Afirman que, por las pantallas, los “nativos digitales” son la primera generación “menos inteligente” que sus padres

Un fantasma recorre Europa y espanta a muchos padres que se ya se habían convencido de que sus hijos -que pasan horas frente a las pantallas y las manejan como un campeón- podrían terminar siendo los Bill Gates o los Steve Jobs de los próximos años. El fantasma tiene la forma de un libro, que…

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Un fantasma recorre Europa y espanta a muchos padres que se ya se habían convencido de que sus hijos -que pasan horas frente a las pantallas y las manejan como un campeón– podrían terminar siendo los Bill Gates o los Steve Jobs de los próximos años.

El fantasma tiene la forma de un libro, que lleva como título “La fábrica de cretinos digitales”. Fue escrito por el neurocientífico francés Michel Desmurget y figura entre los “best sellers” de la temporada, aunque no está exento de polémica: muchos lo tildan de “alarmista”.

Tapa del libro “La fábrica de cretinos digitales”, del neurocientífico francés Michel Desmurget.

El libro de Desmurget abrió una grieta entre quienes ponen el acento en los impactos negativos de las pantallas y quienes, por el contrario, creen que la balanza de las nuevas tecnologías se inclina más para el lado de lo positivo.

Con una sucesión de estudios científicos, Desmurget sale a combatir lo que él llama “mitos” y “leyendas”, que atribuye a intereses de la industria tecnológica. Y que postulan que los chicos y los jóvenes, por el dominio de lo digital, hoy tienen un cerebro distinto y nuevas formas de aprender.

El neurocientífico francés Michel Desmurget.

Todo lo contrario, se alarma el neurocientífico. Y exhibe estudios que muestran que los “nativos digitales”, lejos de destacarse en esas habilidades, son la primera generación con un coeficiente intelectual (CI) más bajo que el de sus padres.

Desmurget admite que el indicador del coeficiente intelectual puede tener ciertas limitaciones y que depende de diversos factores sociales, pero apela al llamado “efecto Flynn”: un fenómeno estudiado por la comunidad científica que muestra cómo el CI venía en ascenso entre generaciones por décadas. Hasta ahora, que ha comenzado a reducirse por primera vez en diversos países como Noruega, Dinamarca, Finlandia, los Países Bajos y Francia.

Entonces introduce el interrogante. ¿Por qué sucede esto? ¿Cuánto tienen que ver las pantallas? Desmurget afirma que el excesivo uso recreativo de los dispositivos digitales está afectando gravemente, y para mal, al desarrollo neuronal de niños y jóvenes.

Y que los principales fundamentos de la inteligencia se ven afectados, como el lenguaje, la concentración, la memoria y la cultura. Y que todo esto impacta, finalmente, en la caída en el rendimiento académico que se ve reflejado en pruebas estandarizadas como PISA.

Nicolás Cacchiarelli es médico pediatra y secretario del Comité de Crecimiento y Desarrollo de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). A grandes rasgos coincide con el diagnóstico de Desmurget, aunque precisa que es muy difícil adjudicar la caída del coeficiente intelectual exclusivamente al uso de las pantallas por parte de las nuevas generaciones.

“Hay un montón de otros cambios que está viviendo la sociedad que también puede influir y generar impactos negativos”, le dice a Clarín.

De todos modos, explica que los juegos y la mayoría de las aplicaciones de uso recreativo fueron desarrollados específicamente para inducir a consumir cada vez más. Y eso les quita tiempo a los chicos para hacer otras cosas y aprender otras habilidades.

“Se comprobó que hay una afectación sobre el lenguaje. Los chicos tienen menos capacidad comunicativa, manejan menos palabras. En los menores de 2 años hay impacto en su plasticidad cerebral, en la capacidad de generar redes neuronales. Y en los mayores de 3, los movimientos automáticos de las pantallas limitan la posibilidad de recibir estímulos más diversos”, dice Cacchiarelli.

¿Qué pasa con los adolescentes? Para Cacchiarelli, la satisfacción inmediata de estímulos que ofrecen los dispositivos digitales hace que no ejerciten la paciencia, que se frustren más rápido en el resto de las situaciones de la vida, que haya más grados de ansiedad. También les altera el sueño, las horas de descanso, los puede hacer más sedentarios. Y todo esto afecta el rendimiento académico.

