A 10 años de la muerte de Fernando Peña

“Soy arte antes de ser persona. Y eso me trae problemas como persona. Porque no me sé relacionar”.​No quería pañuelos, quería whisky para todos. Tampoco lloriqueos occidentales, pedía música. Los amigos cumplieron: el 17 de junio de 2009, en la Legislatura, el ataúd fue decorado con lentejuelas. Al ladito del cuerpo del uruguayo, un reproductor…

A 10 años de la muerte de Fernando Peña

“Soy arte antes de ser persona. Y eso me trae problemas como persona. Porque no me sé relacionar”.

​No quería pañuelos, quería whisky para todos. Tampoco lloriqueos occidentales, pedía música. Los amigos cumplieron: el 17 de junio de 2009, en la Legislatura, el ataúd fue decorado con lentejuelas. Al ladito del cuerpo del uruguayo, un reproductor de MP3 y una botella de Chivas Regal. Todos los que le apretaban las manos contaban ocho anillos. El velatorio más jocoso de la historia. No pudo ser en el Salón de los pasos perdidos, pero el destino hizo lo suyo con maestría y todo cerró, de alguna forma, en el lugar donde había comenzado. El salón se llamaba Montevideo.

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Días después, la urna de las cenizas de Fernando Peña llegó a la radio. La llevó abrazada María, su “madre sustituta”, su empleada doméstica. Tenía que cumplir con el encargo. Él quería demostrar que “los escombros nunca detuvieron al mundo”. La luz roja se encendió, otra vez. El parquímetro, como la vida, seguían.  

-Papá, me estoy meando.

Su debut radial fue espontáneo, involuntario, brutal para una audiencia acostumbrada a las buenas formas. En 1975, acompañando a su padre, el periodista deportivo Pepe Peña a la transmisión de un partido, el niño Fernando Peña avisó de su urgencia fisiológica y una parte del país se rió con él por primera vez. Cuatro palabras nomás para inaugurar una relación con un medio al terminó perteneciendo con honores. Y al que reinventó.

¿Quién eras, Peña, escondido dentro de tantos? ¿Cuántos eras? ¿Con cuál nos quedamos, a diez años de esa fiesta post mortem que organizaron, con ceviche y bossa nova, los tuyos, en tu casa de San Isidro?

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Milagros López

Porelorti

La Mega

Martín Revoira Lynch

Palito

Roberto Flores

“Era el tipo de la película El gran pez. No sabíamos hasta dónde eran reales sus anécdotas. Un día en shock, otro anestesiado, otro despierto. El día de su velatorio todos esos personajes que él había nombrado, iban cayendo a rodear el cajón, como en un grotesco. Azafatas, comisarios de abordo, chamanes que eran reales”, empieza el periodista Juan Butvilofsky, quien fue su compañero radial. “La armadura, la coraza punk que se armó, quedó en primer plano. Pero ese no era él del todo. Se anestesiaba con su conducta adictiva, pero su esencia era llamar a María todos los días para pedir que cuando llegara y se sacara ese traje de genio emocional tuviera preparada su sopita de verduras”

Otro trocito del puzzle imposible lo aporta otro coequiper, Sebastián Wainraich. “En 2000 él convoco a Diego Ripoll, y Diego me convocó a mí para El parquímetro. Fer no me conocía, así que el primer día me dijo: ‘No te quiero en mi equipo’. Yo, callado, trataba de entender su mundo, y empezó la etapa de la aprobación. A los cinco meses ya me pidió ayudarlo a escribir una obra. Una colaboración caótica, trataba de ordenar su locura y su talento y darle una estructura”, explica. “Nadie podía creer que de una sola persona pudiera salir todo eso. Había crecido en San Isidro, pero también había estado en los barrios de abajo, tenía calle. Es normal que no haya aparecido nadie como él. Yo creo que lo raro es que haya nacido”.

La muerte es una obsesión. Desde hace seis o siete años vengo con esta idea de que ya está, de que me encantó pero ya está. Y no es que le huya a algo. Lo que pasa es que me aburro todo el tiempo. Nunca fui tan feliz como cuando tuve cerca a la muerte. Sentí una paz interna tremenda. Una enorme felicidad y una alegría desconocida”.

El novio de la radio

La mamushka Peña nos regaló capas increíbles. Como si se arrancara brutalmente la piel y debajo estuviera la cubana Milagros López, y más profundamente, La Mega, y más adentro Palito, y médula adentro Martín Revoira Lynch, y Roberto Flores, y más criaturas inseminadas. 

