Gary Cooper: el galán insaciable que fue amigo de Picasso y se compró uno de los autos más caros de la historia

Gary Cooper pudo haber sido un vaquero full time. Pero entonces, el cine no habría contado con sus servicios, el cielo de Hollywood hubiera tenido una estrella menos y seguramente tampoco él hubiera ganado la fama de conquistador que lo identifica y el prestigio que acompaña su posteridad. A los 18 años, al muchacho que…

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Gary Cooper pudo haber sido un vaquero full time. Pero entonces, el cine no habría contado con sus servicios, el cielo de Hollywood hubiera tenido una estrella menos y seguramente tampoco él hubiera ganado la fama de conquistador que lo identifica y el prestigio que acompaña su posteridad.

A los 18 años, al muchacho que había nacido el 7 de mayo de 1901 en Helena, una localidad de Montana, en la región Noroeste de los Estados Unidos lo único que le interesaba era conectar con la tierra, lejos de las formalidades de los salones y los modales refinados.

A tal punto que, tras una experiencia adolescente en Inglaterra, adonde mamá Alice y papá Charles Henry, ranchero a la vez que juez de la Corte Suprema local, lo habían enviado para que tuviera una formación british, el todavía llamado Frank James decidió abandonar los estudios para ponerse el sombrero de cowboy y las botas de montar.

Gary Cooper aprendió desde muy pequeño los rudimentos del campo, y su imagen de vaquero fue una marca registrada de su identidad.

Para entonces, ya arrastraba como marca de identidad una lesión de cadera fruto de un accidente automovilístico, que condicionaba su manera de caminar y lo obligaba a inclinarse de un modo particular al cabalgar, arte que aprendió en Seven-Bar Nine, el rancho de 240 hectáreas que su padre compró cuando él tenía apenas 5 años.

Pero contra la voluntad del joven Cooper, el destino tenía guardada otra carta para su vida, que la profesora de lengua Ida Davis jugó a pleno cuando papá Charles trató de “reencauzarlo” anotándolo en la Gallatin County High School de Bozeman, para que retomara sus estudios.

Fue entonces cuando el arte captó definitivamente su atención; primero a través de la pintura y más tarde en el ámbito universitario del Grinnell College, que de todos modos abandonó un año después de haber ingresado, para probar suerte en Chicago y terminar regresando a su Helena natal.

De vaquero a actor

Finalmente, como en tantos otros casos, fue un hecho casi casual el que definió lo que sería su plan a largo plazo. Un viaje de sus padres a Los Ángeles para asumir la administración de un par de propiedades fue el preludio de su propio desembarco en la ciudad. Y ahí ya no hubo vuelta atrás.

Gary Cooper en un fotograma de la notable “A la hora señalada” (1952).

Allí, “apadrinado” por un par de amigos y el campeón de rodeo Jay «Slim» Talbot, ‘montanense’ como él, descubrió que sus habilidades como vaquero podían servir para algo más que para arrear vaquitas propias, y un casting le abrió las puertas al mundo de la actuación.

Extra por 5 dólares al día y doble de acción por 10; ese fue el acuerdo que cerró Cooper, con la intención de juntarse unos mangos para estudiar actuación. El tiempo le demostraría que no podía haber tomado una decisión más acertada.

Entre 1925 y 1926, Cooper participó del rodaje de 19 películas, como extra, vaquero o soldado romano; de la iniciática Dick Turpin a Ben Hur y La colina encantada, pasando por El águila negra, secundando a Rodolfo Valentino y en el papel de un cosaco enmascarado.

Gary Cooper, junto a Ingrid Bergman, en Por quién doblan las campanas, el filme de San Wood sobre la novela de su amigo Hemingway.

Al final del bienio, había cambiado su “Frank” original por el “Gary” con el que se haría famoso, y había firmado un contrato por 50 dólares a la semana con un tal Samuel Goldwin, que para entonces ya había vendido su compañía Goldwyn Pictures, con el leoncito incluido, al creador de la Metro-Goldwyn Meyer, con cuya gestión él nada tuvo que ver.

