La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un deseo

Odiaba la arena: el mero roce en la piel, la persistencia entre los pies y lo peor de todo, el chirriar entre los dientes. Pero sus congéneres elegían la playa como forma de esparcimiento y no quería permanecer solo como un caracol. Cada media hora se aplicaba una ducha a toda presión en el vestuario…

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Odiaba la arena: el mero roce en la piel, la persistencia entre los pies y lo peor de todo, el chirriar entre los dientes. Pero sus congéneres elegían la playa como forma de esparcimiento y no quería permanecer solo como un caracol.

Cada media hora se aplicaba una ducha a toda presión en el vestuario unipersonal del balneario. Entró para cumplir con ese rito higiénico, pero al abrir la puerta de madera una visión lo desguazó: bajo el chorro poderoso de la ducha, la semblanza de la belleza en estado puro. Una mujer desnuda con el rostro hacia arriba, dorada por una luz que no parecía del día, con los brazos alzados y las manos tomadas en arco, los relieves y las hendiduras expuestos en su momento mejor, con la intensidad del mundo antes del hombre.

Ella, con los ojos cerrados, disfrutando su baño, percibió que un intruso la observaba, dejó ver unas pupilas verdes con la fosforescencia del coral, y dijo como si no importara, sin miedo pero firme: – No me hagas nada.

Reflexionó menos de un instante, y agregó, comprendiendo: -Me equivoqué de vestuario.

Rus asintió tragando saliva. La miró por inercia, aún menos tiempo que el casi instante que ella había tomado para echarlo, y pensó, antes de salir y cerrar suavemente la puerta, que esa mujer sería su único refugio contra el espanto inconmensurable de la vida cotidiana. Al pisar el primer escalón en bajada, descubrió que no había ni un grano de arena en ninguna parte de su anatomía. Tampoco se le pegó por el resto del día.

La buscó, infructuosamente; averiguó por ella, su nombre, su ubicación. No existían por entonces las comunicaciones virtuales, ni los celulares, y el teléfono fijo era un albur. En la costa no había otro modo de encontrarla que no fuera la casualidad. Finalmente se la topó, como los astronautas la luna.

Esas alquimias aparecen un día o nunca. Le dijo que le ofrecía ser el uno para el otro por el resto de sus vidas. Dios los había unido, y ninguno de los dos tenía derecho a separarse. Ella replicó que no creía en Dios, pero que si quería un día, no ese, podían tomar algo.

Rus insistió: lo que había ocurrido no era normal, sino una revelación, para ambos. Ya nunca podría estar con otra mujer, ni ella con otro hombre. Ella se rió y le dijo que hiciera la fila.

Esa misma noche, junto al mar, decidido a cruzar a nado hasta donde le dieran las fuerzas, Rus fue abordado por un genio. La criatura, de una estatura engañosamente medida, y una coraza aceitunada y brillosa a modo de piel, le ofreció a Rus un deseo a cambio de un secreto humano: ¿cuál era el secreto que había decidido llevarse a la tumba? ¿Por qué aceptarías esa revelación como trueque?, quiso saber Rus antes de responder. “Es moneda entre los míos”, aclaró el genio: vale oro.

Rus confesó y el genio le concedió su deseo. Al terminar el verano, comenzó su romance con Valentina, la mujer a la que había encontrado fortuitamente desnuda en la ducha. Ella en el interín había vivido y dejado otro amor. Desde el mediodía en que se reencontraron, Valentina lo quiso para siempre. Con el correr de los años, ella propuso hijos, pero Rus no aceptó. Nos tenemos el uno al otro, repetía Rus: no quiero compartirte con nadie. Aunque a ella cada año le costaba más resignar el paso del tiempo sin fertilidad, le gustaba el egoísmo del hombre, porque le recordaba cuánto la deseaba.

No eran de muchas palabras, pero en las noches vacías Rus le susurraba cómo la había descubierto bajo la ducha y, por medio de un sortilegio incomprensible, el cuerpo de la mujer retornaba al relumbrón de aquella escena primigenia.

Pasados los cincuenta compartían un enigma: cuando Rus evocaba aquella mañana en la ducha, Valentina rejuvenecía. Anteriormente, había sido la recuperación de una epifanía sensorial. Pero en la cincuentena, era la fuente de Juvencia; no una sensación ni una atmósfera: materialmente su piel, sus relieves y ensenadas recuperaban la prodigalidad de sus veinte años.

Valentina era una mujer feliz: no se reconciliaba con su maternidad perdida, pero gozaba del privilegio de poder ser continuamente, aleatoriamente, deseada como en su momento cúlmine. Hasta que cuando cumplieron sesenta, Rus le anunció que se iría. Valentina reaccionó desconcertada.

– Ya sé, a tantas de mis amigas les pasó lo mismo- argumentó-. Pero vos me podés tener siempre de veinte, y nos llevamos bien. Creo que no te abrumo, y te amo.

– Yo siempre te amé- respondió Rus-. Y no es porque me hayas aburrido o desencantado que me marcho: es porque me dijiste que no.

Valentina compuso una expresión interrogativa que la volvía más bella. Rus le presentó sobre la espuma del mar el deseo que le había pedido al genio aquella noche decisiva: una mirada al futuro con ella si le hubiera dicho que sí a su primera propuesta. Tenían hijos, nietos y no obstante ella seguía joven cada vez que Rus la evocaba bajo la ducha.

– Eso es lo que hubiéramos sido si me hubieras dicho que sí.

– Pensé que tu deseo era conquistarme -se lamentó Valentina.

– Eso no se pide ni a un genio -respondió Rus-. Ocurre o no.

Siguió su camino sin volver la vista atrás. No temió por ella: desde aquella primera vez, era más fuerte que él.

WD

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