La nueva historia de Marcelo Birmajer: El ausente

Faltaba Manuel. El equipo estaba listo desde hacía una eternidad para aquella revancha. Los rivales también. Pero sin Manuel no se podía jugar el partido. El desafío había comenzado durante el año 1930, en paralelo al Mundial. El seleccionado de quinto grado del colegio Los Patricios, contra los Vencedores de Acassuso, de la misma edad.…

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Faltaba Manuel. El equipo estaba listo desde hacía una eternidad para aquella revancha. Los rivales también. Pero sin Manuel no se podía jugar el partido.

El desafío había comenzado durante el año 1930, en paralelo al Mundial. El seleccionado de quinto grado del colegio Los Patricios, contra los Vencedores de Acassuso, de la misma edad. Aquellos 22 jugadores de 10 años dejaron el alma en una cancha para adultos. Jóvenes y entusiastas como eran, les faltó el aire en más de una ocasión.

La pelota era pesada y pajosa: por momentos, como patear una piedra. Manuel escapó por la punta izquierda, el zaguero rival lo guadañó. Manuel cayó, rodó, pero se levantó como un junco. Los presentes no olvidarían: la redada que lo había arrastrado por el campo moteado de pasto y tierra, el cuerpo girando horizontal, levantando polvo, y el muchacho levitando, alzándose sobre sus propias piernas, como un aparecido, emergiendo, retomando la pelota, encarando el arco y metiendo al arquero contra la red, de un pelotazo fulminante.

Los Vencedores de Acassuso habían perdido el partido de ida. No lo podían sufrir. El Parque Patricios conservaba esa victoria imposible, y las esquinas les parecían a los de Acassuso burlonas.

Se había fijado la revancha el 6 de septiembre, junto al río, en la cancha de los derrotados. Pero sobrevino el golpe de Uriburu y se suspendió. El padre de Matías Cerrini, el zaguero que había barrido infructuosamente a Manuel, fue uno de los quince muertos -en su caso, en defensa de Irigoyen- de aquella jornada luctuosa, en la que apareció, como camarada de armas de los golpistas, a la vida pública Juan Domingo Perón. La familia Cerrini huyó al Paraguay.

La revancha aguardaba el regreso de Matías: los 21 jugadores restantes no podían saldar el desafío sin uno de los dos participantes de la escena crucial. Pero Matías nunca más regresó a la Argentina. De Paraguay, donde casó enamorado con una mujer a la que adoró por el resto de su vida, cruzó algunas veces al Brasil; pero ya no a la patria de donde venía, en la que habían asesinado a su padre.

Pasaron los años, la revancha no sucedía, pero tampoco se olvidaba. En la adolescencia, intercambiaron un par de cartas con el exiliado. ¿Tenés miedo de la revancha?, preguntó el arquero de los Patricios. Matías respondió de inmediato, aunque el sobre con la estampilla, ilustrada con una imagen de la guerra del Chaco, llegó tres semanas después: “Vengan ustedes a jugarlo a Asunción”.

Por esas cosas del destino, tan inexplicable como los resultados y las ausencias, los 21 restantes se siguieron reuniendo, siempre mentando la futura revancha, incluyendo la remota posibilidad de viajar al Paraguay para librarla.

En el ’73, cuando promediaban la cincuentena, Rivaldi -nunca mejor elegido el apellido- ganó la segunda edición del Prode: suficiente para pagar el pasaje de los 21 y la estadía en Asunción. Matías los esperaba entusiasta.

Pero falleció Atanasio, el delantero Patricio con el que Manuel había comenzado, en pared, aquella jugada inolvidable. Entre las exequias y el duelo, se abandonó la odisea. Paradójica y trágicamente, Atanasio murió en Ezeiza -de donde debieron haber salido- por una bala perdida, durante el recibimiento del fallido retorno de Perón. “Hubiera sido el viaje perfecto: pero Atanasio se fue antes”, reflexionó junto al ataúd Parsoli, el arquero al que habían metido con pelota en el único gol del único partido.

Se juramentaron viajar al año siguiente. Pero la muerte de Perón modificó radicalmente los planes del mediocampista Federisi. Desde Buenos Aires, trabajaba para una multinacional italiana: lo convocaron a la casa matriz y llevó a toda su familia. Ya no volvería de Roma hasta el año ’87.

En los 90, entrados en la séptima década de sus vidas, los equipos habían sido impactados -no raleados- por muertes ocasionales: aneurisma, cáncer, paro cardíaco. Pero eran más los vivos que los idos. Excepto por la muerte imperdonable de Atanasio, ningún otro había sido derribado por los sanguinarios avatares políticos nacionales: no los habían matado los montoneros, ni la triple A, ni habían desaparecido durante la dictadura del 76/83.

Pero en el 2000, el saldo dio negativo: los sobrevivientes bromeaban con jugar alguna vez la revancha en el cielo. En 2010, ni siquiera bromeaban: de hecho, Juski era uno de los dos aún residentes en este mundo y no recordaba aquel partido, aunque sí la jugada. Murió sin su propio nombre. Pero en 2020 la broma, como tantas veces, cobró visos de seriedad. Manuel era el único vivo y con memoria. Sus compañeros se habían reunido en el Más Allá, y con la misma pelota con la que habían jugado aquel partido en Parque Patricios, pajosa, fofa y pesada, lo aguardaban para la revancha. Habían recuperado las energías de los 10 años, y ya no se cansaban ni olvidaban.

No existía el tiempo. Salticaban en el lugar, se frotaban las manos. Habían elegido el mismo clima de aquella vez, un día especialmente frío en Buenos Aires, poco antes de la primavera. Pero Manuel, el ausente, no subía. Era el único que faltaba para poder jugar la revancha. Los muchachos no podían evitar alentarlo para que asistiera. Manuel contrajo coronavirus, con cien años, y lo superó. Con la misma estampilla de la guerra del Chaco Boreal, en el mismo sobre, les envió a sus compañeros de equipo y a los rivales la misiva, tan definitoria como aquel único gol en Parque Patricios: “No hay revancha: es un solo partido”.

WD

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