La ira desata una guerra naval en una bañera

A veces lo comparo con la alergia. No con una clínica sino psicológica, sui generis: la mente sobrerreacciona, no podemos aceptar el cambio de planes o la frustración, no hay lógica posible sino descargar la bronca en algo o en alguien. Pronto, rápido, mostrando todo el enojo contenido. Eso parece serenarnos hasta que tomamos conciencia…

La ira desata una guerra naval en una bañera

A veces lo comparo con la alergia. No con una clínica sino psicológica, sui generis: la mente sobrerreacciona, no podemos aceptar el cambio de planes o la frustración, no hay lógica posible sino descargar la bronca en algo o en alguien. Pronto, rápido, mostrando todo el enojo contenido. Eso parece serenarnos hasta que tomamos conciencia de haber armado una guerra naval en una bañera. Y nos sentimos avergonzados, y queremos dar marcha atrás, pero ya es tarde.

En el cine y en la literatura -también en la página de Policiales- aparecen casos extremos. Dolorosos, pero poco comunes, son la excepción. Hay, en cambio, muchos cotidianos que nos horadan y pasan a la historia sin otro rasgo que el habernos desencajado. Yo aún me enojo conmigo por un ataque de ira absurda que me pasó hace ¿veinte años?.

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Les cuento: era mi cumpleaños y había encargado en una panadería una torta de chocolate. A la noche vendrían amigos a casa. Pedí que la torta sólo tuviera chocolate, nada de decoraciones melosas o velitas tipo Star Wars. Odio -se habrán dado cuenta- las que son excesivas, pura floripondia, kitsch, esas que no importa que sean ricas sino que parecen decir: “Te hago tu vida más dulce”. Huyo de ellas.

Voy a retirar el pastel y me entregan uno de chocolate con unas cerecitas formando una flor roja y unos pétalos de no sé qué ornamentando la imagen. Me sulfuré. Estaba de novio con quien hoy es mi esposa y le agradezco que no haya huido. Le dije tantas cosas feas a la panadera que corrió a sacar la flor de cerezas y cubrió todo con una capa arqueológica de polvo de chocolate. La torta quedó como una galleta recubierta con Nesquick.

Un rato después pensé que debería haber optado por algo cómico -Miren: la torta del absurdo- o simplemente sacarle esa flor y y chau picho. Pero no pude bancarme que hicieran lo contrario a lo que quería, aunque fuera nimio.

Con el tiempo algo aprendí. Ahora si hay algo que me irrita, dejo pasar unos minutos. Pienso si vale la pena dar debate. Si sí, lo hago firme pero sin enojo, duro y a la vez correcto. Un rato después sabe mucho mejor: uno dijo lo que creía justo pero sin humillar a nadie.