Voz y psicología, seres ficticios arrancados de la vida misma. Definidos por su boca: La Mega era “Cristina Patricia Megahertz, travesti oriunda de Canelones, admiradora de Mirtha”. Palito era “el pibe chorro de José León Suárez, que podía ser de Boca, pero cambiar de cuadro según el resultado”. Roberto María Flores era “el putito que hacía feng shui, capaz de bailar como Fred Astaire bajo la lluvia y con rollers”. Rafael Oreste Porelorti, “diputado y senador oficialista que desconecta el celular ante la pregunta incómoda”. Mario Modesto Sabino, “el tachero tanguero y con voz ronca”.

Martín Revoira Lynch, el “cheto” monstruoso que podía vomitar xenofobia sin percibirlo, era su criatura tal vez más “familiar”, inspirada en el estrato el que se había criado. Terrateniente, rugbier, casado con Pilar y vecino de la ciudad de Pilar, repetía incansable el adjetivo “boló” (boludo) y separaba a los que llamaba “pardos” por su lenguaje: “No es lo mismo decir cuarto, pieza o habitación. O colorado que rojo”. Eso sí, si alguien le decía a Peña que amaba a Lynch, salía entonces el costado más agresivo de Fernando: “Convertí mis marcas de infancia en burla. Son unos tarados los chetos que no se dan cuenta de que me estoy burlando de ellos. Yo los conocí desde adentro, en la primaria, en la secundaria. A esa gente es a la que más odio”.

“Lo resumo todo en la soledad”, dice Diego Scott, que fue su productor y en julio lanzará la biografía Puto lindo. “La historia de su vida es escaparle a la soledad. Ahí entendemos todo. Se ocupaba todo el tiempo de no estarlo. Todos queremos que nos quieran, pero a él le costaba mucho estar con él mismo. Era hijo de una familia disfuncional y me investigación va por cómo puede salir alguien en ese contexto. La relación de sus padres era muy conflictiva, se amaban y odiaban a la vez, ella educación británica, ex enfermera. Él, el periodista con un nivel de choque bizarro. La única vez que se juntaban los padres era para verlo nadar”, detalla. “Fernando logra su libertad un poco cuando muere ella, negadora u opresora de su sexualidad. Y con el diagnóstico de VIH se largó a pensar ‘ahora hago lo que quiero'”.

El primer Fernando: el hijo 

Fernando Peña en su infancia.

Antes de las criaturas radiales y teatrales, antes del asistente de vuelo y el comisario de abordo, hubo una primera criatura que no pudo con las esquirlas de un matrimonio a la distancia y de allí absorbió la materia prima de sus personajes.

“Me concibieron en París, donde mis padres estaban de luna de miel. Paradójicamente, en París se separaron al enterarse mi madre de que mi padre le era infiel en plena luna de miel”. El relato crudo de Peña aparece en la primera página del libro Gracias por volar conmigo, de su autoría. Allí, en el capítulo “Pre-embarque”, cuenta que ya desde el vientre materno algo percibía. “Será por eso que siempre fui tan extremadamente sensible a los gritos de mamá”.

Fernando Peña y su padre.

Hubo intento de reconciliación matrimonial en Punta del Este. Malena entendió que la convivencia era insana, por lo que le pidió a Pepe una casa en Montevideo. Vivió sola su embarazo, hasta que el 31 de enero de 1963 nació Fernando.

Chalet californiano en Carrasco. Colegio bilingüe (el British School). Visitas paternales desde la tarde del viernes hasta las mañanas de los lunes. En esos arribos, Peña ya fantaseaba con los aviones y grababa el olor de su padre: “Aroma mezcla de corbata de seda, cuero, spray para el pelo, tráfico y otras cuestiones metropolitanas”. Había otro mundo del otro lado del charco, y sabía que algún día lo iba a explorar.

Fernando Peña y su hermano Federico.

El primer regalo registrado en su limbo cerebral fue un avión de Lufthansa, a dínamo. Se lo había regalado su padre, recién llegado de ese planeta llamado Buenos Aires. Fernando “dormía agarrado al fuselaje, comía abrazado al fuselaje” y de allí su teoría sexual: “Un gran falo simbólico, por el que muchos entendieron que nacía mi homosexualidad”.

A los 17, con la familia ya instalada en la Argentina, su madre le comunicó, descarnada: “Tu padre tiene cáncer terminal y se va a morir. No se lo cuentes a tu hermano Federico”. El 4 de septiembre de 1980, Pepe Peña murió. “Me paré en la ramita, con mucho miedo y extendí los brazos”, contaba como si fuera un pájaro. “Era hora de volar, armé el bolso y me fui”.

