Mundos íntimos. Fui pupila en un colegio en Inglaterra: debí acostumbrarme a los castigos y a no llorar ni a mostrar las emociones

Voy a contarles mi experiencia de pupila en Inglaterra, del colegio donde estuve casi una década hasta los diecisiete años. Para las chicas de clase media alta, ese tipo de educación era aceptada como natural en la Gran Bretaña de mi época. Yo nací en Cape Town, Sudáfrica, un año después de la Segunda Guerra,…

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Voy a contarles mi experiencia de pupila en Inglaterra, del colegio donde estuve casi una década hasta los diecisiete años. Para las chicas de clase media alta, ese tipo de educación era aceptada como natural en la Gran Bretaña de mi época.

Yo nací en Cape Town, Sudáfrica, un año después de la Segunda Guerra, de padres ingleses; mi madre, Sheila Frances Ascoli y mi padre Stanley Víctor Brooks, eran ambos de la Marina de Inglaterra y Sudáfrica. Ellos no querían vivir en Inglaterra porque no tenían una relación buena con mi abuela materna. Pero en 1947 mis padres decidieron volver porque ella, Muriel Carroll-Marx, había insistido en que su primera nieta debería criarse en un país “desarrollado”.

Granny, como yo la llamaba, era muy dominante y todos le tenían miedo. Mis padres no tuvieron otra opción que aceptar su “invitación” a vivir en su casa grande en Londres. Mi padre pasaba los días buscando un lugar donde pudiéramos mudarnos. Finalmente encontró una casa muy linda a unos sesenta minutos de la ciudad, que pudieron comprar con la ayuda de mi abuela. Mi padre eligió esa casa porque estaba lo suficientemente lejos como para que ella no pudiera ir todos los días, solo los fines de semana.

Lesley Brooks cuando era chica (centro), junto a sus padres y a su hermana Jennie.

Allí vivimos ocho años y fuimos muy felices hasta que mis padres se divorciaron y mi hermana y yo, con seis y ocho años respectivamente, empezamos un colegio de pupilas en Sussex. La relación con nuestros padres fue disminuyendo durante ese largo tiempo.

Nos fuimos acostumbrando a la vida del colegio, durmiendo en una sala grande con hasta diez camas, compartiendo la vida diaria: comidas, las clases y hasta los fines de semana. Domingos a misa, vestidas con el uniforme especial para la ocasión incluyendo en verano vestidos hechos de seda (que costaban una fortuna y comprados únicamente en Harrods en Londres).

Yo me sentía feliz, aunque sin saber cómo era la vida fuera de esas paredes. No era muy estudiosa, pero logré pasar siempre de año. Cuando terminé la escuela, un grupo pop que se llamaba Los Beatles apareció en escena y mi mejor amiga, que quería ser actriz, logró un rol de extra en el primer film que hicieron. Le pedí a mi amiga obtener los autógrafos (por las dudas de que terminaran siendo famosos) y John me puso una dedicatoria: “Lesley, si sabes cocinar, cásate conmigo”. Fui corriendo a tomar clases nocturnas para aprender a cocinar, pero mientras tanto John eligió otra mujer y perdí mi chance de ser Mrs. Lennon.

Saint Margaret’s School for Girls, en Sussex, Inglaterra, donde asistió Lesley Brooks.

El colegio se llamaba Saint Margaret’s School for Girls situado en Hastings, Sussex. La dueña y directora, Miss (Doris) Batty, era una mujer con carácter bastante feo y dominante y caminaba mal (supongo que tenía algún terrible problema en los dedos de los pies, porque los zapatos estaban todos deformados) y nosotras la imitábamos detrás de sus espaldas caminando como un pato. Siempre usaba sombreros como si fuera a ir a Ascot o a un evento formal como un casamiento o un Garden Party de La Reina, pero no, era para pasar el día en colegio, nada más.

Escuchábamos a Miss Batty gritar a través del edificio “Matron… Matron… where are you”? (¿Celadora… celadora… donde está?”) aún cuando dormíamos y cada vez que la escuchábamos, o la veíamos, nos llenábamos de miedo.

Allí nos enseñaron el respeto (con miedo) hacia nuestros mayores. Además la disciplina fue una constante y había una planilla grande pegada en la cartelera afuera del comedor con los nombres de las pupilas y, al lado de cada nombre, una podía ver marcas en negro y otros colores y, si una tenía suerte, un dorado. Dorado, obviamente, significaba excelente comportamiento; negro, el peor.

Mi nombre, año tras año se llenaba con marcas negras y la verdad no recuerdo una marca dorada en los ocho años que estuve en el colegio. Mi hermana se portaba mucho mejor que yo y no pasaba por tantos castigos.

