Sobre orquestas, vinos y algunos detalles curiosos

En Absolutely On Music, el cautivante libro de conversaciones entre el escritor Haruki Murakami y el director de orquesta Seiji Ozawa, este último emplea la expresión “play into the strings” para describir el sonido distintivo de las orquestas alemanas. Literalmente, eso querría decir “tocar dentro de las cuerdas”, lo que puede interpretarse en el sentido…

Sobre orquestas, vinos y algunos detalles curiosos

En Absolutely On Music, el cautivante libro de conversaciones entre el escritor Haruki Murakami y el director de orquesta Seiji Ozawa, este último emplea la expresión “play into the strings” para describir el sonido distintivo de las orquestas alemanas. Literalmente, eso querría decir “tocar dentro de las cuerdas”, lo que puede interpretarse en el sentido del peso y la profundidad de las cuerdas como también de una envolvente general, de un sonido “mullido” en todos los frentes, como si todos los instrumentos de la orquesta estuviesen orientados por el tono o el llamado de la cuerda. Según el director de orquesta japonés, la obtención de ese sonido fue su principal norte musical: lo aprendió como discípulo y asistente de Herbert von Karajan en la Filarmónica de Berlín, de la que luego sería un asiduo director invitado, y buscó trasladarlo a la Sinfónica de Boston, de la que fue titular por treinta años.

Estaba leyendo Absolutely On Music cuando surgió la posibilidad de un intercambio por correo electrónico con el director inglés Simon Rattle a propósito de su visita con la London Symphony Orchestra para dos conciertos en el Colón, el fin de semana pasado. Dado que Rattle fue titular de Berlín por quince años (el segundo no alemán en dirigir la principal orquesta de Alemania, después del italiano Claudio Abbado), se me ocurrió preguntarle por el sonido de la Filarmónica y la metáfora de Ozawa. Pero Rattle prefirió una metáfora enológica: la Filarmónica de Berlín, dijo, es un vino tinto con mucho cuerpo, mientras que la London Symphony es un deslumbrante (“stunning”) vino blanco; otra manera de hablar de un sonido más profundo y otro más aéreo, de uno más mate y otro más brillante, y por momentos algo de ese brillo pareció captarse en el particular esmalte de las maderas en la Sinfonía da Requiem de Bejamin Britten, que transcurre en buena medida en un registro orquestal medio-agudo, y especialmente en esa ráfaga de plata refulgente que es el comienzo de la Fuga de la Guía Orquestal para la Juventud, que Rattle ofreció como pieza fuera de programa en su segundo concierto y que también pertenece a Britten; esto es, algo del supuesto brillo orquestal inglés pareció captarse en dos obras inglesas, de lo que podría concluirse que los distintos sonidos orquestales provienen de la formación de toda una vida en distintos repertorios. De más está decir que esas impresiones algo vagas no me habilitarían de ninguna manera al título de “catador” orquestal.

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Hablemos ahora más de hechos que de impresiones con relación a este debut local de la extraordinaria orquesta inglesa. Por ejemplo, del bis del primer concierto, cosa que prácticamente nadie esperaba después de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler. Daniel Barenboim casi con toda seguridad no lo haría, y sin duda tiene sus razones. Después de Mahler o de Bruckner, solo el silencio. Pero con el inglés Rattle las cosas pueden ser un poco diferentes. Sí, Mahler es sublime, la Quinta sinfonía es un esfuerzo gigantesco, pero por qué no un poco más de música; sólo hay que saber elegirla, como lo hizo Rattle el sábado con los dos últimos números de El pájaro de fuego de Stravinski, que abren con esa ensoñadora melodía del fagot para terminar en un final tan sereno y luminoso. También Rattle fue especialmente sutil con el bis del segundo programa, el domingo por la tarde, que cerró con la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Si bien la Fantástica tiene un fondo autobiográfico (completamente delirante), su verdadero tema es la orquesta misma, que Berlioz llevó al extremo de sus fuerzas técnicas y expresivas (¿qué habría sido del romanticismo francés sin Hector Berlioz?); y Rattle continuó el tema de la orquesta con la coronación (la Fuga final) de una de las más grandes piezas sobre la orquesta que se hayan escrito alguna vez, y que además es inglesa: la Guía de Britten.

Rattle acaso sea también el único director de renombre que se toma el trabajo de anunciarle al público las piezas fuera de programa, lo que ya casi nadie hace, ni directores ni solistas. Es comprensible que alguien que sostiene que la música es un derecho natural y que su trabajo como director es una suerte de evangelio busque eliminar cualquier distancia en la comunicación de los hechos artísticos. No está mal. Si ya hay tanto misterio en las grandes obras de la música, para qué agregarles más.