El aire antes del aire

El 3 de diciembre de 1980 viajó a Opaloka, Florida. Soñaba con estudiar para piloto. Asiento 47 J. Clase turista. En ese vuelo conoció “a un puertorriqueño bonito, Tony”, que lo invitó a sentarse en primera clase. Caviar y champagne. Así empezó “una vida promiscua” donde cada vivencia se almacenaba para un potencial personaje. “Tony y yo tuvimos sexo como animales en un closet. Vida de rico. Los ‘Mister’ y las ‘Misses’ pensaban que yo era el hijo de Rockefeller”.

Tony se convirtió en pasado en apenas una semana. Cambio de planes. El curso de piloto no era exactamente lo que Peña soñaba. Su vocación era estar en un avión, no comandarlo. “Esa época fue una puerta al mundo gay, la peste rosa no estaba instalada. Dormí una noche en la calle en Nueva York y viví gratis, a cambio de sexo, con distintos hombres”.

Fernando Peña, en pleno vuelo.

En 1981 regresó a la Argentina “con la frente marchita”. Su madre le compró un departamento en Martínez y ella se fue a vivir a los Estados Unidos. Fernando se empleó como docente de inglés en Icana y profesor de equitación en el Club Don Torcuato. Había encontrado el amor: “Marcelo B estudiaba arquitectura y tuvimos un matrimonio feliz de varios años”. Un domingo de 1986, sonó el teléfono. “Loca: ¿Leíste el diario?”, le preguntaba un amigo. “Están buscando tripulantes de cabina para una aerolínea norteamericana”. Se inscribió y lo logró: lo tomaron como asistente de vuelo para Eastern Airlines.

Un primer vuelo en un Mc Donnell DC10. Ocho horas de cielo y varias de llanto. No sería fácil trabajar en el aire. Le esperaban 60 días de estudio exhaustivo sobre primeros auxilios, matafuegos, oxígeno, salvavidas, simulacros de emergencia. Experimentos “con alérgicos, muertos, despresurización” y clases reales “sobre cómo limpiar a bebés con caca”.

Fernando Peña en su profesión de comisario de a bordo.

Desde un aire a otro (el del transporte aéreo a la luz roja de la radio) un camino largo. Algo iba aprendiendo dentro de tantas naves. Desarraigo y contraste. Un cóctel ideal para no confundirse: “De un Escort y un aeropuerto casi extraterrestre, a volver cada semana a una casa común, a comer milanesas con puré y subirse al 147 celeste”.

Lalo Mir, el descubridor: historia de la voz de un avión 

Milagritos existió. Lo contó pocas veces el señor que le prestaba el cuerpo. “Era tripulante de Panam y un día me dijo: ‘Chico, el primer requisito para ser un buen tripulante es estar loco de la cabeza'”.

La descubrió Lalo, que no podía imaginar que esa risueña cubana salía de la boca de un empleado de aerolínea. “Yo viajaba a Chile. 1994. Cada tanto hablaba en al avión una azafata que era muy graciosa, sus mensajes eran fuera de lo normal. Yo le preguntaba siempre a la gente de la tripulación: ¿Cuál es la cubana?. Se reían. Algo en su cara denotaba que había algo escondido”, narra Mir. “Un día parto para Santiago de Chile, estoy sentado en Business, me paro y me doy cuenta de que el que hablaba era un tipo de un metro ochenta y pico de alto. Se sentó a mi lado y me dijo: ‘No lo cuentes en la radio porque me van a echar’. Le dije: ‘Directamente te invito a que vengas a hacerlo a la radio’. Así empezó a salir al aire, mientras seguía trabajando en American Airlines”. Flechazo de la audiencia: el camino de Peña fue desde Del Plata a Rock & Pop, Energy, Kousiuko, Metro.

Yo no soy ningún rockerito de esos que dicen: ‘Aguante la droga’. Es algo peligrosísimo y mata. Pero yo la consumo. Detesto las palabras apología y discriminación. La cocaína es mala, pero yo la elegí y ahora tomo cuando quiero. Y aunque sea mala me pega bien. No tengo culpa ni la quiero dejar. Pero no se la recomiendo a nadie”.

El Peña televisivo y el teatral

-¿Vos te drogás?

-Sí, Mirtha.

-¿Con qué producto?

En 2008, Legrand lo había invitado a su programa, de América, y él puso la condición de ser el único en la mesa. Lo fue y las casi dos horas él se encargó de recordarle a la conductora que por ella sentía “un amor-odio”, ambivalencia que a él le recordaba a la relación con su propia madre. Tanto que en un momento sacó un revólver del bolso y le apuntó. “Ahora te voy a pegar un tiro”.

