Cómo es el coronavirus de los sin techo: “Ni la fiebre me tomaron”

-¿Sentiste dolor de cabeza?-No -¿Fiebre?-No.-¿Febrícula?-No.-¿Qué consejo le darías a los que tienen techo y temen contagiarse el coronavirus?-Yo al coronavirus no le tengo miedo, porque no tengo problemas serios de salud. Imaginate si estuviera enferma andando con todos estos cacharros que arrastro…-¿A qué le tenés miedo?-A nada, duermo en la calle. ¿A qué le puedo tener miedo…

Cómo es el coronavirus de los sin techo: “Ni la fiebre me tomaron”

-¿Sentiste dolor de cabeza?

-No

-¿Fiebre?

-No.

-¿Febrícula?

-No.

-¿Qué consejo le darías a los que tienen techo y temen contagiarse el coronavirus?

-Yo al coronavirus no le tengo miedo, porque no tengo problemas serios de salud. Imaginate si estuviera enferma andando con todos estos cacharros que arrastro…

-¿A qué le tenés miedo?

-A nada, duermo en la calle. ¿A qué le puedo tener miedo durmiendo en la calle? Sólo a un esquizofrénico le daría la cara para atentar contra una persona como yo.

-Miedo al coronavirus, no.

-¿Yo? No. Se está buscando una lógica un poco exagerada para curar a un niño de un empacho.

-¿Eso es lo que pensás? ¿No crees en la gravedad de todo esto?

-Prefiero no creer.

-Dormís en la calle cuando la consigna prioritaria es quedarse en casa…

-Sí, soy rebelde, estoy llevando la contra (sonríe). No soy audaz, vivo por la generosidad de gente que me da un abrigo. Voy para mi invierno 22 durmiendo en la calle. Hoy me siento más segura en la vereda que en una pensión de mala muerte. Estoy más a la vista, no paso desapercibida.

Cristina cuenta cómo es vivir sin techo en estos tiempos de coronavirus.

-¿No te sentís más cuidada en estos días?

-No, no hay ni una ley que me proteja a mí.

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Cristina es una figura emblemática en la zona del Viaducto Carranza. Como dijo ella: 22 años viviendo en la calle. Representa algo así como el encuentro cercano del tercer tipo solidario para los que vivimos en las cuadras salvadas.

En tiempos de ciudadanía responsable, además, puede que reciba billetes de 100. O un paraguas. O un barbijo.

Después del mito de “Pechito” en Barrio Norte, tratándose de “pobres conocidos”, está el de Cristina. Pechito, ustedes saben, fue un indigente que vivió sobre Scalabrini Ortiz casi Santa Fe. Se escribió de todo sobre Alejandro “Pechito” Ferreiro. Hasta tiene placa recordatoria en la puerta del banco donde pasó sus mejores días de linyera: sillón, sommier, perro de raza, televisión por cable, equipo de música, amplificadores. La noticia de su muerte apareció en los medios de alcance nacional.

De Cristina se escribió menos. “Yo no me considero pobre”, le dijo a este mismo diario hace cosa de dos años.

#Quedate en casa, ruega el eslogan. La ves sentada ahí. Duerme en esa posición por pudor. “No me gusta el piso. Dormí como dos años acostada. Eso fue al principio. Cubría el banco de una plaza con un plástico”.

-¿Mendigás?

-No hace falta. La gente que te ve te da sola.

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Cambió de lugar varias veces en el transcurso del último año. Estaba sobre Santos Dumont y ahora pasó circunstancialmente a la esquina de Maure y Cabildo, justo en la puerta de una inmobiliaria que no abrirá hasta que esto haya pasado.

Cristina se protege con barbijo, pero vive en la calle.

“Hola, Cristina”. La saludan y ella responde con un ademán de su cabeza. O le llevan pan con manteca, “mi plato preferido”. Su pobreza es fotogénica. Podría hablarse hasta de un perfil de belleza ideal para que una parte de este barrio la patrocine con afecto.

