Mundos íntimos. Tuve una etapa de ermitaño: no quería salir, no me interesaba nada (ni el sexo). Pero un día algo cambió

Después de una seguidilla de malas experiencias, decidí dejar las citas a ciegas. Al principio me resultaban divertidas, pero después se volvieron monótonas. Mi soltería era vox populi y me las ofrecían desde todos lados. Amigos, familia, mi vecina, todos me buscaban pareja. En esa época no existían las redes sociales ni las aplicaciones, no…

Mundos íntimos. Tuve una etapa de ermitaño: no quería salir, no me interesaba nada (ni el sexo). Pero un día algo cambió

Después de una seguidilla de malas experiencias, decidí dejar las citas a ciegas. Al principio me resultaban divertidas, pero después se volvieron monótonas. Mi soltería era vox populi y me las ofrecían desde todos lados. Amigos, familia, mi vecina, todos me buscaban pareja. En esa época no existían las redes sociales ni las aplicaciones, no había posibilidad de ver una foto. Había que confiar, entregarse a lo nuevo.

Aunque aseguraran tener a la candidata ideal, la gente que más me conocía era la que menos acertaba en las presentaciones. Un amigo me dijo una vez “Es ella”, y la cosa no pasó de una primera cita acartonada. Con conocidos –no tan cercanos– me iba mejor. Esa gente no estaba pensando en mí constantemente como si fuera un famélico del amor, simplemente tenían amigas solteras y les buscaban candidatos, sin el apuro de mi gente. Te pasaban un número y un nombre, nada más. A veces, preguntaba algún dato extra: qué hacía, qué estudiaba, dónde trabajaba. Podía inferir en qué zona vivían por la característica del número de teléfono. Otras no quería saber. Me había hecho cierta fama por las citas a ciegas, pero ya no las disfrutaba. Se habían transformado en un recordatorio de mi angustia.

Aquellos días. Julián en una imagen de la época en que se manejaba puertas adentro. El dice que se instaló en su “caverna”.

La última de todas la tuve con la recepcionista del gimnasio a donde iba mi hermana. Nos juntamos a tomar algo por el centro. Se llamaba Delfina. Yo pedí una cerveza, ella una Fanta. En los casi cincuenta minutos que duró todo yo me bajé tres birras y ella no había pasado ni la mitad de su vaso naranja. Parecía una entrevista laboral, quizá hasta más rigurosa que eso. Yo hacía las preguntas y ella las respondía, pero en ningún momento atinaba a devolverlas. Al principio quería saber de su vida, pero fui perdiendo el interés a medida que transcurrían los minutos. No toleraba los silencios. A Delfina todo parecía darle lo mismo. Con suerte se le escapaba una sonrisa. La acompañé hasta la puerta de su casa y no la vi nunca más.

Dos días después, rememoraba todo con mi hermana dándole vueltas al cable del teléfono y soltándolo para que se desenredara solo. El cuarto que usaba para estudiar y trabajar era un ambiente de 2 x 2 con apenas una ventana. De tanto que fumaba, era habitual que se convirtiera en una nube que los gatos no podían soportar. La mayor, Luna, se fue tosiendo hacia la cama. Mi hermana quería seguir con la búsqueda de citas, parecía gustarle la tarea. Le dije que parara.

Mi soltería se había convertido en un asunto de estado para toda mi familia. Mis hermanos y mis hermanas estaban en pareja, algunos ya tenían hijos. Mi viejo se preocupaba, ya no se ocupaba ni intentaba presentarme a alguien. “Es una buena persona”, fue el argumento que utilizó la última vez que lo hizo, como si se tratara de una razón invencible para convencerme.

Yo admiraba su optimismo, para con el mundo y con las personas, pero esa amplitud era demasiado para mí. Yo sabía que para él, que dos personas tuvieran buenas intenciones era una razón suficiente para que se enamoraran. No contemplaba ítems que yo consideraba vitales, como la música, los libros, la política y demás casilleros que yo le exigía, sin darme cuenta, a cada persona que conocía. Era mi manera de asegurarme que la cosa saliera mal. Llenar todo ese formulario me garantizaba el fracaso. Siempre encontraba una excusa para no seguir viendo a alguien. Con las que lograban superar esos obstáculos perdía el control y terminaba por ahuyentarlas. No podía disimular mi interés y me iba al otro extremo: demostraba un cariño excesivo. Con su tercera mujer como testigo, mi viejo sentenciaba que “la vida es mejor compartida”. Tiene razón, pensaba yo, pero no entendía porqué era mejor estar en pareja. Estaba en falta ante el mundo, estaba claro. Al cumplir los treinta hay que ir pensando en armar una familia o, al menos, encontrar con quién. Eso estaba escrito en algún lado, ¿pero dónde? Mi actitud era ambigua: me hacía el rebelde frente a estos mandatos tácitos y actuaba una independencia ridícula, pero en el fondo me invadía la ansiedad por ponerme de novio.

