Juan Rodó, el eterno Drácula argentino: “Siempre pienso que no llegó el mejor día de mi voz”

Si a Stephen King le rechazaron la novela Carrie una docena de veces y a J.K.Rowling le sentenciaron veinte que Harry Potter no funcionaría… ¿Cómo no iba a poder pasarle a él, una de las gargantas más poderosa de los musicales de la Argentina? Historia de un “no”, como los intentos fallidos de Walt Disney. Cuenta…

Juan Rodó, el eterno Drácula argentino: “Siempre pienso que no llegó el mejor día de mi voz”

Si a Stephen King le rechazaron la novela Carrie una docena de veces y a J.K.Rowling le sentenciaron veinte que Harry Potter no funcionaría… ¿Cómo no iba a poder pasarle a él, una de las gargantas más poderosa de los musicales de la Argentina? Historia de un “no”, como los intentos fallidos de Walt Disney. Cuenta la leyenda que en el coro de la escuela San Román no aceptaban a Juan Rodó.

Es que Rodó no tenía por entonces la voz de barítono que lo consagra como eterno Drácula argentino. Ni siquiera sabía que contaba con algo más importante, una fuerza interior y una vocación distinta a la que soñaba como fanático de Kiss y de Charly García. 

Preparándose para el personaje. (Foto: Ariel Grinberg).

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Ahora que no tiene colmillos, ni título de conde, ya no lo vemos lúgubre, tenebroso, sombrío. Hay una luz que lo ilumina distinto, el rol de gallo, “mitad narrador, mitad villano de circo” que manipula a Romeo y Julieta. Protagoniza Los fantástickos, el musical de mayor permanencia en cartel en la historia del género, incluso superando a Los Miserables y El Fantasma de la Ópera. Un fenómeno del Off Broadway que se estrenó en Nueva York el 3 de mayo de 1960. 

Quién es, más allá del vampiro, este robusto señor que a los 24 se “comió” el Luna Park en su debut e hizo llorar sin puños a Tito Lectoure. Cómo construyó, pasada la adolescencia, una voz capaz de interpretar repertorio operístico y de qué manera transformó artesanalmente sus cuerdas.

Padre de Mateo, ex basquetbolista, “pésimo futbolista”, nacido el 28 de noviembre de 1966, porteño, coleccionista de CDs (su discoteca reúne “8.000 álbumes de música para piano y sólo versiones integrales”), tiene como santo de cabecera a San Blas, patrono de la garganta. Calcula que habrá fumado dos cigarrillos en toda su vida. Si uno le pregunta cómo se escucha, a qué suena su voz, dirá que “es agradable”, pero que está buscando “algo superador”: “Siempre pienso que no llegó el mejor día de mi voz”. 

Juan Rodó (Instagram).

Hijo de un ingeniero civil y una docente en Ciencias de la Educación, único artista de un clan formado entre ramas catalanas y tucumanas, tuvo su primera guitarra a los 14 años. Fue después de que su madre observara un comportamiento recurrente: con una raqueta emulaba el bajo de Kiss. Se volcó al piano a los 17 y al canto a los 18, pero apenas “para no espantar en las reuniones de amigos”. Volaba bajito: su horizonte era vivir de la música dictando clases.

La medicina o la bioquímica eran alternativas cercanas, pero apenas una profesora le alcanzó el casete de una sonata de Beethoven, no hubo crisis vocacional. Así, los primeros cuatro años de carrera tocaba el piano ocho horas diarias. “Lejos de sentirme en soledad, fue una etapa liberadora, de elevarme. Podía no trabajar, me bancaban. Mi maestro me decía: ‘En el piano estás mejor que en el canto’, pero como yo no especulaba con un resultado, me fui hacia lo que más me gustaba’.

El primer personaje teatral llegó en 1989, en Rigoletto, en el Teatro Argentino de La Plata. Con el Conde de Transilvania atravesó siete temporadas y todas las situaciones posibles. salió airoso de cortes de luz y toreó canciones con laringitis. En el medio, cuerpeó La Bella y la Bestia, Las mil y una noches, Dorian Gray, Jack, el destripador, Jesús de Nazareth y Jekyll y Hyde. Antes de cada función, sus compañeros pueden amarlo o detestarlo: prestan sus oídos a una intensa hora de vocalización y canto de arias por parte de Juan

Juan Rodó (Instagram).

