El cordobés al que rescataron de la congestión en el Everest: “No se puede hacer fila con 30° bajo cero. Es la muerte”

Al argentino Ricardo Birn, de 51 años, le cuesta hablar. Hace una pausa, fría, al final de cada frase. Se lo escucha respirar como a un nadador olímpico cuando emerge. Pero su historia está mucho más arriba del agua. Precisamente, a 8.848 metros sobre el nivel del mar, en el monte Everest.-Siento que te duele mucho. ¿No preferís que…

El cordobés al que rescataron de la congestión en el Everest: “No se puede hacer fila con 30° bajo cero. Es la muerte”

Al argentino Ricardo Birn, de 51 años, le cuesta hablar. Hace una pausa, fría, al final de cada frase. Se lo escucha respirar como a un nadador olímpico cuando emerge. Pero su historia está mucho más arriba del agua. Precisamente, a 8.848 metros sobre el nivel del mar, en el monte Everest.

Siento que te duele mucho. ¿No preferís que hagamos la entrevista después o que chateemos por WhatsApp?

-No, por favor, estoy vivo. Tengo mucho para contar.

Ricardo, en el hospital de Katmandú.

Sus pulmones, ruidosos, no pueden contra su tonada cordobesa. Habla con Clarín desde la camilla del hospital de Katmandú, Nepal, donde está internado desde el jueves. Tiene neumonía. Un día antes, el 22 de mayo, la montaña más alta del mundo fue noticia por un inédito “atasco”. Una congestión de montañistas que por el buen clima hizo que se pisaran los talones para hacer cumbre. Eso, dice, es lo que casi lo mata. No la altura. Ni la nieve.

La masificación en el Everest lleva años. Y el resultado es terrible. / Christian Sellés

“No se puede hacer fila, frenado, literal, con 30 grados bajo cero. Es la muerte misma. Empecé a escupir sangre. Al principio lo pensé, porque quería llegar esta vez. Pero tuve que tomar la decisión de no seguir. Después ya directamente era bajar para seguir viviendo“, relata. 

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El que “pensó”, allá arriba, no era un advenedizo. Ricardo, que trabaja como profesor de Educación Física en Córdoba capital, es parte del movimiento 7 Cumbres, que busca alcanzar la cumbre de la montaña mas alta de cada uno de los siete continentes. Ya consiguió cinco. Este fue su segundo intento en el Everest. Y siente bronca porque el fracaso, esta vez, no fue por su cuerpo.

“Hace dos años lo intenté, pero hubo un error estratégico de los sherpas con los que vine. Me quedé sin tanques de oxígeno porque los sherpas no habían hecho bien su trabajo al sembrarlos donde debían. Empecé a perder la visión de un ojo y se me congelaron los dedos. Tuvimos que bajar”, recuerda. Por ese error quedó con una afección bronquial y el descuento en esa empresa para volver a intentarlo por sólo 30.000 dólares, más los servicios de un sherpa de élite. Un ascenso el Everest puede costar unos U$S 80.000.

Una larga fila de escaladores el 22 de mayo (AFP)

“Esta vez fue distinto. Fui con un buen sherpa. Hicimos todo bien. Hice el entrenamiento de un mes y medio, pasando por el Glaciar de Khumbu, muy peligroso. Lo hacés tres veces, hasta que llegás al campo 3, a 7.200 metros. Ahí sabés si estás en condiciones de seguir. Y yo rendí perfecto en la aclimatación. Tomé la medicación como debe ser. Estaba preparado 100%. Pero tuve que hacer cola, estancado. Lamentablemente, el día que elegí hacer cumbre, también lo eligieron 250 personas“, explica. De lejos se escucha a una médica o enfermera nepalí retándolo por hablar demasiado.

Con su sherpa, Chebbi Tipeka, de 43 años y muy experimentado, iniciaron el ascenso a 7 de la tarde el 21 de mayo, para llegar a la cima el 22. Nunca pasó y Ricardo también, dice, fue protagonista de “uno de los rescates históricos del Everest”.

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A las dos horas encontró el primer “atasco” en la inmensidad blanca. “No lo podía creer. Tuve que estar parado media hora en el hielo, no nieve, hielo. A 8.200 metros de altura”. Lo de “hielo” no es un eufemismo. No por nada ese lugar se llama zona de la muerte. “Tenés que moverte. Salir de ahí. Ves como los otros se empiezan a congelar. Empecé a toser, y la tos sólo expulsaba sangre”. Pero no volvió. Eran las 10 de la noche.

“Seguimos. Pero arriba veía una fila de luces (las linternas de los cascos de los montañistas). Vi que iba a ser muy complicado”. Habla del Balcón de Hillary. Ahí se tomó la foto que se viralizó porque muestra el atasco.

Atasco histórico para hacer cumbre en la cima del Everest. Foto: @AsenavaDe

“Era una infinidad de gente haciendo cola”, dice Ricardo y cuestiona que no se pongan límites al negocio de los permisos, que está llevando a los escaladores al peligro. El llegó a los 8.400 metros, donde se cambian los tubos. La cumbre, en otras condiciones, se alcanzaría en tres horas más. Ese día hubiese tardado cinco. Siempre escupiendo sangre.

“Si no, iba a morir como murieron varios”, admite. Exactamente, hasta el momento, son 7 los muertos en el Everest. “Pensé que me había roto una costilla del esfuerzo por respirar”, algo que puede suceder en esas condiciones. Pero al final no tuvo neumotórax. Sí un edema de pulmón.

Ahí comenzó a descender desde el campo 4. Descansó un rato y se dio cuenta de que tenía que seguir acercándose a lo llano. El sherpa lo ayudó y después de 5 horas llegó al campo 3. Pero los helicópteros de rescate sólo llegan hasta el campo 2. Y él no podía seguir. “Hablo por teléfono satelital con Erika, mi esposa, y ella habla con el dueño de la empresa para que me rescaten. Mueve todo para que lleguen hasta donde estaba“, asegura.

El camino hacia la cumbre del Everest (AFP)

Él sólo se aplicó una inyección de dexametasona que lo calmó. Y mientras se desvanecía, el sherpa hizo lo imposible para mantenerlo despierto toda la noche. Lo logró. Quedarse dormido en esas condiciones no es garantía de despertar. También le quedaba poco oxígeno.

“A las 6 de la mañana escucho el helicóptero”, cuenta Ricardo. Como el helicóptero no puede aterrizar en el campo 3, el piloto arrojó una cuerda de 30 metros a la que el sherpa ajustó al arnés de Ricardo. Y el cordobés levantó vuelo. A los gritos por el dolor. Como si fuese un paquete, el piloto lo acercó hasta otro punto, donde un rescatista se ajustó a él y -ya como dos paquetes- siguieron suspendidos en el aire hasta la próxima base. 

Su vuelo a Buenos Aires es dentro de cinco días. Vuelve con 80 kilos, 10 menos, y alguna posible nueva secuela pulmonar. Además de Erika, lo esperan sus hijos: Camila, de 23, Agustina, de 21, Gael, de 13 y Simón, de 6. 

¿Vas a volver a intentar hacer cumbre en el Everest?

-No lo sé. Pero ya probé que mi cuerpo lo superó en lo extremo. Estuve allá arriba. Frenado. Haciendo cola, literal, con tanta gente. 

AS