Mundos íntimos. Soy madre soltera de una hija afroargentina: qué prejuicios enfrentamos y cómo se los explico

Mi hija Evangelina duerme ahora. Es viernes y el nuevo horario de la escuela primaria en la que acaba de debutar la doblega. Cada noche puja por resistir despierta más tiempo, pero se hacen las 11, me pide que le lea un cuento y cierra sus ojos. Cuando eso pasa, vuelve el silencio a la…

Mundos íntimos. Soy madre soltera de una hija afroargentina: qué prejuicios enfrentamos y cómo se los explico

Mi hija Evangelina duerme ahora. Es viernes y el nuevo horario de la escuela primaria en la que acaba de debutar la doblega. Cada noche puja por resistir despierta más tiempo, pero se hacen las 11, me pide que le lea un cuento y cierra sus ojos. Cuando eso pasa, vuelve el silencio a la casa y yo repito el ritual: le doy los mil besos que ya no me deja darle de día, le agradezco por existir y le pido a Dios que, si me escucha, la proteja.

Eva ya cumplió los 6 y yo los 47. Conocí a su papá, Amadou, a los 38 en un viaje que hice sola a Europa en medio de una crisis existencial. En el camino, lo encontré a él. El flechazo fue en Atenas. Yo estaba literalmente perdida y, como en las películas, nos chocamos en una esquina. Fue algo así como el choque de dos mundos: él, senegalés, musulmán y bohemio. Yo, argentina, católica y estructurada. Nos unió y extasió la diferencia. Las piezas encajaron. Vivimos semanas con una intensidad de años. Me descubrí tan feliz y tan libre por tantos momentos que muy seguido me levantaba llorando pidiendo al destino que “el sueño” no terminara nunca “¿Y si de repente perdés el pasaporte?”, bromeó él una noche. Lo dudé.

Valeria y Amadou. Se conocieron de casualidad y hubo flechazo desde el primer momento.

La profundidad del encuentro fue infinita. Al cierre del viaje le confesé a una amiga que, después de tantas relaciones fallidas, había encontrado “el” hombre. Que no había lógica pero que algo que me decía que iba a ser el padre de mis hijos. Hasta llegué a fantasear con un bebé con motas. “¿Y qué esperás para pegar el volantazo?”, me preguntó ella en una cena memorable en La Coruña, la tierra de una de mis abuelas. Fue como un rayo de luz atravesándome. Vi todo con claridad. Me prometí volver a Buenos Aires para darle un giro a mi historia. Me prometí enfrentar el vacío que me perseguía desde hacía años. Todo tenía sentido. Quería ser mamá y formar una familia, entonces ¿qué estaba esperando? Corría 2011. Nunca más volví a ser la misma.

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Con Amadou, nos vimos dos veces más a lo largo de tres años. Siempre en Atenas y con la misma intensidad de la primera vez aunque en una relación que ya venía parida a la distancia. Tuvimos horas, días y meses de charlas eternas por teléfono proyectando juntos hasta encontrarnos otra vez “¿Y si nos casamos? ¿Y si tenemos un hijo? ¿Y si vivimos seis meses en Buenos Aires y seis meses en Dakar?”, nos preguntábamos y coincidíamos en una sola palabra: sí.

Sentía que había resuelto la indescifrable fórmula del amor. Pudimos concretar el primer deseo compartido, el más fuerte e importante de todos. Volví embarazada de Eva del tercer viaje a Grecia. El resto de los deseos quedaron en el camino. Amadou viajó a Africa a buscar papeles para venir a Buenos Aires y ahí se quedó. Yo lo esperé durante años hasta que un día abandoné la cruzada. Conoció a Eva por skype y habla con ella por whatsapp. Intercambian mínimas palabras en inglés. Es un papá virtual.

 

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 Eva tuvo que acostumbrarse así. Desde bebé escucha a su papá decirle que la ama, que la extraña y que es todo para él desde una pantalla de algún lugar de Dakar, a 7000 kilómetros atravesando el Atlántico. Conmigo de mediadora, ellos se comunicaron y comunican. Nunca le cerré a Amadou la puerta de entrada al mundo de su hija. No pude. Me parecía que era negarle a ella su derecho de conocerlo aunque sea a través de una imagen. Siempre pensé que verse parecida a él o escucharlo iba a ayudarla a formar y fortalecer su identidad. Amadou se borró físicamente. Nunca estuvo con nosotras. Sabe poco y nada de Eva pero no desaparece. Llama una vez por mes desde hace seis años con la promesa de venir. Es difícil de entender.

