La tragedia del abuso, contada por una víctima

“Ahora estoy bien, me cuesta a veces, tengo crisis, pero estoy bien”, comenta Lucía. Con su compañero y sus dos hijas viven en una habitación de bloques y techo de chapa en un pueblo del Valle de Traslasierra. Él trabaja en la construcción y ella cocina y vende humita en chala para sumar unos pesos.…

La tragedia del abuso, contada por una víctima

“Ahora estoy bien, me cuesta a veces, tengo crisis, pero estoy bien”, comenta Lucía. Con su compañero y sus dos hijas viven en una habitación de bloques y techo de chapa en un pueblo del Valle de Traslasierra. Él trabaja en la construcción y ella cocina y vende humita en chala para sumar unos pesos. Cuando no hay choclos, como ahora, hace tartas y bizcochuelos.

Su nombre real no es Lucía. Para proteger su identidad, y la de su familia, todos los nombres de esta historia fueron modificados. Lo relevante es su historia.

El sol de invierno produce sombras largas y atenúa el frío de la mañana. Pareciera que ella no está suficientemente abrigada. En la pieza duerme su niña menor. Sentada a una mesa de plástico, Lucía mira sin ver las sierras cercanas y cuenta su camino difícil, con tramos de calvario.

No llora. Sus ojos café demuestran fuerza. Pero su voz se quiebra con frecuencia. “Quiero contarlo por si les sirve a otras familias; se puede salvar o mejorar la vida de nenas o varones que son abusados y no se animan a hablar”, dice.

Orfandad y adopción

Lucía nació en 1991. Fue la octava de nueve hijos de una familia careciente. Cuando tenía tres años, su madre murió de cáncer y su padre comenzó a beber. Cuando la Justicia tramitó llevar a los cuatro niños menores a una institución de Córdoba, el hombre comenzó desesperadamente a buscar padres adoptivos en el pueblo. Los consiguió.

Lucía fue adoptada por Federico y por su esposa Griselda. La pareja no había podido tener hijos y recibió a la niña con cariño, muchos juguetes y los mejores recursos. Vivían en una casa linda en una zona semirrural.

No obstante, después de algunos meses, ya no permitieron que la familia biológica de Lucía viera a la niña. “Yo creía que ellos no querían verme, pero era porque no lo permitían”, cuenta Lucía. Griselda era buena, pero con ella se comportaba fría y distante, y a veces tenía crisis. La niña intercambiaba más palabras con Federico. “Era más cariñoso”, dice.

La madre de ese papá adoptivo vivía cerca. Lucía era llevada a la casa de esa abuela a pasar el verano. En el lugar también vivía Jorge, un tío de 20 años, con su mujer e hijos. “Era canchero y entrador, les caía bien a todos”, recuerda la joven.

Vivir con dolor

De a ratos, Lucía quedaba sola en la casa. Ahí llegaba el tío. “La primera vez que abusó de mí yo tenía seis años, empezó jugando conmigo y me dijo que no contara nada. Como yo tenía miedo, nunca dije nada”, relata.

Durante dos años, el hombre ejerció sobre Lucía abusos simples, golpeándola si se negaba. A los ocho años –asegura– los abusos ya incluyeron el acceso carnal.

La familia originaria de la niña ya estaba bien lejos. Los abusos siguieron cada verano casi a diario en la casa de la abuela, y durante el año en la casa de Lucía, que siempre era liberada a Jorge por sus padres adoptivos. La víctima hoy no tiene duda de que había una clara connivencia entre los hermanos.

Cuando Lucía tenía 13 años, en 2004, comenzó a sufrir los vejámenes también de Federico. Sus abusos siempre fueron simples, pero frecuentes.

Ella recuerda su adolescencia como un período atroz, presa de una tortura permanente que sufría en silencio y soledad. Era abusada y su madre, con problemas psiquiátricos, no la escuchaba. No había vecinos cerca y su timidez no le facilitaba amistades. Sufrió desórdenes alimenticios y depresión.

“Siempre pensaba en quitarme la vida, pero no me animé, cuando iba a la escuela en bicicleta planeaba tirarme debajo de un camión, pero nunca fui capaz”, cuenta ahora. Y remata: “Sentía mucha vergüenza, culpa, y como que todos me miraban”.

Tortura y silencio

Lucía debió quedar embarazada para que comenzara el final de su suplicio. Cuando sucedió, a sus 17 años, ella le contó todo a Griselda, quien la acusó de haber seducido a los dos hombres.

“¿Una niña podía seducir?” se pregunta hoy, después de años de terapia psicológica. Una noche de abril de 2009 la llevaron a una clínica. Lucía asegura que un médico le practicó un aborto, sin anestesia.

Al otro día, Griselda la obligó a asistir a la escuela. “Me dolía todo, pero tuve que ir, porque ella quería que nadie sospechara nada”, recuerda.

Ese invierno fue crudo, pero sin abusos. Ella no volvió a la casa de la abuela al verano siguiente.

Lucía conoció luego a su primer novio, a quien le contó todo. El muchacho le advirtió de la situación a Darío, un hermano biológico de la chica. El joven citó a los padres adoptivos a hablar. El diálogo fue de noche, en un patio, lleno de frío y tensión. Darío prometió denunciar. Al día siguiente, Federico apareció ahorcado en un camino cercano. Carátula: suicidio.

Jorge fue detenido y condenado por abuso sexual con acceso carnal y promoción a la corrupción de menores. A Lucía aún le duele que hubo voces en su pueblo que la cuestionaban por “desagradecida”.

La mujer de Jorge también estuvo ocho años presa por su participación en los hechos. El condenado recuperó la libertad condicional en 2017, por buena conducta. Cumplirá su pena en 2020. La esposa arguyó que ella también era obligada por su marido a participar de los abusos.

Graciela se salvó de la imputación por ser paciente psiquiátrica. Su relación con Lucía mejoró en los últimos años.

“Ayudar me hace bien, quiero que no les ocurra a otras”

Desde hace años, Lucía participa en foros y redes sociales relacionadas con la problemática del abuso. Desde su celular, trata de brindar contención a víctimas de abuso que no conoce personalmente.

“Las madres tienen que enseñar a sus niñas y niños a cuidarse, la mayoría de los abusos suceden dentro de las casas”, señala. La joven destaca el buen funcionamiento de la Justicia de Villa Dolores, y sueña con participar de una entidad que prevenga la problemática.

“Las noticias sobre abuso me hacen mal”, dice, pero reconoce que no puede dejar de verlas.

En diversos análisis técnicos de la Justicia, se ha concluido que el abuso sexual infantil tiene una frecuencia en Traslasierra, en relación con otros delitos, mayor que en el resto de la provincia.

En ese marco, desde los tribunales de Villa Dolores se informó que la Oficina de Proyectos del Ministerio Público Fiscal trabaja en un plan estratégico tendiente a reducir esa problemática. “El proyecto facilitaría las condiciones para que esta criminalidad no quede impune, ni fuera del sistema penal; también se pretende acercar más a las víctimas a las políticas de contención y de salud de la Provincia”, explicó Sergio Cuello, fiscal de Cámara.

*Especial

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El texto original de este artículo fue publicado el 16/06/2019 en nuestra edición impresa.