La pérdida de la inocencia, el pasaje de la ingenuidad a la madurez. Cree que ese es el gran tema de la obra que protagoniza y que lo hace repensar su propio pasaje al mundo adulto: “Mantuve la inocencia tardíamente. Salir de la escuela fue un tránsito normal y empezar a descubrir que mi pasión era la música fue soñar y entrar en una nube. El adiós a inocencia es un proceso, ir tomando contacto con el mundo. Porque uno tiene un contacto relativo cuando está bajo el ala protectora de los padres. Te enfrentás verdaderamente al exterior cuando salís a buscar un trabajo, o te enamorás, y perdés cierta idealización. Quizá yo me empecé a enfrentar a la dureza de la vida después de haberme subido al tsunami Drácula, que me catapultó a una fama violenta”.

-¿Cómo fue esa historia de negativas en el coro escolar? Como si a Messi le hubieran dicho “en mi equipo, no”.

-Las pruebas eran casi sin que uno se diera cuenta. El profesor iba tomando las voces con algo cantado. Después, al coro a mí no me llamaban. El punto de inflexión fue cuando mis amigos le insistieron y a los 12 años, en séptimo grado, entré. Pero nunca hubo una crítica hacia mi voz. Tal vez mi voz estaba oculta. 

A los 52, Rodó sigue reinventándose.

-¿Otras historias de “no” que transformaste?

-Varias. Por ejemplo, armé mi propia compañía de teatro musical Nuevos Ayres musicales, donde me decidí ante la no posibilidad de hacer las obras que me gustaban, ya que ningún productor las traía. Espacios cooperativistas donde hacemos obras extranjeras. Y los no que se transforman en sí tienen que ver con mi tarea como formador de voces. Agarro a gente que quizá comienza con un gran no y cree que es un gran no, y mi trabajo es replicar la historia mía. Quizá por esa razón del milagro de la autotransformación me dediqué a la docencia y a la misión de transformar el “no” de la gente en “sí”.  

-¿No es demasiado angustiante, exigente, agotador pensar que no llegó el mejor día de tu voz?

-Yo tengo mucha paciencia, así que no me agoto. Me costó desarrollar la voz, como dice Plácido Domingo: “Yo para ser tenor tengo que trabajar todos los días, porque sino se cae”. Si no puedo pensar que lo máximo pasó y viene la caída. Quizá sea idealismo, pero la voz es un verdadero misterio, un día vuela y otro te hace sentir un miserable.

Juan Rodó (Instagram).

-¿Qué tan duro fue el post Drácula?

-Cuando bajó la primera gran temporada 1991/1992 y cerramos la gran gira nacional, uno podría pensar que Drácula abriría las puertas. La gente me conocía, pero eso no me facilitó las cosas, no me llovían propuestas laborales. Me enfrenté a una vida que ya no era tan fácil. Tenía a mi hijo chico, estaba recién casado. Y así empecé con proyectos propios, en shows escolares. No había conseguido otra obra teatral musical que me diera lugar para expresar mi arte. Lo duro fue chocarse contra una puerta cerrada a nivel artístico. 

-En 2019 ó 2020 volvería Drácula ¿No te da miedo ser ese por siempre?

-Debo confesar que durante mucho tiempo tuve miedo de que Drácula fuera la única posibilidad de trabajo teatral y que la gente no aceptara otra cosa. Pero ese se revirtió en 1998, cuando pude demostrar que podía ser otra cosa y fui elegido para La Bella y la Bestia por un director americano que no sabía nada de mí. Después, con Los Miserables, un director inglés también me eligió. Esa fue la prueba fehaciente que me daba la pauta de que no sólo Pepe Cibrián podía ver mi talento.    

De ser Drácula a ser gallo: “Los fantástickos”.

Rodó protagoniza Los fantástickos, el espectáculo con música de Harvey Schmidt, letras de Tom Jones, y dirección de Diego Ramos, en el Centro Cultural San Martín. Se trata de una versión una versión “simulada de Romeo y Julieta”. Sábados a las 21 y domingos a las 19.30.