Pablo de Lora: “No se nace machista, si acaso se llega a serlo”

“Este libro es un intento de reflexionar sobre cuánto debe intervenir el poder público en la cama de los ciudadanos, por decirlo así de crudo. En nuestros modelos políticos creemos que hay un ámbito de inmunidad frente al Estado, pero algunas pensadoras feministas han dicho, con razón, que no cabe abstenerse del todo de ese…

Pablo de Lora: “No se nace machista, si acaso se llega a serlo”

“Este libro es un intento de reflexionar sobre cuánto debe intervenir el poder público en la cama de los ciudadanos, por decirlo así de crudo. En nuestros modelos políticos creemos que hay un ámbito de inmunidad frente al Estado, pero algunas pensadoras feministas han dicho, con razón, que no cabe abstenerse del todo de ese dominio de ‘lo doméstico’, espacio tradicionalmente reservado para las mujeres. El feminismo hegemónico, el que hoy parece prevalecer, resulta puritano y de manera descarnada está instando a una suerte de juridificación y politización de los deseos y de los modos en los que deben mantenerse los encuentros sexuales entre personas adultas”.

-¿El feminismo estaría reglamentando el carácter de las relaciones sexuales?

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-Es un peligro cierto que arrastra ese feminismo “mainstream” que exacerba los requisitos del consentimiento y que ve acoso y abuso sexual por todas partes, o que convierte en delito la torpeza en el flirteo.

Es español. Es controvertido. Se llama Pablo de Lora y este año publicó Lo sexual es político (y jurídico) (Alianza Editorial). Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, De Lora, en su ensayo, ofrece una batería de reflexiones y análisis sobre el sexo y el género por fuera “de la pancarta y la trinchera”. Dice que durante cinco años trabajó estas ideas. “Así llegué al debate sobre la licitud moral y jurídica del sexo. Creo que estos temas deben ser abordados por fuera del activismo, con el modesto afán de contribuir a la discusión y acercarnos a una verdad, aunque sea en minúsculas”.

Pablo de Lora: “El feminismo mainstream ve acoso y abuso sexual por todas partes, o convierte en delito la torpeza en el flirteo”.

-Por estos días, en la Argentina hemos tenido el juicio a un periodista llamado Lucas Carrasco, condenado a nueve años de prisión por un caso de violación. El hombre fue responsabilizado por tener relaciones consentidas sólo en un tramo de la sexualidad; es decir, la mujer fue a su casa por voluntad propia, pero él, según la sentencia, la obligó a tener sexo anal.

-Sí, he seguido con gran interés el caso porque es revelador de muchas cosas. El “no es no” trata, a mi juicio legítimamente, de derrumbar el mito, bien machista, de que hay que “vencer” toda resistencia. Es una concepción muy “biologicista” de la relación sexual, probablemente la que se da en el reino animal de manera general, y, seguramente también, evolutivamente necesaria. Pero en la sexualidad humana las cosas son mucho más complejas, para empezar porque nos queremos seres autónomos, decisores. Así y todo, so pretexto de la exigencia de consentimientos explícitos (“el solo sí es sí”) no podemos ni debemos reconfigurar las relaciones sexuales bajo un modelo “clínico” de consentimiento informado para cada uno de los discretos actos que componen la relación sexual. Cualquier “no” o “sí” inicial va siempre precedido de un primer atrevimiento no consentido: “¿quieres que te toque ahí?” es una pregunta que no puede, por razones conceptuales, ser precedida de un consentimiento: “¿Me dejas que te pregunte si quieres que te toque ahí?”, y así podríamos seguir hasta el infinito. Ese primer atrevimiento, no consentido, puede ser verbal y también, a mi juicio, físico: un beso robado en una situación determinada no es un delito. Es lo esperable entre adultos que se han aproximado suficientemente. En cambio, sí diría que hay acciones o comportamientos no verbales que, por su excentricidad o no convencionalidad, por su carácter parafílico o doloroso, no pueden ser acometidos sin previo anuncio. Creo que es el caso del sexo anal presunta y forzadamente practicado por el señor Carrasco, algo que ciertamente podría constituir el delito por el que se le ha procesado, si es que está probado más allá de toda duda razonable. Y también es una cuestión distinta la de, a mi juicio, desproporcionada pena que se le pide dado el Derecho penal argentino.

-Es curioso lo que está pasando: ni Orwell se animó a semejantes niveles de intimidad…

-Sí, uno tiene esa misma sensación de “déjà vu” si piensa en los momentos más oscuros de nuestra historia.

-¿Desde qué dimensión se está percibiendo la sexualidad en estos tiempos?

-Es muy curioso y revelador pensar que la “moral sexual” no es un sinsentido conceptual, es decir: siendo también respirar una obvia necesidad fisiológica, nos parecería un absurdo elucubrar sobre la “moral respiratoria” o la “moral renal”. En este punto, Roger Scruton, un pensador conservador del Reino Unido, tiene razón: con la revolución de costumbres que explotó en mayo del ‘68, y la masiva difusión de los anticonceptivos orales femeninos, hemos creído y querido desacralizar el sexo, tomándolo como algo moralmente no significativo. Y ni es, ni puede, ni debe ser así. Hay un componente fisiológico, obvio, pero eso no captura todas sus dimensiones.

