplaude no es el aria o el pasaje que todos esperamos, sino el hecho mismo de la ópera. Aquel comentario de Marcel Proust sobre la fina puntería del aplauso en ocasión de las actuaciones de “La Berma” en la París de fines del siglo XIX podría aplicarse en este caso. Lo que se celebraba en el Colón era que la ópera de Previn finalmente hubiera despegado. Que fuese tarde no importaba.

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