De preservativos a sex toys: la historia del empresario que tiene una fábrica “de felicidad”

La pantalla negra de su celular se enciende. Clac/chaca/clac/chaca/clac… “Hola, mamá. Sí, sí, en la entrevista… Dale, claro. Después te llamo”, corta y lo deja de nuevo sobre el vidrio del escritorio, donde asoman unos dibujos de sus hijos. “Es el ruido de mi máquina favorita, la que envasa las cajitas de tres preservativos”, explica. El departamento…

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La pantalla negra de su celular se enciende. Clac/chaca/clac/chaca/clac… “Hola, mamá. Sí, sí, en la entrevista… Dale, claro. Después te llamo”, corta y lo deja de nuevo sobre el vidrio del escritorio, donde asoman unos dibujos de sus hijos. “Es el ruido de mi máquina favorita, la que envasa las cajitas de tres preservativos”, explica.

El departamento en Recoleta está regado de objetos con historia. Tres pipas de su abuelo, un migrante bielorruso que fundó en 1952 la fábrica Kopelko; una sillita de tapizado oscuro que le hizo a su papá, el responsable de reconvertir la empresa y crear la marca Tulipán; dos elefantes blancos de un viaje a la India, algunas fotos en blanco y negro, y una biblioteca con varios títulos en hebreo.

Podría ser un empresario de los preservativos y otros productos para la sexualidad, pero a los 48 años Felipe Kopelowicz prefiere decir que lo que él tiene es una fábrica de “felicidad”. Tal vez sea porque lleva años codeándose con publicitarios o simplemente porque le parece más elegante, de la misma forma en la que elegirá “el momento” como eufemismo de sexo.

Lo admite. Le “costó” encontrar una forma de presentarse. En especial desde que Tulipán incorporó la venta de sex toys, una línea de estética naif con la que busca instalar en farmacias la venta de productos para la previa: “Me daba un poco de cosa, pero después entendí que es felicidad lo que genera en el cuerpo, como comer un chocolate”.

Un día, estaba en su casa y unos vecinos lo invitaron a cenar de improvisto. No tenía un vino, no tenía nada para llevar, así que agarró un vibrador que estaba ahí entre otras muestras y tocó el timbre. “Hasta el día de hoy me dicen que le salvó el matrimonio”, se ríe.

Felipe Kopelowicz y un recuerdo de la India. El empresario ama viajar. Foto Juano Tesone

Dice que habla mucho con amigos para intercambiar ideas nuevas y testear sus productos. Le gusta inspirarse de cosas que ve viajando y, si pudiera, estaría ahora de vacaciones por Australia, Japón o Tel Aviv. Está siempre atento y participa personalmente de cada focus group. Fue en uno de esas investigaciones que escuchó de los preservativos fosforescentes.

Golden ticket

Villa Lynch. La luz está apagada y el laboratorio, en silencio, mientras un preservativo que brilla en la oscuridad es inflado hasta llegar al tamaño de un tubo de oxígeno. Más grande se hace, menos se nota el color. Baaaaaaam. Del otro lado del vidrio, los técnicos toman nota del resultado, y uno entra a la cámara para retirar el globo de látex estallado.

A unos metros, una mujer de ambo azul desliza tres preservativos en unas canillas. Kopelowicz aclara que es para medir la presión y el volumen.

–¿Cómo cuando probás que no esté pinchado? –repregunta Clarín.

–No, esa prueba de agua que hacen muchos no tiene sentido –corrige–. Si el preservativo estuviera pinchado, directamente se revienta durante la relación sexual. Por eso, hay que descartarlo si está seco.

Para testear la restistencia, los preservativos son inflados a presión. Foto Maxi Failla

Los preservativos rellenos de agua cuelgan flácidos durante unos segundos. A un costado de la máquina, hay una impresión desgastada de una hormiguita fumando al lado de un elefante después de tener sexo, una publicidad de 1995 que se encuentra en YouTube. Simple. Zoom out para mostrar la escena en la cama. Música francesa. “Lubricante, muy lubricante”. Fue un antes y un después para Kopelowicz, que llevaba menos de cinco años en la empresa.