Pablo de Lora: “Cualquier ‘no’ o ‘sí’ inicial va siempre precedido de un primer atrevimiento no consentido”.

-¿La pornografía que se consume en Internet naturaliza ciertas perversiones?

-Yo estimo que no, más bien me parece un escape saludable y las estadísticas y los datos en absoluto muestran ninguna traslación a la vida real o impacto causal que explique las conductas ilícitas.

-¿La educación sexual para los chicos debería contemplar la posibilidad de ver pornografía junto a los hijos?

-Esta es una propuesta que escuché una vez a Amarna Miller, una conocida actriz y empresaria de la industria porno, muy vilipendiada por el sector más fanatizado del feminismo. Que no lo hagamos, que no nos sentemos con nuestros hijos para “instruirles” sobre el carácter fantástico, perverso o inadecuado de lo que ven, muestra hasta qué punto el sexo, como señalaba antes, no se ha desacralizado del todo. Por ejemplo, no tenemos problema alguno en ver con los chicos películas de terror para que no sientan tanto miedo.

-¿Qué importancia real tiene el sexo? Digo, ¿amerita hablar de “hacer el amor” cuando a veces sólo se trata de un impulso?

-El sexo es fundamental para la vida. No sólo por su dimensión puramente fisiológica, sino porque es el sitio de nuestro recreo. La relación sexual es esa ocasión en la que podemos “desprogramarnos”, “des-civilizarnos” si se quiere, dentro del orden que los amantes quieran recrear para sí. Excitarnos sexualmente al comprobar que somos excitantes, que nuestro amante se excita por nuestra excitación es una experiencia única que nos afianza y que contribuye a nuestro propio auto-respeto.

-Si sexo es igual a “desprogramarnos”, la razón, esa facultad humana, quedaría de lado y no podría hablarse de víctimas ni de victimarios…

-Yo no llego a tanto. Lo que digo es que tampoco podemos convertir al sexo en un acto clínico. ¿Se entiende? Hay un ámbito de exploración, atrevimiento, sorpresa, pero todo ello con el presupuesto de la aceptación o consentimiento y, para el caso del sexo anal de Carrasco, el deber de asegurarse de que la otra persona está en el mismo barco, cosa que en cambio no ocurre con acariciar un seno, por ejemplo, o con poner la mano allí o allá..

Pablo de Lora: “El sexo es fundamental para la vida. No sólo por su dimensión puramente fisiológica, sino porque es el sitio de nuestro recreo”.

-Existe un auge aquí de las vasectomías. ¿Esto tendría más relación con el miedo a la natalidad o con evitar el uso de profilácticos?

-Prefiero y deseo pensar que tenga más que ver con lo primero, porque el uso de profilácticos me sigue pareciendo absolutamente indispensable si de sexo casual hablamos. Pero la verdad es que desconozco bien los detalles de este asunto en la realidad argentina.

-Según Roxana Kreimer, doctora en Ciencias Sociales y promotora del “Feminismo Científico”, en la Argentina la legislación en torno al femicidio supone que, en las mismas circunstancias, corresponde más pena para el homicidio de una mujer que para el de un varón. ¿Comparte el criterio que animó esta ley?

-No lo comparto en absoluto, porque creo que socava una base, si se me permite, sacrosanta, de las democracias liberales. Yo entiendo y comparto que el legislador penal resuelva castigar con más pena el crimen motivado por un ánimo odioso. Acepto que dadas determinadas condiciones sociales, el asesinato racista o machista merezca mayor condena. Pero no siempre que un hombre mata a una mujer debemos pensar que lo hace por una actitud machista o por un afán de dominación. En esto me agarraría al célebre dictum de Simone de Beauvoir como a un salvavidas, la biología no es destino, o mejor aún: “No se nace machista, si acaso se llega a serlo”. Y luego está la cuestión de la asimetría penal, es decir, que no existiendo ese ánimo u odiosa motivación particular, a iguales hechos se condene más siempre, y sin posibilidad de desvirtuar, la presunción machista porque el autor es un hombre. Es una afrenta para los hombres y también para las víctimas mujeres a manos de sus parejas mujeres, que también sentirán esa desigualdad como algo injustificado.

-¿Qué errores cree que cometió la legislación española que la Argentina debería evitar?

-Pues precisamente el anterior que acabo de señalar. Y también todo el sistema de perversos incentivos: beneficios sociales como adquisición inmediata de residencia, o rentas de inserción social, o medidas cautelares sobre uso del domicilio conyugal o guarda y custodia de los hijos en procesos de separación o divorcio, que se genera en torno a la presunta víctima de violencia de género. Me refiero a un diseño institucional que se ha revelado desajustado y contraproducente y también fundamentalmente injusto por la desigualdad que introduce entre hombres y mujeres a la hora de ser castigados.

WD