En el mundo real, nuestra pequeña fue creciendo y yo le fui contando cómo nos conocimos y el amor que nos tuvimos en Grecia. Que fuimos muy felices sabiendo que ella venía en camino. Hasta hace poco, ella me preguntaba por qué su papá no venía a verla y yo le decía que era porque no podía. Que Africa estaba lejos y era caro el viaje. Pero últimamente, y aconsejada por una amiga psicóloga, empecé a cambiar el discurso. Ahora le digo que no sé. Que cuando llame, se lo puede preguntar a él. Dejé de cubrirlo con palabras. Igual le prometí que, si él no viene y ella quiere, cuando sea más grande vamos a ir nosotras. En Senegal Eva también tiene primos, tíos y un abuelo. La mayoría se fue contactando a lo largo de los años. Saben de su existencia, la llaman “Phenda” (en wolof, su lengua, “Pertenecida”), me piden fotos para ver cómo crece y la veneran como a una diosa. Desde lejos.

En esa distancia y aunque nunca abrazó al otro 50 % de su sangre, Eva empezó a reconocerse como afroargentina. Se dibuja negra, con motas y la bandera celeste y blanca. Por ahora no añora el pelo lacio. Es más: últimamente no quiere que le ponga hebillas o colitas. Quiere llevarlo voluptuoso. Tampoco tiene conflictos con su piel. Sus pares, en general, tampoco lo tienen. Hace poco tuve una reunión con una de sus maestras y me contó que “es famosa” en la escuela por sus rulos. Que la saludan los de primero y los de otros grados. Que el límite es cuando le quieren tocar el pelo. Ella decide quién sí y quién no. “A los que son tiernos, los dejo mamá”, me respondió cuando le pregunté. Las máximas fuera de casa son: “El pelo no se toca”, a la que le sigue: “Si le tocás el pelo sin permiso, te lo tocamos a vos”.

No siempre es igual. Hace unos días fuimos a un pelotero y escuché en bambalinas la siguiente conversación: “¿Por qué tenés el pelo así?”, le preguntó una nena. “Porque mi papá es africano. El es negro y tiene mi pelo” “¿Y por qué no te lo cortás?, siguió la nena. “Porque me gusta”, agregó Eva. Escucharla me emocionó. Con un ojo en el pelotero y otro en un libro, las vi jugar hasta que la nena se fue. Se despidieron amistosamente. Confío fervientemente en las nuevas generaciones. Veo muchos niños transitando naturalmente lo diferente. Todos somos distintos. El ojo racista es adulto.

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Es ahí, en el mundo de los grandes, donde proliferan los “inquisidores de lo ajeno”. Dirían mis abuelas: “los que ven la (supuesta) paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”. Ya nos acostumbramos a ellos. Los dividí en tres grupos: “los apolillados”, “los racistas sutiles” y “los racistas violentos”. Todos andan por la vida como si fuera normal preguntar o comentar sobre la intimidad del otro. En este caso, la nuestra.

Vamos por la calle en otro mundo y “los apolillados” te lanzan preguntas colgadas tales como: “¿Dónde está el papá?”, “¿Sos mamá soltera?”, “¿Cómo hacés con todo sola?” Esos son los que están preocupados por las familias monoparentales. No toman consciencia de que hay miles en este país y que incluso, hay mujeres con pareja que están igual solas con la crianza de sus hijos. Con este grupo, al principio, empecé siendo bastante benévola. Incluso respondía con una sonrisa: estoy muy orgullosa de nuestra historia. Que Amadou, que Atenas, que Dakar, que no pudo, que no quiso… Con los años y con Eva más grande, la sonrisa y las palabras se fueron apagando. Las respuestas quedaron todas para ella que sigue armando su propio rompecabezas.

A los anteriores se suman los “racistas sutiles”. Con delicadeza impostada, te invaden. No les cierra la ecuación de madre blanca-hija mulata. Repiten al cansancio: “¿Es tuya o adoptada?”, “¿A quién sale?”, “¿Cómo hacés para peinarla?”, “¿Puedo tocarle el pelo?”. A ellos les respondo con los mantras “¡Es mía!” y “El pelo no se toca” o un silencio sostenido.

Dejo para el final al tercer tipo, el peor de todos: el “racista violento”. Están en distintos lugares de la ciudad. Son los que suelen vincular a los negros con lo malo y a los blancos con lo bueno. Se sienten superiores categorizando colores. Hace unos días me crucé con uno de ellos. Estaba en la Feria del Libro y una amiga me presentó a una amiga de ella que conoce a Eva por fotos. Cuando le dijo quién era yo la mujer lanzó con liviandad: “Ahh sí! El otro día vi una foto de la nena y no la reconocí porque la vi más blanca. Pero su cara es hermosa”. Dejó de hablar frente a mi mirada. Preferí no responderle, me di vuelta y me fui. Le pedí a mi amiga que le dijera que lo suyo había sido violencia. Supongo que, como la señora en cuestión trabaja con la salud y la psiquis, entenderá de lo que le hablo.