A partir de entonces, Gary Cooper participó en al menos unos 90 filmes. Entre ellos, Alas, la primera realización que obtuvo un Óscar a Mejor Película, en la primera edición de los premios. La entrega se llevó a cabo en 1929 en un hotel de Los Ángeles, en el marco de una cena con 270 comensales, a 5 dólares el cubierto.

De ahí a convertirse en una especie de héroe popular, sólo fue cuestión del tiempo que le llevó asumir roles de diferente tenor en títulos emblemáticos como Adiós a las armas, Deseo, El secreto de vivir, El manantial, El sargento York, Sus dos pasiones, A la hora señalada

El estilo de Cooper, con mucho de economía expresiva, cautivaba por igual a directores y público. A tal punto que se tomaba la atribución de cambiar a su gusto las líneas que no le parecían apropiadas para sus personajes, sin que nadie se enojara por eso.

El rodaje de La rebelde fue el escenario del inicio de la historia de amor entre Cooper y Patrick Neal. Foto ARCHIVES: GARY COOPER

“Se niegan a decir o hacer cualquier cosa que no esté en consonancia con sus propios personajes”, dicen que decía Lee Strasberg sobre la estirpe de actores que integraba Cooper. Y lo asumía como una virtud que también destacó, entre muchos otros, el director francés François Truffaut.

Caracterizado como cowboy, soldado, romántico irresistible o beisbolista, lo mismo daba, Cooper iba agigantando su figura actoral, con dos estatuillas de la Academia como respaldo -obtendría una más, en 1961, en reconocimiento a su trayectoria-, mientras en paralelo sumaba nombres a la lista de mujeres con las que mantuvo algún tipo de vínculo íntimo.

Romances, un aborto y una acusación 

La primera relación que se le conoció -lo cual no quiere para nada decir que no hubiera habido otras antes- fue la que mantuvo con Clara Bow, quien impulsó su carrera ayudándole a conseguir uno de sus primeros papeles importantes en Los hijos del divorcio.

Le siguieron Evelyn Brent, un par de años mayor que él; y luego la mexicana Lupe Vélez, mientras también compartía parte de su tiempo con Marlene Dietrich y con la bellísima Carol Lombard. Cuentan que tras su casamiento con Verónica Balfe, en 1933, con quien tuvo una hija, Maria, Cooper se mantuvo leal a su pareja durante casi una década. Incomprobable.

Cooper y Bergman, una pareja que también se extendió más allá del set de rodaje. Foto Diapos nb-couleurs point archives 1943 film

Pero a efectos de su biografía oficial, que ese período haya sido interrumpido por la aparición en escena de Ingrid Bergman no deja de agregarle glamour y morbo a una historia cuyo capítulo siguiente llevó el título Patricia Neal.

Para entonces, Cooper ya no se preocupaba tanto por ocultar su nueva “aventura”, y mucho menos lo hizo cuando la cosa fue más en serio y terminó confesándole a su esposa que estaba realmente enamorado de quien luego sería la esposa del escritor Roald Dahl, autor de maravillas como Charlie y la fábrica de chocolate y Matilda, entre otras grandes obras.

Sólo que esta vez la cuestión adoptó una tonalidad de gris tirando a bien oscuro, enmarcada entre el divorcio que le pidió Balfe, y el aborto de un embarazo de Cooper al que se sometió Neal, quién además acusó al actor de haberla golpeado al enterarse que había tenido una cita con Kirk Douglas.

Durante el período de alejamiento que mantuvieron Cooper y Veronica, la estrella de Hollywood siguió agregando nombres a su nómina de amistades íntimas. Algunos de ellos rutilantes, como el de la muy joven Grace Kelly, además de los de Lorraine Chanel​ y Gisèle Pascal.

