La paradoja de un remedio que puede ser más enfermedad

Hay una idea núcleo que anida en el Gobierno nacional. No importa si es el ala dura o la que bordea los confines de la coalición oficialista. Refiere al rol del Estado en general, pero, en particular, a la dimensión que este tiene que adoptar en la crítica coyuntura de recesión, de inflación, de devaluación…

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Hay una idea núcleo que anida en el Gobierno nacional. No importa si es el ala dura o la que bordea los confines de la coalición oficialista. Refiere al rol del Estado en general, pero, en particular, a la dimensión que este tiene que adoptar en la crítica coyuntura de recesión, de inflación, de devaluación y de pandemia.

Cuando la cuarentena reducía a mínimos históricos casi toda actividad productiva, ya quedaba en evidencia que no había Estado capaz de reemplazar al mercado, como tampoco hay mercado que pueda cumplir el papel del Estado. 

Eran los días en los que el presidente Alberto Fernández comparaba el aislamiento obligatorio con la hibernación de los osos, un fenómeno en el que, mientras los ciudadanos se quedaban en sus hogares, el Estado se encargaba de que el mundo estuviera “tal cual lo dejaron antes de hibernar”.

La pandemia sigue entre nosotros, y ese mundo, que ya cambió en todos lados, tiene en la Argentina el agrio y doloroso sabor de una crisis interminable, con más pobreza y más informalidad, y en la que toda respuesta parece tener sólo efectos paliativos.

La paradoja es angustiante: el esperado y lógico tratamiento anticíclico que está ofreciendo el Estado tiene márgenes estrechísimos y límites abruptos en Argentina, pero más preocupantes aún son los efectos colaterales de un remedio que, aplicado en dosis erróneas, puede provocar más enfermedad.

La aventura de la emisión para sostener el gasto público más allá de los confines, y con un duro cepo cambiario para cortar los caminos a la dolarización, además de depreciar la moneda, le sube una marcha a la inflación.

En las Jornadas Monetarias y Bancarias 2020, que organizó el Banco Central, el ministro Martín Guzmán insistió en la idea del rol protagónico del Estado, para gusto y placer de su mentor, el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien también participó del evento.

Pero hasta el joven Guzmán ya palpó las fronteras ásperas: están las que, en la práctica, abortan las “buenas intenciones” expansivas, y aquellas que, en lo simbólico, impiden el vuelo de la confianza. El mejor ejemplo fue todo lo que pasó después de reestructurar la deuda.

“No existe un shock de confianza efectivo para estabilizar en el corto plazo y sembrar raíces firmes para la estabilidad a mediano y largo plazo, debido a que estabilizar requiere cambiar conductas de los participantes en la economía, que no cambian de un día para el otro”, dijo Guzmán.

¿Es acaso una bandera blanca de claudicación? ¿No hay medidas que cambien las expectativas? ¿O es que no hay personas que generen confianza o que asuman el costo de esas medidas? ¿Quiénes tienen que cambiar su conducta? ¿Los que, desde el Estado, definen el juego político y económico, o los que hace décadas vienen soportando las consecuencias de las erráticas y volátiles reglas de ese juego?

No es justo, claro, cargar sólo sobre los hombros de Guzmán culpas que son coparticipadas y que tienen orígenes lejanos. Pero sí le toca domar buena parte de la crisis de expectativas que, desde lo cualitativo, es una brecha diferente de las otras que atraviesan nuestros días. 

Ya se sabe que la historia se repite como tragedia, primero, y como una miserable farsa después. No debería quedarse Guzmán en el lamento de lo imposible. Para eso ya estamos nosotros.

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Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 29/11/2020 en nuestra edición impresa.

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