Encuentros cercanos: Una serie de eventos desafortunados

Muchos de ustedes quizás sean muy jóvenes y no sepan que, hace años, en las redacciones de los diarios eran indispensables algunos aparatos que hoy podrían formar parte del museo Rocsen de Nono.  El fax, por ejemplo, una máquina cuya función era, para explicarlo de alguna manera actual, enviar y recibir mails impresos de manera…

Encuentros cercanos: Una serie de eventos desafortunados

Muchos de ustedes quizás sean muy jóvenes y no sepan que, hace años, en las redacciones de los diarios eran indispensables algunos aparatos que hoy podrían formar parte del museo Rocsen de Nono.  El fax, por ejemplo, una máquina cuya función era, para explicarlo de alguna manera actual, enviar y recibir mails impresos de manera inmediata (y con un ruido ensordecedor); o los grabadores, unas máquinas del tamaño de una tablet y con la altura de un alfajor triple dentro de las cuales se insertaban casetes (¡con cinta!) para grabar audios. 

Así, en los cajones de nuestros escritorios solíamos tener varios casetes TDK que usábamos y – aquí la fuente de muchos problemas– reutilizábamos. 

Por lo general, una vez desgrabada una entrevista, podía borrarse de la cinta o grabarse encima con otra, a menos que fuera conveniente o indispensable guardar los testimonios como back up en algún caso .

Con la dinámica y el gesto despreocupado con los que nos pasamos de mano en mano lapiceras y encendedores que jamás recuperaremos (ni devolveremos), así circulaban los TDK a principios del siglo 21 en la redacción de La Voz.

Ya había teléfonos celulares, eso sí, así que muchas de esas entrevistas se hacían tras insistentes llamados y múltiples SMS a quienes queríamos entrevistar.

En una de esas gestiones telefónicas épicas que consisten en insistir sin claudicar hasta lograr que del otro lado alguien responda, en una jornada logré que Mariano Martínez nos atendiera. 

No es que era tan difícil para la prensa hablar con él, el tema era el sentido de la oportunidad. Al día siguiente estrenaba nuevo programa de tele y la idea era salir el mismo día del debut con la entrevista en la edición papel de Espectáculos. 

Mientras lo veía almorzar en el programa de Mirtha Legrand en vivo, le iba mandando mensajes para convencerlo de una charla de 10 minutos.

Otros tiempos

El actor que hoy difunde videos en TikTok en los que se somete voluntariamente al escarnio público y al bullying era, en esos años, un galán joven que limitaba el ridículo sólo a sus papeles en las ficciones. El star system criollo era otro en ese entonces y consistía, básicamente, en hacerse rogar un poco para dar notas y en escabullirse de fotógrafos sociales.

La edición  del diario se cerraba  las 18 y a las 16, finalmente, Mariano Martínez atendió mi llamado y me dijo “Ok, hablemos”. Puse el altavoz del teléfono, el grabador al lado (y chequeé que la cinta girara) y lo más rápido que pude le hice las preguntas pertinentes. Cuando la charla terminó, emití un suspiro y presioné la tecla “stop” del grabador. “Misión cumplida. Habemus nota de tapa”, le anuncié a mi editor.

Mi compañero de escritorio, en ese preciso instante, se acordó de que él también tenía una nota pactada por teléfono. Buscó su grabador, lo preparó, pero no tenía casete. Miró mi TDK con gesto implorante. “Ni se te ocurra”, le advertí. 

Pero no había otro, insistió y ganó la pulseada aunque acordamos que grabaría del lado B, que estaba limpio,  no del lado A, donde estaba la nota a Martínez.

¿Hace falta aclarar que pasó exactamente lo contrario o el spoiler se adivinó desde el principio?

No fue la primera ni la última vez que la grabación no se hizo. La solución fue apelar a un sistema aún más viejo que el grabador con cinta y pilas triple A: la buena memoria. 

Dicen que Truman Capote entrevistó a los protagonistas de A sangre fría sin grabar ni una palabra, porque se acordaba de cada frase. Al intentar replicar ese sistema descubrí que no es tan difícil aunque, claro, la memoria es selectiva, registra y recuerda lo que subjetivamente más le impactó.  Al final salió en tapa Mariano Martínez al día siguiente. Vaya uno a saber diciendo qué.

A cualquiera le puede pasar

Las fallas técnicas como esas son moneda corriente en el periodismo: grabadores sin pilas, cámaras que no están encendidas, casetes borrados, archivos de Word que desaparecen.

Pero no son las únicas. Las humanas, normalmente, son más frecuentes y nos dejan sin chivos expiatorios digitales.

En un verano de Villa Carlos Paz, en el año 2006, me tocó entrevistar en un café de la villa a los actores Fernando Lúpiz y Diego Pérez, que llegaban juntos a hacer temporada teatral con la obra Mi mujer se llama Mauricio (eran épocas en las que las marquesinas estaban plagadas de espectáculos con títulos que hoy nos despertarían una mueca, como El champán las pone mimosas).

Pérez llegaba respaldado por su figura de “El insoportable” en VideoMatch, mientras que Lúpiz se enorgullecía de haber sido un recio espadachín tras la máscara de El Zorro. Ambos eran simpáticos, espontáneos, y la charla avanzó de manera muy natural, entre anécdotas, comentarios y risotadas.

Una sola cosa incomodó la situación y era que yo insistía en decirle “Federico” a Fernando Lúpiz. El extraño enroque fonético/mental entre Fernando Lúpiz y Federico Luppi duró toda la entrevista. Y cada vez que lo decía, Lúpiz (al principio con simpatía y al último con indisimulable hastío) me aclaraba:“Fernando, por favor”.

Le pedí disculpas infinitas veces. Por supuesto que me despedí de él con un “Gracias por todo, Fede”. 

La lista de entrevistas fallidas que recuerdo, por motivos humanos o desencuentros, no termina ahí. Una vez me tocó hacer malabares para darle algo de lógica a una entrevista con Pity Álvarez, que respondía a preguntas sobre música con frases sobre los Oompa Loompa o los nombres de sus perros preferidos. Otra vez me tocó hablar por media hora con un reconocido conductor de TV.  Tras desgrabarlo y quitarle todas las muletillas como “O sea”, “Tipo que”, “De una” o “Toda la onda” quedaban dos párrafos de contenido. 

Gajes del oficio, los llaman.

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