Mundos íntimos. Historia de un hijo “arcoíris”: nacemos después de un hermano fallecido y traemos alegría luego de la tragedia

Solemos pensar que la muerte es lo más irreversible, pero pocas veces consideramos que no hay vuelta atrás para haber nacido. Cuando pienso en cómo vine al mundo, esto se me hace claro.En 1974, mis padres transitaban un período de prosperidad y crecimiento. En la convulsión generalizada de la época, ellos estrenaban con mi hermano…

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Solemos pensar que la muerte es lo más irreversible, pero pocas veces consideramos que no hay vuelta atrás para haber nacido. Cuando pienso en cómo vine al mundo, esto se me hace claro.

En 1974, mis padres transitaban un período de prosperidad y crecimiento. En la convulsión generalizada de la época, ellos estrenaban con mi hermano Sebastián, que tenía entonces seis años, una elegante casa de dos plantas en Villa Crespo. Habían logrado esta propiedad con un crédito blando del tercer gobierno de Perón, y sus ahorros. Tenían buenos trabajos: como médica de planta, ella, en el Hospital Durand de Buenos Aires; como contable en una firma automotriz, él. Las fotos de la época los muestran felices.

Supongo que habrá sido recibida como una confirmación de esa buena estrella, la noticia de que un nuevo integrante de la familia estaba en camino. Un bebé, al que llamarían Luciano.

Sebastián (der.) y Felipe Viñals. Entre los dos estuvo Luciano, que vivió hasta los seis meses.

¿Cómo habrán sido, entonces, la alegría y el festejo, antes de que se les hiciera patente para siempre la fuerza de lo irrevocable? La compra del ajuar de color amarillo, que en algún lugar de la casa de mi madre todavía persiste, hecho con anticuados puntos de tejido que tienen que ver con las mantillas españolas; lo que habrá bordado mi abuela, y los regalos de parientes, colegas y amigos. Lo imagino como un período de gracia. Instantes en los que la ilusión de una realidad estable, la sensación de seguridad digamos ontológica, no se había quebrado.

Ya la primera inspección reveló que algo no andaba bien. Una coloración azulada en el rostro, hacía sospechar que el aire no estaba circulando en forma suficiente por su organismo. Antes de los tres meses, Luciano fue diagnosticado con una anomalía cardíaca llamada transposición de los grandes vasos, una de las cardiopatías congénitas que, según los especialistas, afectan a 9 de cada 1000 niños. En su corazón, las posiciones de la arteria pulmonar y la aorta estaban invertidas, por lo que el paso de la sangre desde y hacia los pulmones se hallaba interrumpida. Esta afección se puede detectar, hoy, en ecografías prenatales. Y un método quirúrgico bastante efectivo para corregir la posición de las arterias se practica en las primeras dos semanas de vida. Lo dado y la Historia tallan fuerte en nuestras pequeñas historias: mi vida hubiera sido muy diferente (si acaso posible), de haber sobrevivido ese hermano que me precedió.

Pero en esos años, esta enfermedad desencadenaba una carrera contra el reloj. A través de gestiones que habrá emprendido con angustia y premura extremas, mi mamá consiguió una ayuda del ministerio de Desarrollo Social para realizar una intervención quirúrgica en el Women and Children’s Hospital de la ciudad de Buffalo, al norte del Estado de New York. Este era, y fue hasta su cierre en el 2017, un centro de referencia mundial en pediatría. Entonces, el tratamiento adecuado para la TGV consistía en dos procedimientos similares, que creaban un túnel, o desviación, en las aurículas (no en las grandes arterias) para corregir el flujo sanguíneo; pero conllevaba el riesgo de la muerte súbita.

Viajaron los cuatro: pero solo volvieron mis padres y Sebastián. Luciano quedó en Buffalo, en alguno de los cuatro cementerios de la ciudad. Había llegado a cumplir seis meses de edad. Es un desafío tratar de representarme esa última despedida, poniendo flores a una pequeña tumba que dejaba también enterrada a una familia. Antes de abandonar el cementerio, los que regresaron ya eran otros.

Tres años después, nací.

