De Noelly a Magalí: el relato del horror nazi, de una generación a otra para que la memoria siga viva

“El camino hacia Auschwitz se construyó con el odio, pero se pavimentó con la indiferencia”. Noelly Fernández de Talgham (80) lee en voz alta. La frase, que lleva la firma del historiador británico Ian Kershaw, acompaña la foto de la entrada del campo de concentración y exterminio nazi, que hoy ocupa la primera pared con…

De Noelly a Magalí: el relato del horror nazi, de una generación a otra para que la memoria siga viva

“El camino hacia Auschwitz se construyó con el odio, pero se pavimentó con la indiferencia”. Noelly Fernández de Talgham (80) lee en voz alta. La frase, que lleva la firma del historiador británico Ian Kershaw, acompaña la foto de la entrada del campo de concentración y exterminio nazi, que hoy ocupa la primera pared con la que los visitantes se topan al ingresar al Museo del Holocausto de Buenos Aires. “Esa imagen, qué fuerte. Antes no la podía mirar”, dice bajito. Magalí Faerverguer (24) la abraza y le da un beso. Noelly se queja de la diferencia de altura entre ellas -Magalí le saca más de una cabeza- ambas se ríen y se abrazan más fuerte. Podrían ser abuela y nieta, pero no. Sus vidas se cruzaron recién hace dos años cuando Magalí, que trabaja como maestra jardinera y es estudiante de Medicina, decidió participar del proyecto Aprendiz, que organiza el museo para vincular a un sobreviviente de la Shoá con un joven, que escuche su historia y se comprometa a contarla a las próximas generaciones. La propuesta duraba tres meses, pero ellas no se separaron más. Hoy dicen que ya son familia. Hasta ahora, 139 personas pasaron por esta experiencia en el país.

Noelly Fernández de Talgham, sobreviviente del Holocausto, y Magalí Faerverguer, su aprendiz, en el ingreso al Museo del Holocausto, con la foto de Auschwitz, el campo de concentración y exterminio nazi, de fondo. Foto: Marcelo Carroll

Noelly nació el 24 de abril de 1939 en Bruselas, Bélgica. Sus papás, Salomón Ordynanc y Adèle Panskowicz -que eran judíos polacos y se habían mudado a ese país para escapar de los pogroms y el antisemitismo- le pusieron Sofía. En 1941 llegó su hermano Marcel. Al año siguiente, los nazis se llevaron a su papá. “Mucho tiempo después supe que estuvo en un campo de trabajo forzado en Francia y que lo asesinaron en Auschwitz”, cuenta.

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Su mamá estaba acorralada. “Se sentía más en el tren que en la calle. Le habían tachado el pasaporte con una franja roja y la inscripción ´juif´ (judío en francés), venían por ella. Así que, para salvarnos, nos dejó en dos hogares diferentes, al cuidado de familias católicas”, sigue Noelly.

A ella la llevó a una casona en medio del bosque en la campiña belga. Noelly no recuerda la despedida, pero se imagina el dolor de su madre. “Estuvo poco tiempo allí, porque alguien avisó que los nazis iban a revisar el lugar. Fue entonces que dos hermanas que trabajaban en ese sitio, Georgette y Julia, decidieron trasladarla a su casa”, se suma Maga, mientras le alcanza un vaso de agua a Noelly. De esa secuencia, haciendo mucho esfuerzo, la protagonista recuerda flashes de un vagón de tren en el que viajó escondida y el miedo al escuchar las botas de la policía.

Noelly Fernández de Talgham, sobreviviente del Holocausto. Foto: Marcelo Carroll

La época en Achet, Bélgica, con Georgette, Julia y los papás de las mujeres, Anna y George -que se convirtieron en sus segundos papás- la recuerda como una de las mejores de su vida. “Me dieron cariño, calor humano”, sigue y se le iluminan los ojos cuando habla del cereal con leche del desayuno, que ella llamaba “isisipi”; y de la ventana de la cocina que, para Nochebuena, se abría misteriosamente desde afuera y por ahí caían chocolates, turrones y caramelos. “Yo llegué para una Navidad, por eso me empezaron a llamar Noel. No podía usar Sofía, era un nombre judío y los nazis estaban cerca”, explica.

“La guerra terminó, otros niños judíos que, al igual que ella, estaban escondidos se reencontraron con familiares que volvieron por ellos. Pero nadie regresó por Noelly. Ella después se enteró de que, al igual que Salomón, su mamá Adèle también había sido asesinada en Auschwitz, en 1944”, agrega Magalí, que interviene en los momentos difíciles y llena los pocos blancos que tiene Noelly con información que a ella le quedó grabada a fuego.