La relación apasionada de Gary Cooper y Patrick Neal terminó de mala manera, con un aborto y presunta violencia de género de por medio Miller ARCHIVES: GARY COOPER

Sea como haya sido, en 1953 Cooper regresó al hogar que había compartido con Verónica, con quien recompuso su pareja, que mantuvo incólume aún cuando se sospecha que poco después fue la española Sara Montiel con quien Cooper extendió su vocación por llevar sus romances de ficción a un plano más real.

Un plano en el que además, cultivaba amistades con personajes como Ernest Hemingway, quien se basó en su figura al crear el personaje de Robert Jordan para su novela Por quién doblan las campanas, o Pablo Picasso, a quien conoció en 1956, merced a ese amor y respeto por la pintura que nunca perdió.

Como el respeto que mantenía por el valor de la amistad, que Cooper sacó a relucir cuando, a pesar de su republicanismo y anticomunismo confeso, mantuvo silencio ante la “invitación” del Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes a “marcar” colegas que simpatizaran con ideas de izquierda.

En 1957, Cooper compartió el filme Amor en la tarde con la bella Audrey Hepburn. Foto AP-Allied Artists

Y como el amor que sentía por salir a cazar y empuñar un arma, disfrutar del aire libre, ir de pesca o “cabalgar” algún buen auto deportivo. Su decisión de comprar en 1930 su primer Duesenberg, un modelo J Derham Tourster, certifica de algún modo esa pasión, que ratificó cinco años después.

Una joya llamada Duesenberg

Entonces, en un intento por reactivar sus ventas, la marca utilizó su viejo chasis J para montar sobre él su modelo SSJ. Fabricaron dos unidades, una para Clark Gable y otra para Cooper. El plan de marketing fue prestárselos durante seis meses, para que lo probaran.

Al cabo de ese período, el protagonista de Lo que el viento se llevó devolvió su unidad. Su colega, en cambio, desembolsó los 5 mil dólares en los que estaba tasado el vehículo, que pidió que pasaran su color de un beige combinado con marrón, a una elegante combinación de grises.

La inflación estadounidense llevó aquellos 5 mil a unos 92 mil dólares de hoy, por supuesto sin quita de ceros ni nada por el estilo. Pero lo que amplificó notoriamente el valor del Duesenberg de Cooper fue que la marca considerara que no valía la pena seguir fabricando el modelo.

Una joya: el Duesenberg SSJ de 1935 que perteneció a Gary Cooper, por el que se pagaron 22 millones de dólares. Foto Miles Collier

Pasó el tiempo, el SSJ pasó de manos en un par de ocasiones, hasta que finalmente aquella decisión tuvo su repercusión más resonante en julio de 2018, cuando el vehículo salió a subasta en los Estados Unidos.

Las proyecciones más delirantes aventuraron un valor que orillaría los 10 millones de dólares. El 27 de agosto siguiente, los medios consignaron la venta del auto de Cooper en 22 millones. Una cifra que lo convirtió en el auto estadounidense más caro de la historia.

Un cáncer que no pudo superar

Por su parte, en abril de 1960 Cooper debió ser sometido a una operación para tratar un cáncer de próstata que se le había extendido al colon. El paso siguiente fue, cuatro meses después, una intervención para extirparle un tumor del intestino. No fue suficiente.

A pesar de que el actor intentaba mantener una agenda activa, en enero de 1961 la enfermedad había afectado también sus pulmones y sus huesos. Aún así, Cooper participó de una cena que en su honor organizaron Frank Sinatra y Dean Martin. “El único logro del que me siento orgulloso es el de los amigos que he hecho en esta comunidad”, dicen que dijo entonces.

El 17 de abril siguiente vio por la tele como su amigo y colega James Stewart recibía el Óscar a la trayectoria que le había otorgado la Academia de Hollywood. El tercero de su cosecha.

Con el final a la vuelta de la esquina, el actor recibió mensajes de aliento de la reina Isabel II, el presidente John Fitzgerald Kennedy y hasta del mismo Papa Juan XXIII. Gary Cooper murió a las 0.47 del sábado 13 de mayo de 1961.

E.S.

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