En La Paternal, los recuerdos son la arqueología de un origen mítico

En la esquina de Álvarez Jonte y Linneo, un chico frena su carrito recolector frente a lo que ya era un altar en vida. Es esa convergencia del barrio que todavía no es La Paternal (es Villa General Mitre, pero no importa), donde Diego ya estaba homenajeado en una estatua, varios murales y la reproducción…

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En la esquina de Álvarez Jonte y Linneo, un chico frena su carrito recolector frente a lo que ya era un altar en vida. Es esa convergencia del barrio que todavía no es La Paternal (es Villa General Mitre, pero no importa), donde Diego ya estaba homenajeado en una estatua, varios murales y la reproducción de una foto del mítico rastrojero donde el señor Trotta llevaba a jugar a los Cebollitas.

El muchacho mira con atención, mientras dos bolsas de panes viejos se siguen hamacando en los manubrios del carruaje que ahora está quieto. Saca un celular que nada tiene que ver con los últimos modelos y retrata. Para él, que no debe pasar los 20 años, Maradona representa más que un ídolo deportivo de otros tiempos. Es, más que nada, la quimera de una movilidad social fulgurante. Una vida que acaba de apagarse, pero que con su historia habilita la posibilidad de pensar que, a iguales orígenes, el milagro puede existir.

Argentinos Juniors, cuna de la primera etapa profesional del mejor jugador de todos los tiempos. (Photo by ALEJANDRO PAGNI / AFP)

Un par de cuadras hacia allá, en el perímetro de la cancha de Argentinos Juniors, tiene lugar una suerte de carnaval casto. No es la tristeza de las primeras horas, donde uno podía salir a caminar por la zona y perder la cuenta de la cantidad de personas que atraviesan veredas llorando. Es como si al caer la noche la consigna se hubiera unificado. “Recordémoslo con alegría, como a él le hubiera gustado”, parece ser el pacto tácito en la barriada a la que el 10 dedicó sus primeros años profesionales, cuatro concretamente, un mundo idílico que ya no tiene solución en el campo del fútbol actual. La idea sola de un pequeño club de barrio pudiendo sostener en su primer equipo al mejor jugador del mundo durante varias temporadas sería descartado de cualquier proyecto fantástico de Marvel, inclusive como guión.

En la saga maradoniana, los hinchas de Argentinos Juniors son como los primeros cristianos, pero sin leones listos para devorarlos, ni persecuciones romanas ni catacumbas para albergarlos. Apóstoles, eso fueron. Y fuimos todos, los vecinos, en realidad. Desde el hogar de la infancia de quien suscribe (Elpidio González 2832, 4to A, 1978-1982, en los metros aledaños a Terrada, esquina donde Wikipedia dice que supo vivir el presidente Alberto Fernández) hasta el estadio de Argentinos hay seis cuadras de distancia que podían caminarse con un papá o el papá de un amigo para ver al fenómeno. Ni siquiera había que ser hincha, no importaba. Tampoco tener dinero: en el entretiempo, era ley, los molinetes cedían como una gentileza regulada.

Uno de los tantos murales de la Tierra Santa maradoniana en La Paternal.
Foto Germán García Adrasti – FTP CLARIN ADR_5440.jpg Z GAdrasti

Ahora, el recorrido sigue al otro lado de Jonte. Los nativos de la zona devenimos baqueanos y podemos guiar con los ojos cerrados cualquier rastro del Antiguo Testamento en la zona. En la calle Lascano, en el 2257, una placa alumbra un dato sustancial, justo cruzando la calle de la parada del 24. Ahí vivió la familia Maradona, y fue la casa a la que saltaron desde el mítico origen de pesebre en Villa Fiorito, gracias al trabajo del primer hijo varón de Doña Tota y Don Diego, que con apenas 17 años les mejoró el “barrio privado” (“de luz, de agua y de teléfono”, bromeaba el mejor jugador del mundo) de aquel precario suburbio. En la puerta, seis personas flashean al altarcito que se extiende lo que una puerta de una sola hoja. Hasta que las velas no ardan y el 24 vuelva a pasar, doblando justo en la esquina.

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