“Yo había empezado a trabajar a los 18 con mi papá y ahí se produjo un cambio importante. Definimos que el humor iba a ser nuestra línea de comunicación y empezamos a incursionar en mensajes para el Día de la Primavera como ‘si vas a usar el lápiz, no te olvides de la goma’, o ‘en el Día del Estudiante, no te olvides el guardapolvo’”, recuerda.

Entre sus publicidades favoritas, menciona “la de Brasil” y se le ilumina la cara. Se refiere a la campaña gráfica que sacó en 2005 con la agencia Young&Rubicam tras el partido de clasificación en la Copa del Mundo de Fútbol en el que el seleccionado nacional ganó 3-1 al país vecino. “Ya estamos pensando en la revancha”, fue el mensaje que cierra la idea de una A con aspecto de preservativo apuntando a una B.

“El elefante y la hormiga” en una testeadora de preservativos. Foto Maxi Failla

“Sabíamos que íbamos a tener problemas con la Cancillería y nos llegaron cartas documento del Gobierno de Brasil, pero no podíamos no hacerla”, dice.

–¿Por qué no?

–Yo creo que el humor rompe barreras y es la forma de llegar a la gente con el mensaje importante, que es el cuidado personal y la prevención. Muchas cosas en las decisiones son de estómago. O sea, no soy mucho de analizar. Me guío mucho por el gut, los intestinos, como dicen en inglés. Y ahí sentí que tenía que hacerlo. En vez de pedir permiso, pedimos perdón.

“Más viagra que preservativos”

No es la única vez que Kopelowicz se metió en la coyuntura argentina para posicionar la marca. “Con optimismo y con gel”, le respondió por Twitter a Daniel Scioli, tras que en noviembre de 2016 el ex gobernador dijera que “cuando hay depresión económica, hay depresión anímica”, una chicana al macrismo tras un informe que arrojaba que la venta de preservativos había bajado en el país.

Dos años después, durante el primer debate sobre aborto en el Congreso, Kopelowicz salió a responder al pediatra Abel Albino, que había asegurado que “los preservativos no sirven contra el sida” y que el “virus atraviesa la porcelana”. “Los nuestros son de látex”, publicaron rápido en redes.

Solo el 14% de los argentinos usa preservativos. Foto Maxi Failla

“El aborto es un derecho y es importante que la gente que no tiene recursos, pueda acceder a este tipo de tratamientos en forma gratuita”, se posiciona el especialista en finanzas durante la charla con Clarín. Con los preservativos pasa otra cosa, señala: “Tienen que estar gratis en los hospitales para que la gente que no puede adquirirlos puedan acceder, pero la gente no se cuida de todas formas”.

“Me angustia mucho esta sensación de convencimiento de los chicos, más generalmente de los chicos hacia las chicas, de que no pasa nada, porque en general después son las chicas, las mujeres, las que cargan generalmente con la responsabilidad de un embarazo o de cualquier otra enfermedad”, plantea.

La fábrica Kopelco que hace los preservativos Tulipán está en General San Martín. Foto Maxi Failla

Además de la publicidad, tal vez haya que proponer cambios sobre el producto, pensó en 2019 Kopelowicz y decidió implementar una idea de dos venezolanos de crear una cajita de preservativos, “el pack del consentimiento”, que solo puede ser abierta por dos personas, es decir cuatro manos.

Al 2021, las estadísticas no cambian. Solo el 14% de los argentinos usa preservativo en todas sus relaciones sexuales, según un estudio de ONG Aids Health Foundation de Argentina, mientras que la incidencia de enfermedades de transmisión sexual como sida, HPV, sífilis, hepatitis y TBC viene en aumento en América Latina.

–¿Por qué no se usa?

–El preservativo es un producto que separa a dos personas. No es algo que uno vaya a decir: “Me gusta usar el producto”.

“Lo que te da es tranquilidad –sigue–, porque sabés que no te va a pasar nada. Es la vacuna contra el sida. Yo me imaginé que a esta altura, en la era de la comunicación, todos los chicos iban a arrancar a tener relaciones cuidándose, pero se vende muchísimo más viagra para la gente que no lo necesita que preservativos. Es insólito”.