Cuando quise darme cuenta, hacía meses que no había estado ni cerca de besar a alguien. Sin tanta cita la soledad se hizo más evidente. En mi casa los ceniceros acumulaban tantos días como los platos en la pileta de la cocina, las piedritas de los gatos no se cambiaban solas y el canasto de la ropa sucia rebalsaba. Había dejado de invitar gente a casa, solo algunos pocos amigos pudieron ver ese paisaje porque me tocaban el timbre sin aviso, no me daban la opción de negarles la entrada. Los que estaban solteros querían salir los sábados a la noche, saltando de una fiesta a otra –las que nos invitaban y en las que nos colábamos– en casas de conocidos, en bares o en pseudo boliches, datos que nos llegaban por mensaje de texto. En las fiestas tampoco me sentía a gusto: hundía mi inseguridad en alcohol y volvía a casa tambaleando. Me despertaba al otro día a las tres de la tarde, vestido de resaca. Todo eso lo había reemplazado por ver películas o fútbol. La barba, que crecía despareja, había copado mi cara y parte del cuello. Me instalé en mi caverna.

Los gatos se habían adueñado de la casa. Yo me conformaba con el cuarto de la computadora, donde trabajaba y miraba DVDs; ellos ocupaban casi todo el resto. Por suerte, todavía me dejaban uno de los lados de la cama. Mi mamá decía que los gatos eran un símbolo de mi soledad, pero eran los únicos que me hacían compañía. Rascaban el tapizado nuevo del sillón del living, sabiendo que no me iba a levantar de la silla para perseguirlos. Llegué a pensar que hacían eso como represalia por no cambiarles las piedritas, como si de a poco estuviesen organizando una revolución.

También se perseguían entre sí, turnándose el rol de policía y tirando cosas a su paso. Yo los veía pasar a toda velocidad por el umbral de la puerta. Cuando les compraba atún en el chino era cuando más me querían. Mi dieta no salía de fideos con manteca, galletitas con queso, omelette –también de queso–, sándwiches o, cada tanto, milanesas hechas de la carnicería. En la heladera no faltaban el pan lactal, el queso ni la manteca, el resto iba variando según mi ánimo. También tenía Coca-Cola. Me tomaba un litro y medio por día. Me la servía en un vaso altísimo con mucho hielo, como si fuera un trago. Cuando me iba a acostar era un monstruo de harina, gaseosa y tabaco que rebotaba en una cama que parecía elástica por la dificultad para dormir. Envidiaba la vida que llevaban los gatos y lo fácil que les resultaba cerrar los ojos.

No me iba mal como freelance. En el laburo me perdía y no volvía más, me hacía el distraído con lo que me estaba pasando. Como todo diseñador gráfico, me pasaba horas frente a la computadora, haciendo afiches, logotipos o páginas web. No sabía desde cuándo vivía en esta burbuja. ¿Cuándo había comenzado? Era más fácil acordarme las fechas exactas, como cada vez que dejaba de fumar. Contaba las horas hasta llegar a arañar el primer mes. Sabía hacía cuánto que no estaba en pareja, ya andaba por los ocho años. Esas fechas las recordaba, pero este estado virginal había sido gradual. Según mi cálculos estaba cerca de los diez meses. Ya casi había perdido el interés, incluso, por la autosatisfacción. Nunca había pasado tanto tiempo. De repente fui consciente de mi situación, de que mi contacto con el mundo exterior se daba casi exclusivamente a través de la PC o del teléfono. Salía de mi casa cuando eran planes impuestos por “el exterior”. Cumpleaños de familiares o de amigos, eventos problemáticos para mi psiquis como los casamientos, a los que no podía faltar y en los cuales me preguntaba el sentido de la vida en cada copa de champagne que vaciaba.

Me la pasaba saliendo a fumar, solo, mirando la pantalla de mi Nokia 1100, esperando que el aparato, de alguna forma, me ayude. No entendía cómo era posible que me siguieran ofreciendo trabajo. En general, cumplía con lo que me pedían pero no estaba particularmente creativo. Todo lo puse en duda. El futuro estaba impregnado por esta suerte de mancha venenosa.

