Estar cerca: un deseo que se olvida rápido

No sé qué edad habré tenido pero intuyo que no más de 10 u 11 años. Acababa de estudiar en la escuela las partes de una flor -enumero: estambre, pétalo, pistilo, polen- y había quedado entre sorprendido y fascinado por el mecanismo detrás de lo que se asocia “sólo” a la belleza. El fin de…

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No sé qué edad habré tenido pero intuyo que no más de 10 u 11 años. Acababa de estudiar en la escuela las partes de una flor -enumero: estambre, pétalo, pistilo, polen- y había quedado entre sorprendido y fascinado por el mecanismo detrás de lo que se asocia “sólo” a la belleza. El fin de semana, en una quinta, decidí que mi sacrificado primo, cinco años menor, debía también conocer las partes de una flor y se las mostré una a una.

No creo que él lo recuerde. Yo sí. Fue la primera vez que en forma consciente daba algo porque sentía que era importante. Novato entusiasmado con la botánica, no imaginaba que se pudiera vivir en la ignorancia de las partes de la flor. Me encantó hacerlo, dar saber (esa sensación, obvio, fue mucho más importante que la nada que le transmití a alguien que no podía entenderlo aún).

Vivimos en un país donde el dar está muy pautado por la obligación y el deber ser: impuestos, cuidado a los familiares, alguna tarea en la cooperativa de las escuelas, del barrio, del club. Hay poco voluntariado, incluso hay quienes quieren donar su tiempo o sus saberes y no saben cómo hacerlo. Lo que propongo puede provocar sonrisas irónicas pero, digo, ¿nos han enseñado a dar?

Si alguna vez la nueva normalidad da paso a la vieja, me gustaría pensar una escuela secundaria en la que haya -alcanza con un año- una materia que se llame “Voluntariado” y que explore las distintas formas de compartir, de entregar algo material o saber o afecto o compañía. Se aprobaría con una pequeña misión práctica. Y digo la escuela porque deja marcas. Pero también podrían incluirse sociedades profesionales, gremiales, los clubes.

Recuerdo a mi papá, ya pasados los 80, viudo, pero todo energía y lucidez. Hacía varias actividades: yoga, universidad para mayores, jugaba al golf. Un día decidió conectarse con un grupo que colaboraba con personas ciegas: un estudiante fue a su casa para que le leyera libros universitarios no disponibles en otro formato. Lo hizo con gusto. Un gesto chiquito pero que ayuda a sentirse cerca, algo que, pareciera, necesitamos casi con desesperación… aunque lo olvidemos rápido.

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