La suite 1742: memoria de una visita soñada a la habitación donde John Lennon y Yoko Ono grabaron su himno por la paz

El día de Halloween, o el anterior.Tiene que haber sido uno de esos dos días en los que cayó nuestro tour periodístico por Montreal. El 31 o el 30 de octubre de 1999. En las fotos viejas, de mano aficionada, las hojas por el suelo en la plaza Dorchester no se mueven: sin video es difícil saber…

La suite 1742: memoria de una visita soñada a la habitación donde John Lennon y Yoko Ono grabaron su himno por la paz

El día de Halloween, o el anterior.Tiene que haber sido uno de esos dos días en los que cayó nuestro tour periodístico por Montreal. El 31 o el 30 de octubre de 1999. En las fotos viejas, de mano aficionada, las hojas por el suelo en la plaza Dorchester no se mueven: sin video es difícil saber si había viento.

Si me acordara del lugar donde estaba alojado, ahora contaría cuántas cuadras caminé hasta el hotel The Queen Elizabeth, a unos metros de la plaza de las hojas, con una soñada ambición: que me dejaran pasar, aunque fuera un minuto, a la habitación donde John Lennon y Yoko Ono se metieron durante una semana en la cama para protestar contra la guerra de Vietnam y grabar su inolvidable himno por la paz. 

De eso ahora ya se cumplieron 50 años, pero ese día nublado (las nubes, o una superficie gris completa, se ven en las fotos de máquina de rollo) habían pasado nada más que 30.

En Montreal conocimos una cascada bastante alta (con seguridad en el pelotón de colegas alguien habrá verbalizado el predecible “¡Aguante las cataratas del Iguazú!”); fuimos  a ver un partido de hockey de los Canadians, donde flasheamos con un DJ que ejecutaba un efecto de zumbido para marcar el vuelo del tejo y un “¡crash!” de vidrio estallado cuando terminaba impactando contra alguna superficie; nos llevaron al autódromo, al que se entraba como a una calle cualquiera, para hacernos notar que en la línea de largada estaban pintadas las palabras “Allez Gilles”, arenga/homenaje al intrépido Villenueve padre. Paseamos por la ciudad subterránea, un entramado de 30 km de galerías pensadas para zafar del frío y nos quedamos adelante de la vidriera de un sex shop que vendía un producto llamado “penis pasta”, unos fideos soperos con la forma que explicita el nombre. 

Mirá también

Newsletters Clarín

En primera fila del rock | Te acercamos historias de artistas y canciones que tenés que conocer.

Todos los jueves.

Recibir newsletter

Cenamos en una casa particular donde nuestras ideas inmaduras recibieron un par de golpes. La ducha en el medio de living, un cubículo de vidrios esmerilados que permitían distinguir la silueta y movimientos del ocupante. En el jardín del frente, a propósito de la Noche de Brujas, unas lápidas de cartón encargadas al cotillón del barrio, con nombres de amigos fallecidos.          

Pero por alguna razón, a priori inexplicable, el hotel y la suite de John Lennon y Yoko Ono habían quedo afuera de este schedule planteado por el diligente staff de la oficina de turismo local. Así que había que aprovechar algún rato libre para buscar la chance tan deseada de tener un acceso.

Sería otra persona si me acordara si antes de viajar había mandado al hotel un mail pidiendo una visita formal. Acordemos entonces que ese día me presenté con actitud más o menos confiada en el mostrador del Queen Elizabeth, un hotel gigante no tan sobresaliente por antiguo (es de 1958) como por las celebridades que recibió, entre ellas la propias Queen Elizabeth actual y la Reina Madre, además de Nelson Mandela, Charles De Gaulle, Fidel Castro y otros líderes. 

Y ahí: “I’m a journalist”, “from am argentinian newspaper”, “would be possible…?” y a ver si había suerte.

Casi seguro me atendió una mujer rubia, quizá alta, quizá especialmente cordial (ojo, puede ser que ahora mismo esté componiendo un estereotipo). Cómo olvidar que me dijo que no habría ningún problema en el caso de que la habitación estuviera desocupada, que iba a confirmar eso. Cuando estaba de vuelta, debo haber encontrado un brillo particular en su mirada que me indicaba que el resultado era positivo.