Juntas por la memoria: Noelly Fernández de Talgham, sobreviviente del Holocausto, y Magalí Faerverguer, su aprendiz. Foto: Marcelo Carroll

Lo que pasó a sus ocho años, Noelly lo define como “su tercera guerra mundial”. “En ese momento, los chicos de mi edad recibían la comunión. Georgette y Julia no sabían si, en mi caso, debía hacerla. Las hermanas consultaron con un cura que terminó avisando que yo en realidad era Sofía”, cuenta Noelly. Por eso, hasta Achet llegaron referentes del Joint, el Comité Judío Estadounidense para la Distribución Conjunta y Ayuda a los Refugiados, con la intención de que recuperara su identidad.

Esa despedida sí la recuerda: ella subiendo a un auto. Abajo, todos llorando. La llevaron a un orfanato a una hora de Bruselas, en el que debía esperar que le tramitaran unos papeles para viajar a Israel. Pero eso nunca pasó. “Un día se presentó en el hogar un hombre con Marcel: le contó que ese nene era su hermano y le dijo que los iba a adoptar una familia en Argentina”, relata Magalí, que fue registrando en un cuaderno cada detalle de la historia y de sus sensaciones al escucharla.

Noelly Fernández de Talgham, sobreviviente del Holocausto. Foto: Marcelo Carroll

La siguiente imagen que tiene Noelly es la de unas hélices en movimiento y una puerta con luz: “Nunca había visto un avión, no me imaginé que íbamos a subir tan alto”. Hicieron escala en Londres y Río. En Buenos Aires los esperaban Adela -casi el nombre de su “primera mamá”- y Rolando Fernández, un matrimonio de judíos sefaradíes a los que ella llama sus “papás N° 3”. “No fue fácil, en Argentina celebraban mi llegada y yo seguía sufriendo mi partida de Bélgica”, reflexiona Noelly.

Su nueva familia era numerosa, por primera vez tuvo tíos y primos que la recibieron con mucho amor. Aprendió a tocar el piano y la música se transformó en uno de sus refugios. El tiempo pasó y a los 21 conoció a Eduardo, con el que se convirtió en mamá de tres mujeres, que le dieron seis nietos, su “vida entera”.

Juntas por la memoria: Noelly Fernández de Talgham, sobreviviente del Holocausto, y Magalí Faerverguer, su aprendiz. Foto: Marcelo Carroll

Recién pudo empezar a sanar cuando se animó a preguntarse por su pasado y se propuso investigar. El camino para estar bien también incluyó años de terapia y un reencuentro con su familia belga, que primero consiguió por carta y luego en persona.

En 1998, Georgette y Julia, y sus padres ya fallecidos, fueron nombrados Justos, distinción que se le da a las personas no judías que durante el Holocausto arriesgaron su vida para ayudar a aquellos que estaban siendo perseguidos. Gracias al programa de televisión Sorpresa y Media, Noelly pudo participar de esa ceremonia en Bélgica.

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“Fue un antes y un después. Hice un click. Y, poco a poco, me empecé a acercar a otros sobrevivientes y a contar lo que me había pasado. Me amigué con Sofía”, destaca Noelly que, en ese recorrido, conoció a Maga, que le prestó su oído, se ganó un lugar en los cumpleaños y en la mesa junto a sus nietos.

Magalí Faerverguer, la encargada de contar la historia de Noelly a las próximas generaciones. Tiene 24 años y es estudiante de Medicina. Foto: Marcelo Carroll

“Quería sumarme de alguna manera para no dejar que la Shoá quedara en el olvido. Por los 6 millones de judíos exterminados en las cámaras de gas, entre ellos, un millón y medio de niños. Y por todas las otras minorías que también fueron asesinadas por los nazis. Quiero aportar a la memoria para que nunca más se repita”, sigue Magalí, que vive la tarea “con responsabilidad, aunque no como una carga”.

Hoy se dedica a acompañar a su “nueva bobe” a dar charlas sobre su historia. El día de mañana sabe que le hablará al mundo de Sofía y su transformación en Noelly, de Auschwitz y el gran acto de amor de Adèle, de sus tres pares de padres, de la isisipi, el piano, los justos y la fortaleza de esta mujer, que sobrevivió al odio y la indiferencia.

¿Cómo participar?

El proyecto lo organiza el Museo del Holocausto y está destinado a jóvenes de entre 20 y 30 años. La primera etapa incluye capacitaciones. Luego, cada sobreviviente se vincula con un aprendiz y comparte su historia. La idea es que la persona que reciba el relato pueda trasmitirlo en el futuro a las próximas generaciones. Si bien no hay cifras oficiales, se estima que en Argentina viven alrededor de 200 sobrevivientes de la Shoá.

PS