El colegio no era bueno en la parte académica porque se concentraba más en educar a las niñas sobre cómo ser ‘ladies’ (damas) y yo siempre digo ahora, de grande, que me pueden llevar a cualquier lugar, hasta tomar el té con la Reina, porque nos enseñaron el comportamiento y la etiqueta. Siempre hablo con mis nietos: si no se sientan bien en la mesa o dejan de poner los codos no voy a llevarlos a tomar el té con la Reina. Y ellos me responden: “¿Quién es la Reina?”.

Volviendo al colegio: cada vez que nos cruzábamos con una pupila más grande que nosotras o una maestra o con Miss Batty, nos teníamos que aplastar contra la pared para dejarlas pasar. El respeto hacia nuestros mayores era constantemente enseñado y hasta ahora, a mi edad de abuela, cuando camino por la vereda, me corro para dejar a la otra persona pasar.

Recuerdo aún hoy, 57 años más tarde, los castigos que recibí. Muchos fueron dejarme sentada en la escalera la mayor parte de la noche. Con frío, asustada por la oscuridad y silencio porque todos estaban descansando. Otro era dormir en el cuarto de aislamiento que era usado normalmente cuando una chica tenía una enfermedad contagiosa, pero cuando no había nadie, se destinaba a castigo. No sé cuál fue peor, la escalera o el cuarto. Ese cuarto no tenía nada adentro, solamente una cama y una silla, nada más. Ni mesita de luz. Sin alfombra y con una ventana muy chica sin cortinas, que dejaba pasar apenas la luz del día. Un horror y bastante similar a una celda en prisión.

Ahí pasé varias noches. Estos dos castigos fueron por “crímenes” que no recuerdo, pero que no debieron haber sido terribles. Quizás porque me pescaron robando una rebanada extra de pan durante la cena o comiendo el plato de mi amiga sentada al lado mío porque a ella no le gustaba. O por correr en los pasillos.

Volviendo al tema de la rebanada de pan: recuerdo que nosotras en el dormitorio, a veces éramos diez, festejábamos la última noche del colegio antes de partir para nuestros hogares para pasar el verano robando una rebanada de pan y escondiéndola debajo del piso del dormitorio. Los pisos estaban hechos de madera (parquet, pero sin lustrar) entonces era muy fácil buscar un pedazo de piso flojo para levantar y dejar el pan adentro. Esta operación de “Robo de Pan” comenzaba unos días antes y cuando llegaba la noche del festejo, el pan estaba lleno de moho verde y azul. Pero no nos importaba, lo comíamos igual y por milagro ninguna se enfermó. Quizás hoy tampoco me enfermo por aquel mal estado de la comida que me brindó anticuerpos, ya incorporados dentro mío.

Uno de los “crímenes graves” que recuerdo era llorar como resultado del castigo o cuando una maestra o prefecta (una pupila en su último año del colegio) nos retaba. Llorar era un crimen de los peores y hasta el día de hoy yo no logro llorar.

Mi personalidad también cambió durante esos años: ser como un camaleón. El camaleón va cambiando el color de su piel según sus alrededores para que el predador no lo vea y se lo coma. Entonces yo aprendí a enmascarar mis emociones y sentimientos para evitar otro castigo.

Recuerdo durante una clase de matemáticas -la odiaba y hasta el día de hoy no puedo sumar dos más dos- la maestra de pura frustración hacia mí, se paró de su escritorio y literalmente lo levantó y me lo arrojó. Por suerte la mesa no llegó a pegarme porque yo hubiese terminado en el hospital con un hueso roto, o peor.

¿Pero estábamos en Siberia o en Inglaterra? En el colegio durante el invierno hacía muchísimo frío y el edificio se congelaba. En las noches heladas nos dejaban acostar con bolsas de agua caliente (para nosotras, un lujo). No había calefacción porque en aquella época los edificios estaban construidos con la cañería afuera.

Después de una noche de puro congelamiento, todas las cañerías se tapaban (y a veces explotaban) y cuando nos despertábamos a la mañana siguiente no había agua en ningún lado. Tampoco había calefacción adentro de la casa, ¡hacía tanto frío! y cuando salíamos de las camas calentitas, nuestras narices comenzaban a ponerse rojas, entonces nos informaban que teníamos que usar la misma agua de las bolsas para lavarnos la cara y los dientes!

Otra anécdota era el día de bañarse. No todos los días, no, por favor. Podíamos bañarnos una vez en la semana y usando la misma agua que las dos chicas anteriores, entonces era un privilegio ser la número uno para bañarse y el castigo peor de la vida si te tocaba bañarte número tres.