Sofia Lalor, jefa de Neuropsicología Infanto-juvenil de INECO, explica la complejidad que implica medir la inteligencia de un chico. Y afirma que la exposición a cualquier estímulo que limite un contexto más o menos sano puede dificultar el desarrollo adecuado de las funciones que hacen a la inteligencia.

“El exceso de tiempos de pantalla reduce la posibilidad de experiencias de los niños, atenta al control inhibitorio, a la tolerancia, a la frustración, al poder de concentración, a mantener una adecuada calidad del descanso y del sueño, entre otras funciones. La exagerada y prolongada exposición a cualquier estímulo provoca cambios en cómo se procesa la información”, dice Lalor.

Y agrega que “para demostrar un descenso real del CI sería importante contar con estudios longitudinales que valoren esto a lo largo del tiempo, discriminar cuáles son aquellas funciones que se ven afectadas, saber en qué condiciones fueron evaluados estos niños, y si estas diferencias en el funcionamiento se mantienen en el tiempo y en otros contextos”.

Roxana Morduchowicz, asesora de la Unesco en ciudadanía digital, tiene una visión diferente. Cree que “existe cierto peligro de caer en un determinismo tecnológico y pensar el vínculo entre los dispositivos y las personas como una relación de causa – efecto”.

“Ni las pantallas –en sí mismas- generan individualismo, ni nos hacen más sociables. Ni perjudican el aprendizaje, ni mejoran la calidad de la enseñanza. Ni son responsables de la inequidad, ni producen igualdad. No existe una relación lineal entre las tecnologías y los comportamientos. Lo que suceda con ellas, depende siempre de las prácticas, de cómo se las utiliza”, enfatiza.

Con respecto a los adolescentes, afirma que “las encuestas más recientes en la Argentina dicen que sólo uno de diez chicos de 13 a 17 años usa una pantalla a la vez. El 90% las combina e incluso, superpone. Mientras ven un video, se comunican por redes sociales, escuchan música, buscan información y hacen la tarea. Todo al mismo tiempo. Esta es una marca juvenil en el siglo XXI. Pero no debe ser motivo de preocupación. Las investigaciones internacionales más reconocidas no acuerdan ni coinciden en un mayor fracaso educativo por esta característica de multifunción”.

La pandemia obliga a una nueva mirada

Para Nicolás Cacchiarelli, de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), toda esta discusión debe enmarcarse en el actual contexto de pandemia y de encierro que viven los chicos y adolescentes

Afirma que para muchos adolescentes los juegos online resultaron una forma sana de interacción social. “Esto sí es positivo. Se producen charlas, juegan en grupo, eso está buenísimo”, afirma.

Lo mismo pasa con los chicos de más corta edad y la posibilidad que ofrece las videoconferencias para ponerse en contacto con abuelos u otros familiares y amigos.

Recomendaciones para los padres

Antes de plantear consejos para padres, los especialistas se apuran en aclarar que hay distintos tipos de uso de las pantallas: los formativos o educativos a los que, más que limitarlos habría que estimularlos. Y los meramente recreativos, a los que hay que prestar atención. Los chicos usan las pantallas sobre todo para los recreativos afirma Michel Desmurget.

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS), como la SAP y otras organizaciones ya publicaron guías sobre el tiempo aconsejado para que los chicos pasen frente a las pantallas según cada edad. Para el pediatra Nicolás Cacchiarelli lo más importante, más allá de la cantidad de horas, es que en ese tiempo los chicos estén bien acompañados por un adulto.

La SAP recomienda que hasta el año y medio o 2 años los chicos no estén expuestos a ninguna pantalla. Luego, hasta los 5 años a una hora y media por día como máximo. Y de 5 a 12 años, a 2 horas por día.

Para Roxana Morduchowicz, “desde la educación se necesita potenciar los usos que los adolescentes hacen de las tecnologías, crear un programa de ciudadanía digital que fortalezca un uso seguro, crítico y participativo de Internet”.

En cuanto a los padres, la experta les propone que estén al tanto del uso que hacen los niños y adolescentes de las pantallas. “Está muy instalado en las familias preguntarles a los hijos cómo te fue en Matemáticas o en la prueba de Historia. Pero hoy es necesario agregar una pregunta más pocos padres formulan a sus hijos: ‘¿qué hiciste hoy en Internet?’. Es decir, qué te gustó, divirtió, enojó, preocupó, asustó, o qué te dio miedo. Es fundamental estar al tanto de los usos que hacen de las tecnologías, sin invadir la privacidad de los chicos, que también la necesitan”.

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