Cristina no toma alcohol, no se muestra excesivamente religiosa, no se droga. Se la ve en sus cabales. Más que sano es su juicio. Cuando habla, lo hace en un hilo de voz. Tiene buena dicción y se las arregla para estar limpia y –fíjese usted- hasta coqueta. Le encanta la charla.

“Yo me enteré del coronavirus porque dejé de ver chicos en la calle. Así me fui dando cuenta de que algo raro estaba pasando. Nadie me había dicho ni una palabra. Después sí, después puse la radio y me escuché las noticias”.

Clava el dial en FM 100.7, Blue. El aparato es blanco y moderno, ancho como una tarjeta de crédito.

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Cristina se impone de un sólo golpe de vista. Es una presencia grisácea en torno a los edificios. Todo el barrio sabe de ella, como se sabía de Pechito unas cuadras más allá. Está está acostumbrada a los ruidos conocidos y a los intempestivos. Dice que ahora las ambulancias sólo pasan a alta velocidad y con la sirena puesta.

“Algo raro había, pero no me daba cuenta del todo. Me decía: ¿desaparecieron los chicos? ¿Dónde están? ¿No van más al colegio? Tardé un poquito en darme cuenta, sí, es verdad…”

Cristina vive afuera y, por su edad (67) y condición, es una persona altamente vulnerable en este contexto, y otros. El famoso “grupo de riesgo”. Pocos como ella saben tanto acerca del frío y el calor. Tiene aguante y hasta algo de mundo. Conoce de comida japonesa por una vecina que le llevaba viandas. Comió sushi. “Soy costurera. Trabajé en talleres”, cuenta.

-¿Vino alguien especialmente a verte: médicos, enfermeros, gente del gobierno porteño…?

-Nadie más que un policía que me dijo que me quedara quietita acá. Yo me siento respaldada por algunos vecinos que trabajan en hospitales y me consiguen lo que necesito como remedios de venta libre, aspirinas… La misma gente que me trajo esto –y muestra un barbijo impecable y un frasco de alcohol en gel-.

-¡¡Tenés alcohol en gel!!

-Sí.

Con sus pares no se lleva ni bien ni mal. “Por lo de la pandemia me doy cuenta que los que duermen en la calle van y vienen, van y vienen, como si los sacaran de un lugar y los pusieran en otro. A mí ya me echaron. Un policía me dijo que me quedara acá, y otro me sacó.

-Alguna vez contaste que te traían comida de instituciones benéficas….

-Ah, sí, sí, pero ahora pasan medio a la disparada y nos dan cualquier cosita como diciendo “no nos olvidamos de ustedes”.

-El barbijo está intacto. ¿No lo usás?

-No sé cómo usarlo.

-¿Te ayudo?

-Bueno.

-¿En serio no vino nadie a controlar cómo te sentías?

-Ni la fiebre me tomaron –sonríe-. Nadie.

-¿Cambió algo tu vida en estos días?

-No, sigo haciendo mis cosas.

-¿Tenés jabón?

-Por supuesto.

-¿De dónde sacás agua?

-Me lavo con las mangueras cuando los porteros salen a baldear a la mañana. Y también les pido un poco para tener en mis baldes.

-¿Se te hace largo el día a día?

-A veces sí. Hoy estuve lavando la ropa, enjuagándola y colgándola al sol.

-¿Oíste hablar de Juan Carr?

-¿Quién?

-Juan Carr, de la Red Solidaria.

-No.

Cristina lleva sus bultos empaquetados con una prolijidad digna de Marie Kondo. Tiene cartones doblados como para un cuadro de Berni. De un sobre de plástico guardado dentro de otro aparece el barbijo perfectamente doblado.

-¿Así que no tenés miedo de contagiarte?

-Para nada. Escucho gente muy preocupada. El coronavirus está haciendo destrozos en algunos países como Inglaterra, Estados Unidos… No sé si nos va a llegar con la fuerza de un tornado. Ojalá que no. Aparte las noticias graves vienen de lejos.

WD

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