“¿Subimos?”

La larga luna de miel combativa de John y Yoko  

¿Cómo fue eso  de los llamados bed-in por la paz? Más o menos y rápidamente: John  y Yoko se casaron en Gibraltar, el 20 de marzo, y resolvieron encarar algo así como una luna de miel combativa y bastante extendida. El término bed-in tiene una floja calidad de traducción. Una “metida en la cama”, podría ser; o una “encamada”. Esto último , se sabe, suena a otra cosa, y algo por ese lado fantasearon los periodistas cuando se preparaban para cubrir el primero de dos bed-in de John y Yoko, el de Amsterdam, que empezó cinco días después de la boda.

Pero el beatle y la japonesa no tuvieron sexo, al menos delante de las visitas, autorizadas para entrar todos los días de 9 a 19. La misión de paz también implicaba una rutina fatigosa. 

Mirá también

El segundo “bed-in” querían hacerlo en Nueva York, pero no señor, porque a Lennon no lo dejaban pisar los EE.UU. por una causa de cannabis en Londres. Pasaron por Bahamas, pero hacía mucho calor. Tercera opción: Montreal. Ahí sí.

Evidentemente llegué al hotel Queen Elizabeth unos cuantos años antes del marketing. La impresión del momento es irrecuperable, pero las fotos cuentan una verdad: la versión de 1999 de la famosa suite 1742 hoy no le sacaría mucha ventaja a un alojamiento standard de un 3 estrellas más o menos internacional. Un sillón con un tapizado verde brilloso, un arreglo con enduido atrás, el cable de la lámpara cruzando en una curva poco estética hasta el enchufe abajo del sillón.

Al primer golpe de vista, la certeza material de estar en el verdadero “John & Yoko´s room” (una forma rápida de mencionarlo en el momento) la aportaba una foto de la pareja coronada por unos discos de oro, o quizá sus réplicas, todo protegido por un vidrio. Y unos cuadritos más, repartidos por el lugar. A los ojos de hoy, poca cosa.

La habitación de John Lennon y Yoko Ono en 1999

Otra imagen de la habitación que ocuparon John Lennon.y Yoko Ono.

Pero bien. Siguiente fase: cumplir con la ceremonia central de poner los pies en la superficie exacta donde se desplegó semejante historia del rock, el activismo y la vida. Casi no hacía falta moverse porque (dato oportuno de la guía) los famosos huéspedes habían sacado el colchón de la pieza para tirarlo en el living. Así que el sitio venerado quedaba a dos o tres pasos, abajo una ventana con otras cortinas y ninguna cama ni colchón al pie, sino una mesa ratona con una planta  encima y unas sillas de cuero.

Listo, estábamos ahí, sin quejas, aunque la suite 1742 no se parecía en nada a la que teníamos en la cabeza de tanto ver las fotos y las filmaciones registradas la semana que transcurrió a partir del 26 de mayo de 1969, el día que John y Yoko llegaron con un séquito de allegados que ocuparon otras tres habitaciones del piso 17, la 1738, la 1740 y la 1744.

Lo más conocido de los días del bed-in en Montreal es que por la suite pasaron un montón de periodistas, militantes de distintas causas políticas y espirituales, fans, y amigues en general. Desde el poeta beat Allen Ginsberg hasta Timothy Leary, investigador y promotor de las drogas psicodélicas. En esa compañía y con ese coro, el 1 de junio, Lennon y Yoko grabaron la canción Give Peace a Chance (Dale una oportunidad a la paz), himno total contra el espanto que tenía indignado al mundo: la Guerra de Vietnam. John se apartó un rato, volvió con la letra, dio un par de directivas a la multitud inusitada para un cuarto de hotel, y all together now.

¿Cómo es hoy la suite de John y Yoko?

