Sobrevivó al 11-S y se convirtió en el “militante” argentino menos pensado

Nacido en Nashville, Tennessee, el estadounidense David English (48) cambió su vida después del ataque de 2001 a las torres gemelas. Trabajaba en Nueva York en la Zona Cero, a una cuadra del estallido. “Vi cosas que no me gustaron”, asegura y cuenta que descubrió la indiferencia y la falta de empatía de muchos estadounidenses…

Sobrevivó al 11-S y se convirtió en el “militante” argentino menos pensado

Nacido en Nashville, Tennessee, el estadounidense David English (48) cambió su vida después del ataque de 2001 a las torres gemelas. Trabajaba en Nueva York en la Zona Cero, a una cuadra del estallido. “Vi cosas que no me gustaron”, asegura y cuenta que descubrió la indiferencia y la falta de empatía de muchos estadounidenses con esa tragedia. Quiso irse, bien lejos. Lo contó el 20 de enero pasado en Cartas al país de Clarín y fue lo más leído ese día en la web, con medio millón de visitas.

A casi cuatro meses de aquella publicación, sigue recibiendo elogios y lleva contabilizados más de 500 mails de argentinos, algunos que residen en el exterior, que le dicen: “Tuvo que venir un yanqui a demostrarnos lo bueno que tiene Argentina“.

David, a casi cuatro meses de la carta de lectores que envió a Clarín y conmovió a todos. Su escrito fue lo más leído del día y dice que aún recibe felicitaciones de los lectores.

David vive en la Sexta Sección de la ciudad de Mendoza. Pasa la mayor parte del tiempo en un barrio residencial, de casas bajas, a pocas cuadras del parque general San Martín, principal pulmón verde de la metrópolis. Encontró allí, en un barrio de ex trabajadores ferroviarios, “su lugar en el mundo”. Su hijo va a un colegio bilingüe a pocas cuadras de su casa. “Lo llevo caminando y vuelve a almorzar todos los días a casa”, dice, y asegura que en Nueva York “sería imposible”.

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Viajó a la Argentina en septiembre de 2002, en plena crisis económica y política. Estaba casado con una mendocina cuando vivía en Manhattan y trabajaba para una compañía de telecomunicaciones en la zona financiera, muy cerca de las torres gemelas. “A pesar de la inestabilidad, la Argentina fue para mí un refugio de muchos de los problemas más graves del mundo“, afirma.

David llega caminando al encuentro con Clarín. La cita es un café, donde elige tomar un yerbeado (mate cocido). “Me gusta el mate, la pastafrola, el asado y el fernet”, enumera, como carta de presentación argenta. Dice que se animó a contar lo que siente por Argentina, ante el bajón generalizado de sus amigos por la crisis económica, la volatilidad del dólar, la inflación y la falta de empleo. Está impresionado por la repercusión. Le hicieron notas de muchos diarios y radios; y recibe muestras de afecto y apoyo a su pensamiento, en forma constante. “La gente me para en la calle y me felicita. Me pasó ayer con un mozo que me atendió y había leído mi nota por recomendación de su mamá. Me dicen: ‘la verdad que no valoramos lo que tenemos’”.

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Cuenta que quiso irse de Estados Unidos porque detesta el “capitalismo puro, sin ética”. El año pasado, David volvió a su país de vacaciones con su hijo Benjamín (8). Fueron de sorpresa a visitar a su mamá Mary a Nashville, y se reunieron con su hermano y sus primos, que viven en Nueva York. Fue el momento ideal para mostrarle a su hijo las diferencias a favor de Argentina.

“Por ejemplo: En el supermercado en Estados Unidos, hay una cola para el que lleva pocos productos pero no existe una caja exclusiva para embarazadas, discapacitadas o personas mayores, como sí ocurre en Argentina“, observa.

Y explica: “En Estados Unidos es mejor si uno está en un lugar exclusivo donde no pueden ir otros, a los que creemos inferiores. No nos gusta mezclarnos con inmigrantes; en cambio acá (Argentina), le damos la bienvenida a los venezolanos, los sirios y los inmigrantes de países vecinos. En Estados Unidos construyen muros contra los inmigrantes, acá los reciben en las universidades”.

Está fascinado con la reutilización y el reciclaje, que dice son parte del ADN argentino. “Sólo basta con mirar la gran cantidad de Ford Falcon, Fiat 600 y Renault 12 que todavía circulan en las calles. ¡A diferencia de muchos países que profesan la sostenibilidad, aquí claramente no hay una filosofía anti-ecológica que nos imponga la idea que un automóvil debe ser reemplazado cada tres años!”.

