Mundos íntimos. ¿Por qué me aterra volar? ¿Es el miedo a la muerte? Sí, y también la sensación de que allí arriba no controlo nada

Alguien me dijo una vez que el mundo me iba a pasar por encima, pero esta vez el que está pasando por arriba del mundo soy yo. Durante el año pasado, he subido a un avión unas veintiocho veces. Ese número se iba a repetir –o aumentar– en 2020, al menos así era mi plan…

Mundos íntimos. ¿Por qué me aterra volar? ¿Es el miedo a la muerte? Sí, y también la sensación de que allí arriba no controlo nada

Alguien me dijo una vez que el mundo me iba a pasar por encima, pero esta vez el que está pasando por arriba del mundo soy yo. Durante el año pasado, he subido a un avión unas veintiocho veces. Ese número se iba a repetir –o aumentar– en 2020, al menos así era mi plan de trabajo antes del COVID-19, un viaje cada tres semanas. El número de vuelos fue similar los dos años previos también, alrededor de cien vuelos en poco más de tres años. Un número bastante grande para una persona que tiene terror a volar en avión.

El sudor en las manos, los oídos que se tapan, sentir el estómago donde deberíamos sentir latir el corazón, mirar la ciudad dada vuelta por la ventanilla que dejó abierta una señora que está roncando desde antes de que el avión despegue. Ese mismo momento que a mí me parece durar horas, en las películas se resumen en cinco segundos de un plano lejano de avión despegando, pero dentro de ese avión estoy yo con mi mundo prendiéndose fuego, agarrado al apoyabrazos y rezando todas las oraciones que me acuerdo que me hayan enseñado en la escuela primaria.

En un avión. Gerardo Barberán Aquino y un rostro que refleja intranquilidad.

Con el tiempo me di cuenta de que mi miedo no es a volar en un avión, lo que yo tengo es miedo a morirme y dentro de ese miedo, morirme en un accidente de avión representa la manera más terrible de perder la vida. Para mitigar ese temor, no se me ocurrió mejor idea que encontrar un trabajo que me acerca treinta veces al año a la peor clase de muerte que mi inconsciente pudo desarrollar. Cualquier accidente puede ser fatal, pero hay algo en el viaje en avión que me hace pensar que no hay plan B.

Conocí a una persona con tanto o más miedo a la muerte que yo, mi abuela Titi. Ella falleció a los 93 años sin saber que ese sería su último día; la muerte la tomó de sorpresa una mañana mientras se cebaba un mate y leía el diario. En su almanaque, tenía marcado con tinta de birome el día de su próximo cumpleaños al que, por supuesto, planeaba llegar con vida. La Titi era la primera en escuchar el golpe de una gota de lluvia en las tejas, lo que significaba desenchufar todos los artefactos eléctricos de la casa por si caía un rayo; hacía rondas por todas las puertas de la casa que daban al exterior o al patio para verificar que estuvieran cerradas antes de ir a dormir, para que no entraran ladrones; rezaba a la siesta, sentada, en el medio del patio, sin decirnos nunca qué era lo que pedía.

Ahora pienso que todo lo que hacía la Titi, lo hacía en función de no morir y noto que yo hago lo mismo. Cuando me miro en el espejo y veo una cana nueva, ese cabello plateado para mí no es señal de experiencia, de sofisticación o elegancia, como lo ven algunas personas. Para mí es señal de cercanía a la muerte, me muestra que no me estoy haciendo joven. Nunca vi a mi abuela con el pelo blanco, siempre rigurosamente teñido de un color castaño cobrizo. Supongo que con sus costumbres, ella me transmitió el significado que le doy a las canas hoy.

Con ella. Para entender su problema, Gerardo Barberán Aquino pensó mucho en su abuela y en cómo lo influyó.

El origen de este miedo apareció de chico, mucho antes de subirme a un avión por primera vez, cuando leí que la gran mayoría de los accidentes aéreos suceden en el momento del despegue. El artículo también señalaba que una vez superada esa instancia, no había por qué temer; esos datos quedaron dándome vueltas en la cabeza para siempre. Cuando le conté mi problema a una azafata me dijo que al contrario, el momento del despegue es cuando el avión tiene todo el poderío de los motores funcionando y que las chances de que algo falle en ese momento eran nulas. Lo otro que hizo la azafata fue preguntarme si había escuchado de algún avión que se haya caído hoy, ayer o antes de ayer. Respondí que no, “Es porque no se caen”, dijo y logró convencerme.