Si la suite de 1999 tenía poco que ver con la de 1969, la de 2019 tampoco se parece demasiado a las dos anteriores. Quizá algo más a la original, porque recuperó el blanco como color predominante. En 2017, cuando cerraron por un tiempo largo el Queen Elizabeth para renovarlo, la habitación fue transformada en una especie de “Lennon&YokoLand”. No sólo se destaca una cama en la que, por ejemplo, el año pasado se tiraron Marley y Florencia Peña a empujarse y forzar unos bloopers, sino que ofrece un despliegue de propuestas entre retro y tecno, como un teléfono de disco (el original del cuarto) donde atiende la propia voz de Lennon, unos lockers con pantallas y juegos interactivos, y hasta una guitarra como la que tenía John durante el bed-in.

La habitación 1742 del hotel Queen Elizabeth Hotel, en Montreal, en la actualidad. Foto: Sebastien St-Jean / AFP)

Hay una visita guiada a la habitación 1742. Foto: Sebastien St-Jean / AFP

Algunos artistas que festejaron con un concierto los 50 años del Be-In. De izquierda a derecha: Jonas Tomalty, Yann Perreau, Miriam Baghdassarian, Genevieve Borne y Dan Georgesco. Foto: Sebastien St-Jean / AFP)

La suite se sigue estando disponible, ahora por 2.300 dólares la noche (por si lo están pensando), con las posibilidad de hacer un ingreso triunfal vestidos con unos pijamas igualitos a los que usaron John y Yoko.

“No quisimos reproducir la suite tal cual era, pero está inspirada en la época, y la vida y la lucha por la paz de John y Yoko”, explica Joanne Papineau, la RR.PP. del Fairmont Le Reine Élizabeth, el nombre actual y en francés del hotel. Y destaca como un detalle especial que los huéspedes pueden encontrar en la habitación algunos de los libros preferidos de Lennon como Alicia en el País de las Maravillas o los cuentos de Edgard Alan Poe.

Obvio que los pasajeros del Queen Elizabeth que no llegan a pagar la suite la merodean con curiosidad y no se pierden la selfie. Lástima que la placa original con el número ya no esté: cuentan en el hotel que alguien, en algún momento durante todos estos años, la hizo suya.

Mirá también

El hombre que besaba la alfombra ​

El souvenir que me quedó de la visita es una carpeta de membretes dorados con unas dispositivas y algo de información del hotel y de sus momentos más destacados. Ahí se cuenta que en cada jornada del bed-in de 1969 pasaron unos 150 periodistas y que los fans que accedían les llevaban flores y frutas a John y Yoko. También que el servicio del hotel estuvo bastante atareado con los pedidos de la pareja: mucho té, mucha miel, arroz integral que comían frío y muchos vegetales. La papas solo para el Fish & Chips, un clásico británico. El postre, entre ingenuo y psicodélico: gelatinas de distintos colores. 

Y algo que tal vez no se conoce tanto y lo recuerda el productor discográfico Andre Perry: “Cuando todos se fueron de la suite, me dieron la posibilidad de grabar el tema Remember Love. Nos quedamos hasta las cinco de la madrugada. Fue una gran experiencia”.

Enganchada en la solapa de la carpeta, quedó una tarjetita personal de la guía que aquel día de Haloween de 1999, o el día anterior, me acompañó a vivir la experiencia de respirar el aire de la suite 1742. Vuelvo a saber que se llama Caroline Desrosiers. Tiene Facebook y es una señora elegante que acumula lindas fotos de viajes. La última es de este año, en Puerto Vallarta, y se la ve muy bien, por suerte.

Aquel día, saliendo de la suite, me deshice en agradecimientos con Caroline por la posibilidad que me había dado de acceder a un lugar tan importante para la cultura contemporánea (quizá se lo dije así y todo). Le pedí que me dijera si no había sido un pesado, si había abusado de su predisposición, o lo que tuviera que confesarme.

No, no, dijo Caroline. Y me contó su experiencia con un visitante al que había acompañado un tiempo antes hasta la suite. Un audaz que apenas bajó del ascensor en el piso 17 se inclinó sobre el piso, y sin reincorporarse jamás recorrió toda la longitud del pasillo de rodillas, besando la alfombra una vez cada 30 centímetros hasta llegar a la puerta de los sueños.

WD