“La saliva no contagia”, le repetía él. Mirtha no ahorró en preguntas. Lo interrogó sobre su fileteado en la cabeza, un tatuaje que disimulaba la calvicie; sobre el tattoo con la sigla HIV (“quería convertir la enfermedad en poesía, Chiquita”) y sobre por qué bajaba frecuentemente del escenario para “molestar” a algunos espectadores (llegó a pasar sus partes íntimas por la cara de varios). “Había un contenido, Mirtha. El otro día una señora se fue junto al marido y los corrí. Los soborné y les dije que si volvían les daba 100 pesos a cada uno. Cuando terminó el espectáculo pedí el aplauso para esos dos cobardes que vuelven por dinero y no respetan su moral católica, apostólica y romana”.

Alumno de Hedy Crilla, la maestra de actores austríaca exiliada en 1940 en Buenos Aires, el fuerte tinte actoral de Peña tenía su antecedente en Gloria Bayardo, su abuela, actriz de la época de oro cinematográfica porteña. Madre de Malena Mendizábal, Gloria cuidó al pequeño Fernando una temporada, cuando Malena atravesaba un cáncer de mama. 

Esquizopeña, My name is Albert, with an A, Mugre, La burlona tragedia del corpiño, Ni la más puta, La oscuridad es música, Gracias por volar conmigo, Diálogo de una prostituta con su cliente. A todas esas piezas puso alma. El teatro era, junto a la radio, su gran canal de expresión, sin limitaciones. En TV, tuvo su ciclo de entrevistas por Canal (á), El otro, y su programa en Canal 7, Isla Flotante. Participó en la miniserie Sol negro (América) y en Epitafios (HBO). Semanas antes de morir, lo vimos fugazmente en Los Exitosos Pells (Telefé), como el ex-novio de Charly (Diego Reinhold). Sebastián Ortega, quien primero lo había convocado para la ficción, recordaba un episodio de “sangre y examen”. 

“Lo buscaba para interpretar a un ex interno de un neuropsiquiátrico. Cuando entró a mi oficina, sentí que estaba delante de un niño”, contaba a Perfil Ortega, hace una década. “Comencé a hablarle del unitario. Él me escuchaba con mucha atención. Estiró su mano, diciendo que se había cortado un dedo mientras las gotas de sangre caían sobre mi escritorio. Le tomé la muñeca y con mi pañuelo le hice un torniquete. Sabía que me había puesto a prueba”.

Simpatizante de Independiente porque amaba el término “ligado a la libertad”. Tipo frágil cuando hablaba de su madre muerta, reducida a una cajita de ébano que le había obsequiado Jorge Lanata para que sus restos no terminaran en un jardín de paz, sino en la mesa de luz. Obsesivo de ciertas palabras y de la “y”, compartía a menudo una teoría: “Mi profesión verdadera es escribir. Y amo la ‘y’, la griega. Porque uno puede amar y ser infiel. O estar aburridísimo con alguien y al mismo tiempo no querer irse nunca. La ‘o’ es inconveniente. Te acorrala. Te hace decidir. Y a veces no uno quiere elegir entre dos cosas”.

Quedarse en el cruce violento con ​Luis D’Elía, en los límites que le marcaba el COMFER o en su desnudez carnal pública (por nombrar una, ante la madre de Gustavo Santaolalla, cuando el músico fue honrado por las partituras del filme Secreto en la montaña) es reducirlo. Apenas conocimos sus fragmentos, sus partecitas desesperantes.   

La muerte, su gran fantasía, llegó a la radio como noticia ese 17 de junio a las 17.45. Ese día, en Metro, se hizo el silencio más grande de la historia. Le tocó a Matías Martin informar que Peña había entrado a la categoría de mito tras un cáncer de hígado. La emisora entonces levantó la programación, y la reemplazó por música. “La gente que vive apasionada muere joven. Yo imagino mi suicidio”, se animaba, mientras filmaba un documental sobre cómo era atravesar la quimioterapia. “Voy a ir en el auto, a 80 kilómetros, distraído y feliz, y me voy a llevar una columna por delante”.

Ronnie Arias, su gran amigo, intenta descifrar todavía el misterio Peña. “No era una persona, era un montón. Fue una genialidad de la naturaleza, un superdotado que podía hablar como 14 y pisarse a la vez. Sobre el final se convirtió en sus propias criaturas”, piensa a 26 años de la primera vez que lo vio. “No podría decir quién fue, porque Fernando no era uno, era una legión, con toda la connotación demoníaca”.

Peña pudo explicarse sobre el final, en menos de 50 palabras. “A mí me encantaría pararme en el Obelisco y decirles a todos: ‘Escuchen bien lo que tengo para decir: ‘que soy un romántico. Que no provoco al pedo. Que mi provocación tiene un sentido y un rumbo que necesito para poder embellecer el final'”.

WD