En 1977 el miedo, citando al alemán Heinz Bude, era “algo sobre lo que se podían poner de acuerdo todos los miembros de la sociedad”. El único principio con una validez absoluta. Imagino el miedo privado de mi familia, ante una gestación que podía desenlazar en una nueva pérdida, que estaba contenido y hacía eco en el miedo general de la sociedad, por esa escalada de la violencia política y estatal que terminó en un baño de sangre. Mi mamá ya no trabajaba en el Durand y tomaba un año sabático, que se convertiría en un lustro, para cuidar de mí y terminar su especialización en hematología. Mi papá se había pasado a la industria del seguro, y Sebastián era nueve años mayor que yo. Me imagino el alivio, los controles de salud y las segundas opiniones de los médicos.

En Estados Unidos llaman, a aquellos que nacen inmediatamente después de un hermano fallecido, “bebés arcoíris”. Y han designado al 22 de agosto como “Día nacional del bebé arcoíris”.

Salvador Dalí fue un bebé arcoíris, y Beyoncé y Mariah Carey madres de esos infantes multicolores. Si hasta parece fértil el terreno para la creación de una Asociación Argentina de Bebés Arcoíris, colocada bajo el patronato de la Difunta Correa o el Matías de Sendra… Se dice que quienes nacen luego de una tragedia como esta, aportan a sus familias la luz y el color después de la tormenta, la esperanza tras el duelo. Supongo que en mi caso fue así, aunque, personalmente, no me siento cómodo con el apelativo de bebé arcoíris, gracias.

No sé cuándo me hablaron por primera vez de ese hermano, pero sí que fue muy temprano y me llevó a pensar, tal vez prematuramente, en la muerte. Esa herida había enfrentado a mis padres con la fragilidad de la vida en una manera tal que no podían evitar hacerme extensiva esa experiencia de la precariedad. Ese delicado equilibrio que habían construido tras el duelo, terminaría de destruirse si me pasaba algo.

Durante ese lustro sabático, las reacciones de mi mamá frente a mis actos “peligrosos”, solían estar fuera de proporción. Recibía un cuidado rayano con la sobreprotección, que se manifestaba de las maneras más diversas, en ellos y en mí: era un niño que coleccionaba imágenes de santos, y cargaba con medallas y amuletos. También, me cuentan, intenté cortar, con una tijera, el cable de una aspiradora en funcionamiento. Mucho más tarde, leyendo una obra del psicólogo canadiense Donald Winnicott, encontré esta misma conducta en uno de sus casos clínicos pediátricos: él lo interpretaba como un intento del niño por cortar un apego excesivo a su madre, con el cable simbolizando el cordón umbilical.

Mi infancia “pública” transcurrió en una Argentina que ya no existe, la Buenos Aires de los años 80, en la que todavía los chicos jugaban a la pelota en la calle, los vecinos tomaban sol sentados en banquitos junto a las puertas abiertas de sus casas, y los mercados y las escuelas municipales bullían de vida comunitaria.

Digo esto porque es llamativo, viéndolo desde ahora, que una madre sobreprotectora confiara su hijo mimado al cuidado de vecinos y de “los chicos de la calle”, como le decía yo a mis amigos del barrio.

Al iniciar la escuela primaria, andaba suelto por un cuadrilátero compuesto por las avenidas Córdoba y Estado de Israel, Lavalleja y Lerma, acompañando a una pandilla de niños de varias edades. Había inventado un juego que se llamaba “Los irrompibles”, a veces lo compartía con ellos, y a veces lo hacía solo; consistía en caminar por las cornisas del segundo piso de mi casa, rebotar contra las paredes, no detenerse en los semáforos.

Todo niño busca el desafío de escapar a la seguridad y a la protección de sus padres, y en eso yo no era diferente a los demás.

Pero puedo empatizar, hoy que soy padre de dos hijos, con la agonía de mi mamá frente a estos desafíos; la misma que más tarde debe haber sentido en cada separación prolongada: mi viaje de egresados, los campamentos, mis vuelos en avión como adulto, mi casamiento y mis mudanzas lejos de Buenos Aires.

En mi papá, el dolor del duelo por Luciano fue más discreto. Junto a su escritorio había un mapa enmarcado de Buffalo, y en un anaquel, un pequeño souvenir de esa ciudad, que era una de las pocas cosas con las que no me estaba permitido jugar o tocar.

