Incluso grandes nos sentimos huérfanos

Ya lo he contado, creo, pero me hace bien compartirlo de nuevo. Tenía 48 años cuando murió mi mamá: era un hombre hecho y derecho, profesional con trabajo, casado, dos hijos, sin angustias evidentes. Sin embargo, la primera sensación fue de tremenda desprotección. Quedaba solo, sin refugio vital, ese amparo que quizás mi mamá ya…

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Ya lo he contado, creo, pero me hace bien compartirlo de nuevo. Tenía 48 años cuando murió mi mamá: era un hombre hecho y derecho, profesional con trabajo, casado, dos hijos, sin angustias evidentes. Sin embargo, la primera sensación fue de tremenda desprotección. Quedaba solo, sin refugio vital, ese amparo que quizás mi mamá ya no me podía dar porque estaba grande y no tan bien, pero que mientras ella vivía, seguía ahí, tácito, silencioso. Con las charlas, con las visitas, con las historias compartidas.

Su muerte se tradujo en un barniz oscuro que se repitió cuando murió mi papá: haber perdido a alguien que en sus respuestas pensara más en mí que en ella (o él).

Se podía equivocar, claro, pero esa es otra cuestión; no había intención sesgada desde el vamos. Eso es sentirse huérfano: saber que ya murió la protección. La honestidad visceral y el recuerdo de un poder mágico que nos acariciaba ante los temores nocturnos o los miedos que íbamos a enfrentar.

A veces intuyo que esa pasión argentina por hacer terapia -en nuestro país hay 198 psicólogos cada 100.000 habitantes, en Europa la media es de apenas 18- se vincula con cómo procesamos la relación tan única con los padres. Los amigos, la pareja, los hijos -si adultos- son oídos que también necesitamos. Pero no siempre se les puede contar sin herir: hay dudas que a veces molestan y se necesita un espacio propio, diferenciado, para poder abrirlas, pelotearlas, entenderlas.

¿Cumplen los terapeutas, en lógica simbólica, una función materna o paterna? Muchos dirán que suponerlo es una barrabasada. Quizás. Pero hay algo que los une: en un caso por amor, en otro por la lógica de la profesión, se intuye que ambos están despojados de otros intereses. Los dos quieren -debieran querer- que uno tenga alas, que no se quede empantanado. ¿La diferencia? El amor incondicional. Eso es algo que, por suerte, sólo lo vamos a mamar en casa. Si no, dejaría de ser único.

Haber sido huérfano a los 48 años. Ya me da menos vergüenza decirlo: no es una protesta ni una queja, sólo un reconocimiento para seguir adelante.

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