Festival de Cannes: Quizá no sea el cielo, pero sí un oasis

Siempre ver una película de Elia Suleiman es como encontrase en el desierto y hallar un manantial de agua. Un oasis. “Es palestino, pero sus películas son divertidas”, dice Gael García Bernal, interpretándose a sí mismo en It Must Be Heaven, una de las películas con que cerró este viernes la competencia por la Palma…

Festival de Cannes: Quizá no sea el cielo, pero sí un oasis

Siempre ver una película de Elia Suleiman es como encontrase en el desierto y hallar un manantial de agua. Un oasis. “Es palestino, pero sus películas son divertidas”, dice Gael García Bernal, interpretándose a sí mismo en It Must Be Heaven, una de las películas con que cerró este viernes la competencia por la Palma de Oro.

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Suleiman, el director de aquella maravilla que fue y es Intervención divina, vuelve a ser el protagonista. Con sus anteojos, sombrero claro y una barba cuidada, pero ahora canosa, Elia es el mismo de siempre. Observador de todo lo que acontece a su alrededor, sea el vecino que le roba limones, los policías que recorren París en patines eléctricos, los hombres de limpieza que juegan al golf con una escoba y latas en vez de pelotitas.

Los personajes que Elia mira y con los que esporádicamente interactúa -o no- son algo estrafalarios. Sea en Nazareth, desde donde parte hacia París y a Nueva York, en busca de un nuevo hogar. En París casi no se cruza con nadie en la calle, hasta que los turistas o habitantes de la ciudad se pelean por conseguir una silla de metal en los Jardines de las Tullerías. Y en Nueva York, al supermercado todos llevan armas, algunas de grueso calibre. Y un personaje baja de un taxi, saca del baúl una bazooka y nadie se sorprende.

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Y si hasta un gorrión juega con él, y parece otro ser humano…

Parece que lo mira con admiración. Gael Garcpía Bernal y Elia Suleiman, en el photo call de “It Must Be Heaven”. El mexicano se interpreta a sí mismo en el filme, lo mismo que el director palestino. REUTERS/Stephane Mahe

Suleiman es un Jacques Tati, también, porque su humor muchas veces es prácticamente mudo, y visual, haciendo del slapstick una manera de enfrentar y comprender la realidad.

Dentro del panorama que ofreció la competencia este año, un premio como mejor director no le caería para nada mal a Suleiman. Para nada.

Y la última en la competencia fue Sibyl, de la francesa Justine Triet, que cumple con el mandato de los últimos años: la que se deja para el final, por algo será. Tiene, eso sí, en un papel secundario a Sandra Hüller, de Toni Erdmann.