Tratábamos de armar una lista, pero siempre ‘la mafia’ de las chicas privilegiadas lograba desarmarla y una de ellas aparecía como número uno en la lista.

Había un grupo de prefectas que eran chicas que iban a terminar el colegio en julio de ese año. Elegidas por las mismas alumnas, este grupo consistía en una “Head Girl” (la sheriff) y seis delegadas. El criterio de las prefectas era que estaban para ayudar más que nada con la disciplina y tenían mano libre para castigar. Tres veces durante el año, las prefectas tenían una ‘reunión’ con sus equipos de alumnas, elegidas al principio de año, y estas reuniones eran para hablar de las marcas negras, rojas o doradas que las alumnas fueran acumulando durante el año lectivo. Las que acumulaban las marcas negras y frenaban al equipo para ganar el gran premio al fin del curso eran castigadas por las prefectas con deberes extra, escribiendo “I must not…” (“No debo…”) hasta doscientas veces.

En invierno la reunión se hacía en el living personal de Miss Batty. Este lugar durante el año estaba completamente fuera de los límites de las alumnas, entonces cuando una estaba ‘invitada’ a entrar ahí, automáticamente comenzaba a temblar. Yo fui ‘invitada’ varias veces durante cada año lectivo, hasta que las prefectas se cansaron de ver mi cara. Una vez, el castigo fue mucho más duro. Aparentemente haber escrito tantas veces que yo no tenía que hacer tal cosa, no había alcanzado. Entonces durante un anochecer, en invierno, hacía mucho frío, las prefectas habían tenido permiso para prender el calefactor eléctrico para darles un poco de calor.

Imagínense cuál fue el castigo: me hicieron parar justo en frente del calefactor por un intervalo de unos quince minutos. Mis piernas se estaban quemando, pero mis gritos fueron ignorados totalmente, hasta que admití el crimen que supuestamente yo había cometido y no escucharon mis plegarias de que yo no había sido la que “había robado las estampillas de otra chica”. Yo tenía una colección de estampillas muy grande y valiosa (hereda de mi bisabuela) . Muchas chicas le tenían envidia. Entonces sospecho que una de ellas decidió denunciarme como ‘ladrona’ de sus estampillas, que fue bastante ridículo en principio considerando que si yo tenía la colección más grande, entonces, ¿para qué querría más de las mismas?

No fui ladrona, sola y sencillamente traviesa, pero robar, nunca. Esa vez me mandaron al cuarto de aislamiento de nuevo y ahí me quedé unas noches, en realidad fue cerca del fin del curso y me hicieron perder el banquete del pan debajo del piso en el dormitorio para festejar. Al día siguiente, sin embargo, me dejaron salir del cuarto de castigo e ir a mi casa. Eso sí, sin poder defender mi inocencia del caso y supongo que hasta el día de hoy mi nombre está ahí, anotado en la página de crímenes:



​Lesley Brooks – castigada por robar una cantidad de estampillas.

Menos mal, poco después de recibirme, cerraron el colegio y el edificio fue demolido, con la esperanza de que los récords de los “crímenes” de su alumnado fueran destruidos también.

La reflexión sobre mis experiencias como pupila es buena y mala: buena por haber aprendido el arte de la independencia a temprana edad -saber defenderme sola- pero por otro lado salí con la tristeza de no haber vivido una niñez libre y feliz, como muchas de mis amigas del barrio. Ellas asistieron a colegios ‘normales’, iban a clases durante el día y volvían a sus casas con sus familias para comer y dormir y es este punto el que pensé mucho después de dejar mi colegio pupilo, porque durante el período de internación yo era feliz sin saber que existía otra forma de educación. Cuando tuve conciencia del tema, al dejar el colegio, me dolió por mucho tiempo.

Por eso mis hijas asistieron a un colegio “normal”, volvían a casa al fin del día para comer con nosotros, dormir por las noches en sus propias camas y pasar a los fines de semanas en familia, ¡felices y libres!

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Lesley Brooks de Bennett nació en Sudáfrica en el año 1946 y al año sus padres la llevaron a vivir a Inglaterra. Allí se crió en un colegio pupila hasta los diecisiete años. Se casó en 1977 con Tomas Bennett, nacido en Rosario. Su primera hija, Melissa, nació en 1978 en Inglaterra y en 1980 la familia emigró a la Argentina. Se establecieron en Don Torcuato, donde en 1981 nació su segunda hija, Tessi. Dos años después de su llegada a Buenos Aires y hasta la fecha, Lesley dictó clases particulares de inglés y trabajó en varios colegios. En la década del 90 inició un pequeño Instituto de Inglés con sede en San Isidro. Lesley ha publicado su biografía, con el título “Acá y allá”.

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