Aclaro que no todos son “inquisidores de lo ajeno”. Nos rodean muchos desconocidos “tiernos”, como dice Eva. Escucho seguido a muchos destacando la belleza de mi hija. Su estilo le abre puertas. Entre los “tiernos” están también lo que ya me reconocen como su mamá. El último feriado iba sola por la calle después de dejarla en lo de una amiga y en el subte se me acercó un chico preguntándome: “Disculpe, ¿usted es la mamá de Eva?” “Sí”, le respondí feliz. “Mándele saludos. La conozco de hip hop del Centro Cultural Recoleta”, completó.

Así, entre “los inquisidores de lo ajeno” y “los tiernos”, caminamos las dos. Pero es el afuera. Como en todas las familias, la verdadera construcción es puertas adentro. En nuestro mundo imaginamos, avanzamos, retrocedemos, nos peleamos, nos acomodamos, lloramos de risa y de tristeza y convivimos con lo que somos y con lo que Amadou nos dejó sin rencores.

Muchos me tildan mínimamente de tonta pero no le tengo bronca. Sé que voy a tener con él un agradecimiento eterno. Nuestra hija es increíble. Es alegre, carismática, no tiene resentimientos y no se deja doblegar. Ama el arte y el movimiento -¡si ves una nena haciendo medialunas sin parar, es ella!-. Armó una red propia de familiares, amigos y vecinos que la aman. Es solidaria y agradecida. Es brisa que acaricia o viento huracanado sobre el mar. Es todo lo que soñamos aquellos años de verano en Atenas y mucho más.

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Es lunes temprano ahora. Empieza la semana y cuesta arrancar. Salimos de casa rumbo al colegio. Hoy es un día de charla fluida. Salvo excepciones, a Evangelina le gusta mucho conversar y preguntarme distintas cosas. Hoy me arroja una pregunta/reflexión inesperados: “¿Qué momentos lindos viviste antes de mí, mamá? No me digas cosas que pasaron desde que yo nací”.

Semidormida, hago un ejercicio rápido. Me cuesta encontrar en el pasado momentos felices como los que tengo desde que vino a este mundo. A veces siento que viví dos vidas. Una antes y otra después de ella. En la anterior, di pasos erráticos y a medias y en la actual, los pasos que quise y quiero dar. Reflexiono. Decírselo así sería cargarla con una responsabilidad enorme. No es la responsable completa de mi felicidad.

Repienso su pregunta y avanzo: “Recuerdo los veranos en Mar del Plata y mi viaje de egresados a Bariloche. Me tiré en culipatín por la nieve y sentí el viento en la cara”, le dije. “También me emocioné mucho cuando me recibí de periodista y cuando conocí Nueva York. Fue un viaje maravilloso. Casi siempre fui feliz cuando cumplí un sueño y me sentí libre”, seguí. “¿Y qué es la libertad, mamá?”, lanza ella. “La libertad es, entre otras cosas, hacer lo que deseás, hija”, deslizo convencida.

Hoy voy camino a los 50 y di más giros de los que pensaba dar. La rueda empezó a rodar en 2011 y sigue girando. No creo que se detenga nunca más.

Aunque la mayoría de las veces no sé si lo estoy haciendo bien y vivo en un constante desafío, la maternidad me conectó y conecta con lo mejor de mí. Tengo deseos nuevos para las dos y también para mí sola como mujer. Eva también tiene los propios y me los recuerda a cada rato. Quiere conocer la nieve y tener una mascota. Me pide a gritos que me vuelva a enamorar porque desea tener un hermano. Disfruta y proyecta. No creo que espere a los 40 para cumplir sus sueños como yo.

Siento que en la mirada están las personas. A veces nos miro y no lo puedo creer. Con ella suelo detenerme sin tiempo. Tiene una luz mucho más potente que el rayo vital que me atravesó en La Coruña. La envuelve un magnetismo inexplicable… ¿Y yo? Me miro seguido al espejo. Me veo agotada y preocupada muchas veces. Pero, desde hace seis años, tengo una mirada entre aniñada y madura. Una mirada alegre, por momentos desafiante y sin ese temor que paraliza.

No le temo al presente ni al futuro. Ya no hay vacío. Ya no tengo pena.

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Valeria López es periodista, recibida en la Universidad de Lomas de Zamora, donde nació. Ahora vive en Montserrat, viejo barrio de negros. Empezó su carrera en el Diario La Unión. Fue redactora de Clarín y Popular. Desde hace más de 10 años, trabaja como productora en Telenoche. Creó el blog “Mamás Solteras ¡Actívense!” donde habla de sus vivencias con Eva y la revista digital “Mamá último momento” para mujeres que quieren estar informadas. Además, escribe la columna “El diario de Eva” en la sección “Somos familia” de la web de TN y colabora con la revista Afroféminas, voz de las mujeres afro en todo el mundo. “Sueño con escribir un libro con mi hija y vivir en una ciudad con mar. Me gustaría seguir viajando con Eva y visitar Atenas, la cuna de nuestro nacimiento”.