Cómo “cambia” Te quiero sos perfecto, cambiá

Es extraño. Sí, definitivamente raro. Por más que vayamos acostumbrándonos a que llenemos formularios -la declaración jurada de que no presentamos síntomas de Covid-19, ni el que lo firma ni sus acompañantes, que se sentarán en una “burbuja” separada del resto de los espectadores-, nos tomen la temperatura y nos tiren alcohol diluido en las…

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Es extraño. Sí, definitivamente raro. Por más que vayamos acostumbrándonos a que llenemos formularios -la declaración jurada de que no presentamos síntomas de Covid-19, ni el que lo firma ni sus acompañantes, que se sentarán en una “burbuja” separada del resto de los espectadores-, nos tomen la temperatura y nos tiren alcohol diluido en las manos, lo más sorprendente no sucede allí, en el ingreso al teatro.

Sino adentro.

No solo para los actores, que apenas alguna vez se rozan, que al hacer una comedia no ven en los espectadores las sonrisas, escondidas en los barbijos que el público no puede quitarse, y las risas les deben llegar camufladas.

Peloni y Laura Oliva: la comicidad explotada.

Apenas, sí, se escuchan bien los aplausos.

Pero en una sala como la del Astral, enorme, con el aforo del 30% y en estas épocas de vacas flacas, con puchitos de espectadores diseminados por la platea, la llamada experiencia teatral, sí, es rara. Inusual.

Te quiero, sos perfecto, cambiá es una comedia musical de armado sencillo, estructurada a través de breves escenas con uno, dos o cuatro personajes, que irán cambiando de identidad. Porque se trata de viñetas, diría mi abuela, de situaciones mínimas de parejas, en las que se abordan primeras citas, reconciliaciones, desgaste, separación y hasta levante en un velatorio.

Peloni con Agustín Sullivan, el actor que “fue” Sandro.

Es la tercera vez que Ricky Pashkus la estrena, así que el director de El joven Frankenstein, Los productores, Kinky Boots (que ya volverá) y A Chorus Line sabe de memoria qué botones tocar para que los resortes de comicidad funcionen. La cuestión es qué pasa al cambiar los intérpretes -de aquel estreno en el Maipo en 2004 a la que llevó al Multiteatro en 2011 sobrevivieron dos, Karina K y Natalia Lobo-, ya que en la estrenada recientemente en el Astral son todos nuevos.

Y Pashkus ha adecuado el texto a las características de sus intérpretes, y no al revés.

Los cuatro juntos: Sullivan, Peloni, Otero y Oliva.

Los cuatro ya dieron sobradas muestras de lo que saben y pueden hacer en el género. Están quienes descuellan cantando y quienes son más histriónicos. Está claro que Roberto Peloni marca una diferencia cuando salta a escena. Si la obra es mínima, su vestuario, sus poses, sus movimientos refuerzan eso de ridículo que le impone. Esa convención a la que desde la platea nos sumamos. Y suma.

Pero Laura Oliva descuella en su monólogo, Florencia Otero impone esa presencia ya reconocida. Agustín Sullivan no llega a estar a la altura de cuando fue Sandro, o como se reveló en Hello, Dolly! hace un año, por ejemplo.

Laura Oliva, en su momento monólogo, arranca aplausos.

Si la obra comienza como si le faltara un arranque enérgico, pujante, es también por lo enorme del escenario y la mínima escenografía. Porque Te quiero… funcionaría mejor en un ambiente más íntimo, donde el piano y el violín alcanzarían para “llenar”. Pero no hay arreglos musicales que puedan potenciar con solo dos instrumentos.

La única que repite en escena de aquella puesta de 2011 es Valeria Matsuda, la violinista. Porque la música es en vivo, tocada por Matsuda y Gaspar Scabuzzo al piano.

Divertida, es una obra como para apostar a la vuelta del teatro presencial.

“Te quiero, sos perfecto, cambiá”

Buena

Comedia musical. Autor: Joe DiPietro. Dirección: Ricky Pashkus. Intérpretes: Laura Oliva, Florencia Otero, Roberto Peloni y Agustín Sullivan. Sala: Astral. Funciones: miércoles a sábado. Precio: $1.600.

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