Como en “Rebecca”, esa novela que fue llevada al cine primero por Hitchcock en la década de los ’40 y tuvo una remake reciente en Netflix, hay veces que lo que da sentido a un hogar es una ausencia: ese vacío es el centro de todo. En la adolescencia fui encontrando, con esa clave, explicación a las rarezas de mi casa. Las caprichosas aversiones de mi mamá: al color amarillo, al Uruguay (por unas vacaciones que tomaron allí, antes de que sobreviniera todo), a ciertas personas que había frecuentado durante la gestación de mi hermano.

Pero también en otras características, por ejemplo, la pasión que ella ponía en la medicina, el luchar hasta último momento sin desahuciar a sus pacientes; la he visto llorar más de una vez ante el fallecimiento de los que había tratado durante muchos años… Y creo que eso también tenía su explicación en esa pulseada que no pudo ganarle al destino cuatro décadas atrás.

Mentiría si dijera que en esta historia fui apenas testigo del dolor de otros, que la tragedia me rozó como a un actor que llega tarde a la obra, con la función ya empezada, y al que le dieron de apuro un libreto y su vestuario para ocupar el lugar esperado. ¿Cómo podía ser de otra manera, siendo la familia ese complejo y extenso repertorio de acuerdos tácitos, sobreentendidos compartidos, tradiciones, rituales y secretos que forman, como una malla en torno nuestro, nuestra construcción de la realidad?

Mi momento de perder pie fue al comienzo de la juventud. Cuando dejé atrás la zona de confort de la escuela secundaria. Mis años de universidad, que coincidieron con el pre y post estallido del 2001, me vieron sumido en una crisis profunda. Que era, también, una crisis de miedo y seguridad que hacía, una vez más, espejo con ese gran miedo social: los episodios de fobia y pánico me complicaron esa transición a la adultez. Pero salí de eso, también, en el camino a construir mi propia familia. Conocí a quien hoy, casi veinte años después, sigue siendo mi pareja, nos pusimos de novios y me asenté en el mundo laboral, como periodista y editor.

No diría que hoy, esa aura sobreprotectora con la que crecí, la proyecte sobre mis hijos. Aunque la sensación de precariedad de la vida quedó marcada en mí. Aun hoy, la muerte se me aparece como algo que está agazapado a la vuelta de cualquier momento: detrás de un movimiento en falso cuando estoy trepado a una escalera, mientras manejo por la Panamericana o trabajo en el jardín con herramientas mecánicas de corte. Es sintomático, también, que a mi primer libro lo haya titulado “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte”, si bien para darle un sentido paródico a la frase altisonante de un héroe de nuestro tiempo.

Cuando me tocó despedirme de mi padre, el año pasado y tras una enfermedad cognitiva de rápida progresión, fui yo quien lo ingresó al sanatorio para su internación. Estaba prácticamente catatónico por un cuadro, una infección menor que, por la postración a la que lo obligaba su enfermedad de base, avanzó rápido hacia la septicemia. Casi ni parpadeaba. Sentado junto a él, en una silla de ruedas, tomaba su mano, que permanecía laxa, como habiendo perdido su tenor muscular, entre mis propias manos. Esperábamos que la médica encargada de la admisión lo revisara y derivara al sector correspondiente. Frente a nosotros deambulaban los pacientes de los consultorios externos, camilleros, médicos y enfermeros, pero él continuaba con la mirada perdida. La espera se hacía larga, y me puse a leer en el celular. De pronto, levanté la cabeza y vi que mi papá estaba sonriendo. Miraba a un bebé, que era sostenido en brazos por su madre.

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Felipe Viñals nació en Buenos Aires en 1977, y aunque reconoce que ser porteño es algo indeleble y permanente, ha buscado el exilio de esa condición agobiante en Capilla del Señor, donde reside con su esposa y dos hijos. No soporta ninguna serie más allá de la primera temporada. Es escritor. Publicó una novela (”En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte”, Editorial Lectura Colaborativa, 2021), sobre las aventuras de un joven aspirante a guerrillero que vive en un country con carpinchos. Como periodista y editor, trabajó en revistas mensuales como Maxim, Elgourmet y El planeta urbano. Desde 2020 codirige Sherezade, una agencia de marketing de contenidos especializada en podcasts.

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