Caetano, Moreno, Zeca y Tom Veloso en el Gran Rex: belleza pura

Olvídense de Criss Angel. Olvídense de Zach King. ¡Voy más allá!; olvídense de David Copperfield y de toda esa sarta de vendedores de humo. Magos de pacotilla, sin conocimientos ni oficio, sin carisma ni ternura. Cuando cuatro integrantes de la familia Veloso tomaron por asalto, el jueves 19 de septiembre por la noche, el escenario del…

Caetano, Moreno, Zeca y Tom Veloso en el Gran Rex: belleza pura

Olvídense de Criss Angel. Olvídense de Zach King. ¡Voy más allá!; olvídense de David Copperfield y de toda esa sarta de vendedores de humo. Magos de pacotilla, sin conocimientos ni oficio, sin carisma ni ternura. Cuando cuatro integrantes de la familia Veloso tomaron por asalto, el jueves 19 de septiembre por la noche, el escenario del Gran Rex, lo que se produjo entonces fue una sesión masiva de hipnotismo nunca antes vista.

Imaginen ahora a tres mil personas flotando en un trance grupal, tres mil almas levitando suavemente bajo el poderoso influjo de la Diosa Música, saliendo de sus cuerpos físicos para emprender un viaje astral de casi dos horas dirigidos por la mano experta de Caetano, El Gran Hechicero. Y por favor créanme: ni siquiera estoy cerca de poder expresar la experiencia vivida.

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Con una despojada pero efectiva escenografía de fondo, Zeca, Moreno, Tom y Caetano vinieron a demostrar, casi sin quererlo (el viejo zorro bahiano sabe muy bien cada paso que da), que ese axioma de budismo zen que dice “menos es más” puede convertirse en una contundente realidad con sólo desearlo. Cuatro sillas, un par de guitarras españolas, un bajo eléctrico y un piano Fender Rhodes fue todo lo que necesitaron los Veloso para ponerse al teatro en sus bolsillos ya al segundo tema.

El Gran Hechicero: Caetano Veloso dirigió con su mano fenomenal una experiencia muy difícil de traducir en palabras. (Fotos: Mono Gómez)

El show abrió, no por casualidad, con Baby, una de las canciones emblemáticas del Movimiento Tropicalista de Brasil pero además la canción escogida para reversionar con el colectivo musical latino de Los Súper Seven (con Los Lobos incluidos), a modo de guiño continental. “Siempre es una delicia volver a Buenos Aires”, dice Caetano al tercer tema, como si fuese necesario reforzar el amor profundo que lo une a esta ciudad porteña desde hace décadas.

Para entonces, escondidos detrás de un delicado bajo perfil, sus tres hijos ya han dado lecciones de musicalidad. Tom, haciéndose cargo de los impecables solos de guitarra, Zeca manejando con sentimiento y economía de recursos el piano eléctrico, Moreno, multiplicándose en insólitas percusiones que incluyen un plato de losa y un cuchillo, dos papeles de lija y un clásico pandeiro que en sus manos se convierte en una vertiginosa máquina de ritmos.

Pero la belleza explota y se multiplica cuando las cuatro gargantas logran una polifonía precisa en O Seu Amor. Definitivamente, estos tipos son los Crosby, Stills, Nash & Young del cono sur de América. Caetano funciona sin duda alguna como el artífice detrás del grupo, y dirige con soltura, algo de disimulo y a su antojo los hilos del show. Se le nota orgulloso de sus vástagos, hay algo de “vengo a ofrecerles a mis hijos” cuando permite que cada uno se luzca en determinados pasajes del recital. Cada uno tiene su momento solista, todos se levantan por turno de sus sillas y se ponen a sambar “sem vergonha”, con una gracia desbordante, llena de encanto y picardía.

Cuatro sillas, y la sensación de estar esperando el patio de la familia Veloso en estado de celebración.

El cuarteto se maneja como los engranajes aceitados de una misma maquinaria, y pequeños cambios en la instrumentación (Zeca, Tom y Moreno pasan por el bajo eléctrico, todos asombran con voces de afinación perfecta ya sea en plan solista o para colaborar con alguna armonía) consiguen grandes resultados. Este quizás sea el logro más efectivo de una banda familiar, que traduce sobre el escenario una multiplicidad de códigos que sólo podrían obtenerse siendo eso mismo: familia.

De a poco y a medida que avanza el show la atención deja de estar en Caetano para saltar a los brazos de Moreno, de los cuatro un verdadero chamán (“soy macumbeiro”, reconocería luego con una sonrisa) y el dueño de un magnetismo único, imbatible. Los Veloso transmiten tanta intimidad y soltura que uno podría jurar que está asomado a la ventana del living de su casa.

Caetano sabe cuándo esconderse detrás del talento de sus hijos, pero más sabe aún cuándo brillar con luz propia. Y tanto al retar a Moreno por no saberse una de sus canciones, como cuando él mismo se anima y sale a sambar sobre el borde del escenario, es el indiscutido capitán de la nave. Tanto así que la última ovación lo obligó a improvisar un segundo bis cantando Cachito, aquella balada infantil inmortalizada por Nat King Cole, y hasta un fragmento de Mi Buenos Aires querido, coronando el que posiblemente haya sido uno de los mejores shows vistos en esta ciudad en las últimas décadas.

Caetano Veloso y sus hijos Moreno, Tom y Zeca ejercieron su poder hipnótico sobre el público que colmó el Gran Rex en la primera de sus dos presentaciones. (Fotos: Mono Gómez)

Un párrafo aparte merece la salida de Moreno en el primer set de bises, que antes del regreso a escena de su padre y sus hermanos dijo que “los argentinos han traído de vuelta la esperanza”. Inmediatamente y despejando cualquier duda al respecto de su comentario lanzó un “Lula livre”, y el público hizo propia esa consigna con un coro que luego se extendió al hall del teatro y terminó desparramándose por la calle Corrientes.

E.S.