Mundos íntimos. Me trasplantaron un riñón: siento que nací de nuevo. Antes, vivir atado a diálisis me quitaba mucha energía

Todo comenzó para mí de la manera más increíble y azarosa. El domingo 13 de enero, día de mi cumpleaños 55, estábamos brindando con familia y amigos compañeros de diálisis, tratamiento que realizaba desde hacía casi dos años por una enfermedad renal que impidió a mis riñones funcionar casi por completo. Ahí uno de los…

Mundos íntimos. Me trasplantaron un riñón: siento que nací de nuevo. Antes, vivir atado a diálisis me quitaba mucha energía

Todo comenzó para mí de la manera más increíble y azarosa. El domingo 13 de enero, día de mi cumpleaños 55, estábamos brindando con familia y amigos compañeros de diálisis, tratamiento que realizaba desde hacía casi dos años por una enfermedad renal que impidió a mis riñones funcionar casi por completo. Ahí uno de los muchachos me anunció, ante mi sorpresa, que ya había reservado dos habitaciones de un hotel marplatense, desde el sábado 23 al martes 26 de marzo, para que nos vayamos a descansar los cuatro amigos.

Brillante idea, hacíamos 2 sesiones de diálisis seguidas antes de viajar y nos tomábamos 3 días para relajarnos, sin tratamiento médico. En eso mi hija Pili interrumpe el festejo y asevera “miren que soñé que papá se trasplantaba a fin de marzo” y agregó “fue una voz muy segura que me lo anticipaba”. Todos sonreímos por el augurio anunciado; yo la miré con un dejo de ansiedad para que su premonición se cumpliera. Y mi amigo Claudio le respondió: “Bueno, si le sale el trasplante a Jorgito… lo traemos y nosotros nos volvemos!”.

17 de noviembre 2018. Jorge contaba cómo hacía para ver siempre el vaso medio lleno pese a su problema de salud.

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El tiempo pasó y llegó marzo. Un día cenábamos en una parrilla y ajustábamos detalles del viaje. Mientras disfrutábamos de bifes sin sal y ensalada mixta, aventurábamos situaciones divertidas que nos depararía nuestra excursión playera. Continuaron, luego, las sesiones semanales de casi cuatro horas y media de diálisis.

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El martes 19 de marzo, a días de viajar, amanecí con unas líneas de fiebre. Estaba algo caído. Ese día no la pasé bien en diálisis. Mezcla de molestia febril y malestar estomacal, la sesión se me hizo eterna. El miércoles 20 seguía mal y con tos. Falté al trabajo y fui a la guardia médica. Análisis de sangre y placas: me diagnosticaron faringitis, antibiótico y me dieron 72 horas de reposo. Por ello, tuve que faltar al trabajo casi toda esa semana. Esto me molestó: tengo 40 personas a mi cargo como gerente de Lealtad Comercial de la Ciudad.

El jueves 21, ya en diálisis, y aún con malestar, tuve que informarles a mis compañeros de viaje que no podía ir con ellos a la costa. Era como si me hubiese querido aferrar al sueño que había tenido en enero mi hija. El sábado 23 dialicé normalmente e, incluso, me fui con mi mejor peso histórico: 97,5 kilos. Todo estaba muy bien, mejor que nunca.

Llegó el domingo 24, feriado por cierto. Extrañamente, no me levanté a las nueve, como cada domingo, para pasear a mi perro y tomar café en el bar de la esquina… Eran las 10.22 cuando sonó el teléfono fijo de casa. Nadie suele llamar a esa hora. Se levantó mi esposa a atender y yo, con mi oído tísico, la escucho desde lejos decir: “Sí, doctor, ya le paso”. Era mi nefrólogo, el respetado doctor Carreño: “Hola Jorge, ¿para qué te puedo estar llamando un domingo a esta hora?”, me dijo muy tranquilo y feliz. Y yo, mezcla de rara paz interior y como si ya supiere que era el elegido, le respondí “Salió un donante!”. El asintió.

Lo que vino después fue pura adrenalina. El nefrólogo me preguntó si había dializado el día anterior –respuesta afirmativa, porque no había ido a la costa–, si estaba en ayuno –respuesta de milagro positiva por no haber salido a tomar mi rutinario café dominguero– y me pidió que en una hora (¡sí, en una hora!) estuviera en el sanatorio para trasplantarme el rinón en tres horas. Resulta que el donante era una persona de mi edad que había fallecido a las cuatro de la madrugada, por lo que no se debía esperar mucho tiempo para la ablación. Pero lo increíble del caso es que, me contó Carreño, en este Operativo del INCUCAI yo había quedado número 17 (sí, el supuesto número de la desgracia). Y resulta que los 16 receptores del órgano que estaban por puntaje antes, habían quedado fuera por diversos motivos (tenían alguna enfermedad que ese día les impedía trasplantarse, no habían dializado los días anteriores o estaban muy alejados de la ciudad y eso los dejaba sin chances).