Luego de esa charla con la azafata, mucho más tranquilo, subí a mis treinta vuelos anuales como quien se toma un uber. Incluso llegué a quedarme dormido antes del despegue en varias oportunidades. Houston, Los Ángeles, San Francisco, Cleveland, Nueva York, Ciudad de México, Bahamas, todas fueron pasando sin darme cuenta, hasta que el año pasado el miedo volvió sin pedir permiso. Se me agotaron los argumentos, algo tenía que hacer.

Cuando el avión despega todo se vuelve sospechoso para mí. Todo es señal de que algo va a fallar.

¿Por qué la azafata sigue sentada con el cinturón abrochado? ¿Por qué el piloto no saluda a los pasajeros contándonos cómo está el clima en la ciudad de destino? ¿Por qué el motor no hace tanto ruido como hace 5 minutos? Empecé a llevar la cuenta de todo lo que sucede antes de que el avión llegue a los diez mil quinientos metros, la altitud crucero en la cual deja de ascender y se mantiene estable. Tacho mentalmente los pasos previos, las señales que se encienden, el tono con el que hacen los anuncios, las caras de las azafatas caminando por los pasillos. Soy mi propia versión de la Titi cerrando las puertas con llave.

Lo importante para mí es llegar a esos diez mil metros cuanto antes, o al menos encontrar la forma de acortar camino. Algo que me permita desviar la atención durante esos minutos ya que lo que quiero es pasar esa instancia de posibles desperfectos en el despegue que me traumó de chico. Que el dato sea cierto o falso ya no importa, ya hizo su efecto en mí.

Finalmente, el año pasado encontré la solución, una fórmula poco ortodoxa pero que me tranquilizaba. Iba por la ruta alejándome del aeropuerto de la Ciudad de México, cuando vi despegar un avión. Decidí contar cuánto tiempo demoraba en llegar a una altura que me resultara suficiente como para creer estar a salvo. Una altura tomada a ojo hasta que el avión se perdía entre las nubes pesadas del DF. Grande fue mi sorpresa cuando conté hasta treinta y ya no veía más al avión.

¿Cómo puede ser que 30 segundos me parezcan media hora cuando estoy en la cabina?

Probé contar hasta treinta en el próximo vuelo y me encontré con otra sorpresa; el avión sigue subiendo una vez que atravesó las nubes. A los 30 segundos del despegue, el avión está a unos tres mil metros de altura, todavía falta mucho para los diez mil quinientos. Necesitaba al menos 12 minutos más de distracción hasta que las luces de mantener el cinturón abrochado se apagaran.

Jamás podría afrontar un despegue sin música en los auriculares. Y 12 minutos son aproximadamente tres o cuatro canciones, ahí tenía que estar la clave: encontrar un puñado de canciones que me salvaran la vida. En primer lugar descarté poner una playlist en reproducción aleatoria, hay demasiadas cosas fuera de mi control en ese momento como para agregar otra. ¿Un disco que me guste? Descartado, no quiero asociar algo que amo con la muerte. Tenía que encontrar una forma antes de mi próximo viaje, que era hacia la ciudad de Charlotte para cubrir el All Star Game de la NBA.

En esas semanas previas, necesariamente tuve que pensar mucho en el evento y de tanto repetir esas dos palabras, All-Star, apareció como un relámpago la canción “All Star” de Smash Mouth, una banda de fines de los noventa que nadie nunca sintió orgullo de tenerla en su colección de discos o entre sus favoritos en Spotify, a pesar de que tiene más de seis millones de oyentes mensuales en la plataforma. Una especie de La Mosca yanqui, un tipo de música que nadie escucha pero que todos conocen y a nadie molesta cuando suena en un casamiento.

Entonces, después de tanto pensar en el Juego de las Estrellas de la NBA, decidí darle un play culposo a “All Star” de Smash Mouth, y en ese momento, como dice la canción: todo lo que brilló fue oro. Esa era la banda que estaba esperando, una banda que no podía comprender; cuyo éxito no tenía respuestas pero cuyas canciones eran absurdamente pegajosas. Mi cabeza podía estar horas distraída tratando descifrar esa fórmula. Descargué, entonces, las cuatro canciones más estúpidamente tarareables de su discografía. Esas eran las canciones que me iban a llevar a los diez mil metros de altura.