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Leyó a Borges, escucha Soda Stereo y es fanático del club Godoy Cruz, “El Tomba”, el equipo mendocino de fútbol que está en primera liga. Comparte muchas noches de asado, vinos, salidas a bailar y pastas caseras con amigos y familia. “Me llevo muy bien con mis vecinos. Soy amigo del farmacéutico, el carnicero y el empleado de la dietética”, describe, en lo que es una típica recorrida por su barrio.

Da un ejemplo cotidiano para marcar diferencias entre Estados Unidos y Argentina: “Mientras en mi país te venden una bandeja para cenar solo, mirando TV; acá las familias se reúnen a cocinar tallarines caseros para compartir”. Y cree haber descubierto por qué no nos va tan bien en lo económico: “En Estados Unidos, el tiempo es dinero. En Argentina, el tiempo (libre) es para tus relaciones y amigos. El argentino sacrifica una parte de los económico y prioriza el lado humano, el encuentro”, reflexiona.

“Mientras en mi país te venden una bandeja para cenar solo, mirando TV; acá las familias se reúnen a cocinar tallarines caseros para compartir”, dice David.

Fuera del barrio, lo que más disfruta son las salidas a pescar trucha, en los arroyos de la cordillera de los Andes. “Es impresionante cómo tienen cielos limpios, azules, sin ruido”, dice. Y compara: “En Estados Unidos siempre ves los cielos contaminados con aviones que pasan hasta por las zonas menos pobladas y dejan su estela”.

En Mendoza, David trabaja como nexo entre universidades de Estados Unidos y casas de estudios locales, en el intercambio de alumnos. “Tampoco es que soy un multimillonario yanqui que vino a comprar terrenos. Soy un chico de barrio, mis amigos son de ahí”, dice. Está separado de la mamá de su hijo pero tiene una buena relación: “Nos juntamos a comer asados, nos llevamos bien porque pensamos que lo primero es nuestro hijo. Y eso es algo que también me llama la atención y no pasa en otros países”.

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Con 16 años de residencia en Mendoza, aprendió a comprender la cultura de negocios: “Acá empiezan una reunión hablando de la familia, los niños, el fútbol, las mujeres; en cambio en Estados Unidos, está mal visto si alguien te pregunta por algún aspecto de tu vida privada”. Y agrega: “En Argentina te juntás en un café, en un bar o en una cancha para hablar de negocios, en mi país solo en el ámbito del trabajo”.

Ironiza que hay cosas de los argentinos que no son tan buenas: “Son todos amables, excepto cuando manejan”. Además, tuvo que acostumbrarse a ser siempre el primero que llega a una cita: “Si a mí me dicen a las 8, estoy puntual, pero acá es media hora o una hora más tarde”.

Se pone serio: “No niego los problemas de Argentina, ni digo que no son graves; pero quise escribir sobre el montón de cosas positivas de este país y su gente. Elijo que mi hijo viva en Argentina. Un estilo de vida, más allá de la situación económica. Un país donde el lado humano es tan importante: quiero esos valores para mi hijo”.

“Elijo que mi hijo viva en Argentina. Un estilo de vida, más allá de la situación económica. Un país donde el lado humano es tan importante: quiero esos valores para mi hijo”, afirma.

Entonces, repara: “Obvio que cuando Benjamín va a Estados Unidos está fascinado por la tecnología o la cantidad de juguetes buenos y baratos que se pueden comprar; pero al final del día creo que lo importantes son los amigos, la familia, compartir un mate, la solidaridad, y él lo comprende”.

Juntos, en la montaña. David y su hijo, en Mendoza.

Su click fue a los 30 años. “Entonces yo era otra persona”, dice. Estaba a una cuadra de las torres, vio chocar el segundo avión y le impactó mucho que unos hombres “siguieron jugando al tenis cuando las torres ardían por los atentados. Días después, se cruzó con personas que salieron a vender recuerdos del 11-S: “¡Me pareció de tan mal gusto!!”, dice. Fue su límite. “Hay cosas en la vida que te marcan para siempre. Ese día empecé a caminar hacia mi nueva vida en Argentina”.

A raíz del artículo que publicó en Clarín, recibió cartas de argentinos que residen en distintas partes del mundo o que están pensando en irse. Cree haber aportado un poco de esperanza ante tanta desilusión: “Me dicen que soy muy afortunado de vivir en Mendoza y que, como extranjero, les he hecho ver muchas cosas que ellos no ven”.

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