Así que, número 17 y todo, me tocaba a mí. Después de permanecer en lista de espera de INCUCAI quince meses, había participado en 6 operativos del organismo sin suerte esas veces. Pero ahora aquel sueño que había tenido mi premonitoria hija Pili se estaba materializando. Me trasplantaría “a fines de marzo”. Creer o reventar, dice el dicho. Mi volver a nacer se produciría un feriado, el 24 de marzo, Día de la Memoria… y la pucha que tendré memoria de mi renacer cada 24 de marzo.

Cataratas de sensaciones me vinieron a la mente y al corazón. Quería compartir mi momento de felicidad con todo el mundo, en especial con mi familia y mis compañeros de diálisis. Pero a estos últimos quería transmitirles mi deseo de que pronto serían ellos a los que les saldría el trasplante. Y así lo hice.

Pensé mucho en la recientemente reglamentada Ley “Justina” de Trasplantes que se efectivizó a raíz del fallecimiento Justina Lo Cane, a quien con 12 años de edad, su corazón le dejó de latir, luego de 4 meses de lucha por no conseguir un donante de corazón. Su caso y su fuerza fueron motor para lograrse la sanción de la ley, que convierte a todos los argentinos mayores de 18 años en donantes, salvo que antes de morir hayan dejado por escrito lo contrario.

¡Cuánto habrá tenido que ver la vigencia de esta ley para que me salga a mí el trasplante? Seguramente mucho. Pues según estadísticas recientes, tan solo en lo que va de 2019 se hicieron un 59 % más de trasplantes en el país. Y eso es histórico: más de 700 trasplantes de órganos ya realizados. ¡Y yo soy uno! De 3, el promedio subió a 5 trasplantes por día. ¿Cuánto habrán tenido que ver también mis eternos rezos y los de mis seres queridos a ese Siervo de Dios, Don Antonio Solari, cuya imagen conocimos en enero en la Parroquia Nuestra Señora de las Victorias, o mis plegarias a la imagen de la Madre Teresa de Calcuta, a la cual veneré tanto tiempo, y que recientemente nos obsequió nuestra prima Cristina? Y párrafo aparte para las cadenas de oración de mis amigos, eterno agradecimiento a ellos.

Por fin llegó el momento más esperado por mí en los últimos 2 años. A las 15 horas de ese domingo, luego de hacerme una batería de estudios y análisis, vino un camillero y me llevó casi a mil por hora al quirófano. “¡Vamos al cuchillo!”, me dijo con una sonrisa un tanto divertida, mas no muy apropiada. Y yo, que estaba increíblemente tranquilo y relajado, le sonreí cual si hubiere escuchado el mejor chiste de Moldavsky!

Como alguna vez dijo nuestra cantautora Eladia Blázquez, Con las Alas del Alma, desplegadas al viento, más allá del asombro, me levanto entre escombros, sin perder el aliento y me voy de las sombras por algún filamento y me subo a la alfombra, con la magia de un cuento. Y así me fui, con la magia de un cuento, subido a mi alfombra, en forma de camilla hacia la nueva vida. La operación duró más de tres horas, hasta que me llevaron al cuarto de terapia intermedia, con técnicos en Enfermería a mi lado controlándome, rotativamente, las veinticuatro horas del día durante los casi seis días en que estuve internado.

Algo casi milagroso fue que aunque me implantaron un riñón cadavérico, me contaron que cuando bajé del quirófano, ya orinaba muy bien a través de la sonda. Afirmaron los médicos que era muy buen síntoma de que todo iba bien.

Más que bien, había renacido, y a tal punto me sentía feliz que cada mañana acariciaba mi nuevo rinón como dándole la bienvenida. Y le hablaba, le decía te presento a tus nuevos compañeros: hígado, corazón y demás órganos de los que me acordaba su nombre. Es que, más allá de que yo nunca transité los dos años de diálisis sintiéndolo como algo dramático, no puedo negar el desahogo que me daba pensar que le diría adiós a las casi 280 sesiones de diálisis que tuve, de cuatro horas y media cada una. Hasta la vista a mis más de 550 pinchazos recibidos en mi brazo izquierdo. Nunca más a las 200 inyecciones de eritropoyetina (proteína que estimula producción de glóbulos rojos). Basta de remedios para bajar la hipertensión y el fósforo. Recuerdo que un amigo de diálisis me decía “Fragata”, cargándome por mis elevados valores del fósforo.