“All Star” arranca con su cantante encarando un flow blanco, dulce y de cachetes rosados. La canción nunca llega a ser formalmente rapeada, pero está al borde. Steven Harwell lo hace bien, es un cantante de oficio, no un rockero. La banda, fiel a su época, tiene un sonido cristalino, todos los instrumentos se escuchan con perfecta definición, se puede oír el último vibrar de una cuerda o distinguir hasta el teclado barato haciéndose pasar por un Hammond. En síntesis, un sonido potente y una voz que te hipnotiza sobre una letra que se estira y contrae con la insistencia de un chicle globo.

Y todo esto lo menciono porque es lo que repaso mentalmente cada vez que escucho la canción arriba del avión. Mi cerebro comienza a chispear cuando el bajo, pesado y circular, marca el ritmo. Es lo que estuve buscando todo este tiempo, poner a trabajar mi cabeza en una pregunta que no tiene solución pero que a su vez no puedo parar de buscarla: “¿cómo puede ser que sea tan irresistible una canción tan empalagosa y prefabricada como esta que tengo en mis oídos ahora mismo?”

Hey now, you’re an all-star, get your game on, go play.

Hey now, you’re a rock star, get the show on, get paid.

Si pongo play en el momento exacto en el que el avión comienza a tomar velocidad previo al despegue –y con treinta viajes de prueba ahora lo hago casi sin pensar–, la canción explota en el estribillo justo cuando la nave se separa del suelo y esa arenga en la que Smash Mouth te hace sentir un all-star y te empuja a salir a comerte la cancha comienza a hacer todo el trabajo.

Al final del estribillo pasaron los 30 segundos reglamentarios, estamos en las nubes. La canción termina a los 5 mil metros de altura, por eso agregué a la lista sus otros hits: “Walking on the sun” y “Can’t get enough of you, baby”. ¡Son exactamente el mismo tema grabado dos veces y con letras distintas! Mi cerebro sigue en combustión tratando de identificar cuál es una y cuál es la otra y por qué el patrón se repite una y otra vez. Siempre con las manos transpiradas, agarradas a los apoyabrazos, y los ojos cerrados. Ahora sé que cuando termine “I’m a believer”, el cover que hacen de Neil Diamond, el avión estará navegando en altitud crucero a diez mil quinientos metros sobre el nivel del mar, las azafatas van a estar usando el pasillo de autopista, los pasajeros más incómodos tratarán de ir al baño y yo podré elegir sin miedo una película de John Hughes para hacer más corto el viaje.

Por supuesto que este método no me garantiza llegar con vida a mi próximo destino, pero sirve para dejar de ver movimientos sospechosos, ruidos que no existen, monstruos en el ala, como en ese viejo episodio de la Dimensión Desconocida. Es jugarle a la mente un truco antes de que ella te haga el truco a vos. Un atajo que te lleva directamente a una pantalla azul pero lo suficientemente tonto como para reiniciar con todos los archivos guardados.

Con treinta viajes al año sigo estando más expuesto que los que viajan menos a morir en un accidente de avión. Si sucede, quizás no queden rastros de mi cuerpo, ni del avión, pero dentro de todas las interrogantes sobre qué fue lo que ocurrió habrá una certeza: yo estaba escuchando Smash Mouth.

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Gerardo Barberán Aquino. Así se llama este autor nacido en Corrientes, pero también se llaman así su padre, su abuelo y algún pariente más. Por eso recibió el apodo “Cococho” de parte de su madre, a minutos de haber nacido, para que se lo identifique más rápido ya que no le gusta perder tiempo. Es autor de TV. Escribió durante diez temporadas en Disney Channel y, desde hace cinco años, está a cargo del desarrollo, producción y realización de contenidos audiovisuales de NBA para Latinoamérica. Cubrió cuatro Finales de la NBA, cinco All Star Games y saludó a LeBron James con un choque de puños el último año que salió campeón. Escribe sobre música y televisión desde hace quince años y su primer libro se llama “Ramones en Argentina”.

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