Cuando el orgullo y el espanto se unen

Renacer, palabra rara que irrumpe con esa noción de lo imposible. De ahí se desprende su costado místico, a menudo exagerado o excéntrico. Luego están las alegorías: se vuelve a nacer cuando levantarse cada mañana es un despertar más que una pesadilla. Y entonces sí renacen los que se curaron de una enfermedad grave, los…

Cuando el orgullo y el espanto se unen

Renacer, palabra rara que irrumpe con esa noción de lo imposible. De ahí se desprende su costado místico, a menudo exagerado o excéntrico. Luego están las alegorías: se vuelve a nacer cuando levantarse cada mañana es un despertar más que una pesadilla. Y entonces sí renacen los que se curaron de una enfermedad grave, los que dejaron atrás una tendencia a la depresión o al enojo que sofoca, los que encontraron una razón espiritual.

En el caso de los trasplantes, la ecuación vida-muerte-renacer es directa. Y sorprende cómo confluyeron lógicas que trascienden el milagro médico. El incremento de estas cirugías radicales –como técnica y como efecto– a partir de la Ley Justina provoca orgullo y espanto. Orgullo por una chiquita de 12 años que logró con su sonrisa y con su lucha, antes de morir, que se mejorara el marco normativo. Espanto porque hizo falta que ella se pusiera a la cabeza de esa demanda como si no fuera tema de las autoridades.

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Hay muchos renaceres, si no todos, que parecen necesitar esa tensión entre dos polos, como si fuera imperativo caer primero para caminar erguido luego. Reconozco que esa imagen nunca me cayó simpática: da la impresión de que la vida tiene algo de bipolar y no creo que sea obligatoriamente así. No todo sucede en los extremos.

Se puede ser aceptablemente feliz y querer ir por más. Se puede emprender algo nuevo no por tristeza sino por la adrenalina de descubrir. O soñar, aún adultos, porque tenemos pequeñas utopías que no merecen apagarse. Habrá casos extremos, difíciles pero también hay muchos otros en que los espacios de la “vida vieja” y de la “vida nueva” conviven, se enriquecen.

Quizás esta noción es la que defendió Jorge Surin a lo largo de estos años. Cuando publicó su primer texto sostenía que la diálisis era incómoda y a veces quitaba energías pero que no le iba a amputar el deseo de vivir con intensidad.

Y así fue el tiempo que debió ir tres veces por semana a “limpiar” su cuerpo. Ahora es otro cantar y se siente más libre. Pero, en su caso y en tanto otros, renacer no ha sido algo que vino después de la oscuridad sino que llegó para darle más poesía y más potencia a esas ganas de vivir que ya estaban ahí.