“Es un tema mucho más de percepción que de no tener información”, define y apunta que, por eso, la educación sexual tiene que ser “prioridad”. “En las charlas en colegios, les pedimos a los chicos que se pongan un preservativo en la mano con los ojos cerrados y que toquen al compañero para ver si tiene sensibilidad. Se sorprenden”.

Las tres generaciones

Tulipán es hoy la única marca nacional de preservativos en el país. Kopelowicz tenía ocho años cuando su papá, Alberto, volvió de una convención con la idea. “Era una persona muy ingeniosa, y creo que estaba inquieto, como aburrido. Presentó más de 20 patentes, como un motor rotativo, unos flecos de goma para la moda y un dispositivo para que los aviones en las Malvinas tiraran unos hilos dorados tipo metálicos para que los misiles pegaran ahí y no los derribaran”, cuenta.

Felipe Kopelowicz (48), lleva 30 años trabajando en la fábrica que heredó de su padre. Foto Maxi Failla

Eran los 80. “Mi papá había dedicado toda su vida a los inventos y quería algo nuevo”, recuerda la mesa de la cocina y a la familia inclinada sobre un pack de preservativos que Alberto acaba de traer en la valija. “Nos sentamos mi mamá (Raquel Blumenfeld), mi hermana, mi papá y yo y dijimos ‘Bueno, ¿qué nombre ponemos?’”.

Alberto defendió la idea de un nombre de flor orientado a las mujeres, “las referentes en la compra” y así nació Tulipán (1989). A la vez, crearon la marca “Gentleman” para los quioscos, porque en ese momento las farmacias no vendían productos que se pudieran adquirir en quioscos. “Contrario a lo que yo creía, que la marca que iba a funcionar más era la masculina, Tulipán tuvo una magia increíble”, relata Kopelowicz.

Sex toys. Algunos de los artículos que hoy produce Felipe Kopelowicz. Foto Maxi Failla

El oficio venía de antes. Según cuentan en la familia, el primer Felipe Kopelowicz, padre de Alberto y abuelo del actual dueño de la empresa, nació en Mir, Bielorrusia, y como era el más inteligente de los 13 hermanos, fue elegido para escapar de la guerra y la pobreza. Llegó a Buenos Aires en la adolescencia y, en 1952, abrió Kopelco para fabricar bandas de goma para los asientos de los autos.

Su hijo la convertiría en un negocio millonario. “Para hacer los preservativos, incorporamos una tecnología diferente, unas máquinas electrónicas que testeaban uno por uno y que hacían productos de mucha calidad”, explica, mientras camina entre los depósitos y pasillos de la fábrica en Villa Lynch, en el partido de General San Martín.

Hace 15 años que la empresa dejó de fabricar los preservativos. Por los costos y las necesidades del mercado que hoy pide más variedad, se importa todo desde Malasia y Tailandia. Las partidas se van testeando luego en el laboratorio. Una vez aprobado, se hace el envasado y se deja en cuarentena por unos 25 días, antes de un último testeo y salir al mercado.

Las máquinas donde se producían los preservativos se usan hoy para fabricar globos de colores para cotillón, mientras que las de testeo juntan polvo en una sala contigua.

La máquina favorita de Kopelowicx. Foto Maxi Failla

Durante la pandemia, las cosas no fueron tan mal para su empresa, cuenta. La venta de sex toys se disparó, por “la necesidad de buscar innovación para salir un poco de la rutina”, mientras que la comercialización de preservativos se mantuvo estable, a pesar de que el rubro en general se vino abajo: “Muchos se pasaron a nuestra marca buscando precio”.

Cruzando otro pasillo, está la sala de envasado, donde unos 20 operarios de ambo y gorrita blanca se mueven con precisión de un lado a otro mientras conversan. El reloj en la pared marca las 12 y en la mesa uno, se preparan las cajas que irán a los supermercados.

La dos está dedicada a los exhibidores del mix de variedades para los quioscos: como los de los 50 sabores de chicle pero separados por clásico, texturado, “tántrico”, con tachas y fosforescente…

Clac/chaca/clac/chaca. La máquina de hacer cajitas está en el centro de la habitación sin mucho glamour. Es una cinta en la que cuatro pares de manos van colocando las tiritas de preservativos. La cadena avanza y al final hay una prensa que se cierra. Clac. Kopelowicz la mira: “Me da alegría el ruidito”.

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