Ese enojo, conmigo y con el mundo, fue pasando de a poco. Un día llegué del supermercado y vi mi casa como un lugar nublado, denso. De los estantes de mi ropero colgaban un par de remeras, casi transparentes de lo viejas que estaban. Redescubrí ropa casi nueva, doblada y lista para usar, debajo de montañas de prendas harapientas. Los gatos me miraban desde la cama con los ojos bien abiertos. Me siguieron por toda la casa a medida que acomodaba las cosas, barría o regaba las plantas del patio. Con el correr de los días me fui reconectando con mis amigos. Habían instalado los viernes como el día para juntarse a comer y, si daba, salir.

No iban todos siempre, solo los que podían. Algunos estaban casados o habían tenido hijos. Un viernes vinieron a casa y después se fueron a un bar con la promesa de que en la próxima los acompañaba. En vez de pasar las tardes de los sábados viendo películas o durmiendo, recuperé la bicicleta y pedaleaba por horas, hasta quedar exhausto. La primavera me empujó a los parques y a los bares, donde volví a leer o simplemente tomaba un café en una mesa en la vereda.

La soledad se convirtió en algo tolerable. Algunos recuerdos de momentos con ex parejas o noches aisladas con alguna chica despertaron una sexualidad casi enterrada. Aunque me sentía más relajado, no tenía ganas de pasar vergüenza en una cita; ese era un capítulo cerrado. En cambio, comencé a aceptar invitaciones a cumpleaños, fiestas, presentaciones de libros, shows de bandas de amigos. Cualquier evento era una posibilidad de conocer a alguien nuevo. En el trabajo surgieron reuniones con posibles clientes, lo que me obligó a retocar mi aspecto físico. Mi angustia se fue un poco cuando me saqué la barba y descubrí una piel casi nueva. Me volví joven.

Un día una clienta de hacía años me volvió a llamar. Necesitaba un logo para un nuevo emprendimiento. Yo odiaba hacer logos. Sintetizar en una imagen o en una tipografía (o las dos combinadas) la idea de una empresa y todos los valores que representaba me parecía una tarea imposible. Mi regla nueva era decirle a todo que sí, entonces acepté. No era la única persona que iba a entrevistar, me aclaró, quería escuchar ideas. El día anterior a la reunión fumé menos y comí más liviano para estar descansado. A la mañana me recorté un poco el pelo y me di una ducha de casi media hora. Por miedo a llegar tarde llegué temprano. Caminé un poco por Saavedra, un barrio que no conocía demasiado. Se respiraba un viento primaveral que movía los árboles de un lado al otro, lentamente. En el centro del parque miré hacia los costados y no vi ni un edificio. Tomé diez minutos de sol sentado en un banco.

En la reunión mis propuestas gustaron. Las ideas fluían mientras mi clienta asentía y me miraba con orgullo. Si me hubiese detenido un segundo a pensar, frenaba de la vergüenza que me producía ser el centro de atención. Hacía tiempo que no agarraba un lápiz pero esa vez hice algunos bocetos a mano para explicar todo lo que yo sugería hacer. Entendí que era la primera reunión de muchas, que el laburo implicaba gente a mi cargo, más encuentros, más responsabilidades. Cuando todos se fueron nos quedamos hablando. Mi clienta se había casado y tenía un hijo. Su vida había cambiado, era evidente. Nos saludamos y me fui. Bajé solo en el ascensor, uno de esos con espejos en todas las paredes. Me pasé los nueve pisos mirando las incontables repeticiones de mí mismo. Me sonreí. Después de mucho tiempo, estaba a gusto con lo que veía.

Al día siguiente me llamó para decirme que el trabajo era mío y me invitó a su cumpleaños, un asado en su casa. La idea se le había ocurrido mientras hablábamos, estaba seguro. Ese sábado, ni bien entré, me quedó claro que había preparado la escena. Carolina, una compañera de ella en la oficina, estaba sentada en una esquina al lado de la única silla vacía. El resto de los invitados hacía la suya, parecía tener órdenes de no intervenir en nuestro encuentro. El vino y la carne nos fue aflojando: hablamos toda la tarde. No paramos ni para fumar. De repente, éramos los únicos en la terraza. Tres días después fuimos al cine, y a los seis meses ya buscábamos un departamento para mudarnos juntos.

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Julián Fernández Mouján nació y vive en la Ciudad de Buenos Aires hace más de cuarenta años. Es diseñador gráfico, pero lo que más le gusta hacer es escribir. Le empezó a tomar el gustito en la revista “Los Inrockuptibles”, donde fue periodista, editor y crítico musical. También colaboró con otros medios. Así se dio cuenta de que la ficción era lo que siempre había querido hacer. Pasó por varios talleres de escritura y a fines de 2018 editó “Tal vez mejor no”, su primer libro de cuentos. Prefiere escribir a mano y después trabajar en la computadora. Así nacieron sus cuentos y así se está gestando su libro nuevo, esta vez una novela.

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