Alguna medianoche, mientras estaba internado con algunas ñañas normales post trasplante, escuché una hermosa y nueva canción de Lito Nebbia, Está en tus manos, y pensé en el valor de una de sus estrofas: Después el árbol se cayó… y nunca se quebró, y la armonía de la tarde vislumbró la fe… (…) Sólo en tus manos está al camino para empezar a vivir… El sábado 30 de marzo me dieron el alta, con excelentes valores en sangre y orina que predecían que el riñón se estaba adaptando bien a mi organismo. El milagro iba tomando forma. Y estaba “solo en mis manos” que durare mucho tiempo. Estuve un mes en casa de mi madre, divina cuidadora y excelente cocinera light. No podía estar en mi domicilio porque no se me permitía, al principio, tener contacto con mascotas. Y yo tenía a mi perrito. Mi mujer o mi hija iban a comprarme los alimentos frescos para mi régimen. Yo tenía prohibido salir, tener contacto con gente, ya que estaba y estoy inmunosuprimido, con las defensas del organismo bajas y eso es de sumo cuidado.

Ahí comenzó una rutina de 10 medicamentos diarios, la mayoría indispensables de por vida, para evitar que el nuevo órgano sea rechazado por mi cuerpo. Cuidado estricto en alimentación: las verduras y frutas sólo hervidas, pollo y carne magra adquirida en el día y muy cocidas y agua baja en sodio. Ya bajé ocho kilos. Análisis completos de sangre y orina cada 14 días los primeros 3 meses, luego cada un mes. Todo hasta cumplir los 6 meses. Y ahí se verá “la verdad de la milanesa”. Ahí se podrá concluir con certeza si el riñón es apto para acompañarme los años que mi cuidado o Dios determinen. Y a pesar de que los médicos me dieron licencia de 3 meses, por lo delicado de mi salud, no pude con mi genio… y ya comencé a ir unos minutos a visitar a compañeros de mi trabajo, con barbijo y alcohol en mano.

Y yo, ahora trasplantado, quiero empezar a vivir plenamente, cada segundo, cada minuto. Siendo digno de esta nueva oportunidad que me dio la ciencia. Siempre me acuerdo la frase que el capitán de ejército (Tom Hanks) le dice al soldado James Ryan en el film Rescatando al Soldado Ryan: “James, sea digno de esto. Gáneselo.”, haciendo referencia al sacrificio de ese grupo de combatientes para devolverlo, sano y salvo, al hogar de su familia.

Estadísticamente (esa palabra a veces tan odiada), mi nuevo órgano puede durarme… vaya a saber cuántos años. Pero una vez mi nefrólogo me mostró un llavero que le regaló un paciente trasplantado hacía 20 años… y sigue bien. Sé que hay muchos factores que harán que el tiempo sea mayor o menor. Pero haré los deberes que estén a mi alcance para eternizar la estadía del riñón en mi cuerpo. Y si no fuere así, y tuviere que volver en algún momento a diálisis, lo afrontaría con mi actitud siempre positiva, viendo el vaso medio lleno de la vida.

“Hay que estar preparado para lo peor, pero siempre esperando lo mejor”, me decía mi padre mientras afrontaba estoicamente su lucha contra el cáncer. Yo disfrutaré mi presente, siendo agradecido por el milagro con el que fui bendecido. Y no olvidando que aún quedan en nuestro país miles de personas que esperan un rinón. A ellos hay que alentarlos y brindarles apoyo. Así lo haré. Será por eso que me gusta escuchar a Sandra Mihanovich, ejemplo de donante de riñón en vida, cantar la letra de Eladia Eso de durar y transcurrir, no nos da derecho a presumir porque no es lo mismo que vivir honrar la vida! 

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Jorge Surin es abogado especialista en Derechos del Consumidor, periodista y docente universitario de grado y posgrado en la Universidad de Buenos aires, en la de Belgrano y en la UCES. Le gusta viajar, caminar, atender consultas, sufrir con su San Lorenzo querido, y muy especialmente, seguir paseando (por ahora siempre con barbijo) a su perro Piter. Además de hacer su trabajo en Defensa al Consumidor de la Ciudad desde hace 20 años –hoy como responsable de Lealtad Comercial- ya no lee tanto sino que se volcó más a escuchar música para meditar. Ahora, que no concurre a diálisis desde hace casi tres meses, redescubrió la música tranquila extranjera y nacional, pasando de Lito Nebbia a Jeff Lynne, y disfrutándola cada vez que tiene tiempo libre.