Oscar Araiz, un creador que muestra sus raíces

Este martes 19 a las 20.30, el coreógrafo Oscar Araiz estrena, en El Nacional, un programa compuesto exclusivamente por piezas solistas y casi excluyentemente interpretadas por la bailarina Antonella Zanutto.La única excepción es la obra que abre el programa, que tiene como intérprete al bailarín Yamil Ostrovksy y fue creada sobre un tango -no un…

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Este martes 19 a las 20.30, el coreógrafo Oscar Araiz estrena, en El Nacional, un programa compuesto exclusivamente por piezas solistas y casi excluyentemente interpretadas por la bailarina Antonella Zanutto.

La única excepción es la obra que abre el programa, que tiene como intérprete al bailarín Yamil Ostrovksy y fue creada sobre un tango -no un tango ortodoxo, en absoluto- escrito por Mauricio Kagel. Para quienes no lo tengan presente, Kagel fue un muy importante compositor contemporáneo argentino que vivió la mayor parte de su vida en Alemania.

El programa está compuesto por obras de Araiz y también de Renate Schottelius y Dore Hoyer, dos figuras que de muy distinta manera incidieron en el desarrollo de la danza moderna y contemporánea en la Argentina: Renate (1921-1998) -como la llamaba todo el mundo de la danza-, alemana de origen, vivió desde muy joven en Buenos Aires y fue aquí una maestra muy influyente y coreógrafa del Ballet del San Martín. Dore Hoyer (1911-1967) pasó dos años en la Argentina durante la década del ’60, bailó con un éxito descomunal en el Teatro Colón, dictó seminarios para bailarines y dejó una enorme huella.

Antonella Zanutto en “Anonimamatum”, una de las coreografías de Araiz. Foto prensa

-Oscar, el programa completo tiene como título “Vertical”, ¿a qué se debe ese título?

-Fui muy amigo de Noemí Lapzeson durante los años en que dirigí el Ballet del Gran Teatro de Ginebra. Yo la había invitado a que diera al Ballet clases de la técnica de Martha Graham porque Noemí, que se fue muy joven de Buenos Aires, había sido una bailarina importante de la compañía de Graham en Nueva York; cuando se radicó en Ginebra creó un grupo independiente que se llamó Vertical Danse. Por varios motivos asociados con Noemí, le di el nombre Vertical a todo el programa.

-¿Fueron razones prácticas -sobre todo pensando en la pandemia- las que te llevaron a armar este programa exclusivamente con solos?

-No, surgió antes, de un curso que dicté en 2019 en la Universidad de San Martín con Antonella Zanutto como asistente. Le puse un título, digamos, académico: “La recuperación y codificación de la poética de Dore Hoyer”. Terminamos el seminario montando su solo Miedo y nos quedamos tan impresionados que continuamos con Amor y La bruja. Armamos entonces un pequeño programa agregando Ahí viene el rey, de Ana Itelman, y un solo de Gret Palucca, que fue maestra de Dore. Lo presentamos en tres ocasiones para un grupo reducido de invitados en 2019. En este nuevo programa salieron algunas de aquellas piezas y entraron otras; dos de ellas son nuevas, Malandra y Tanagra; las creé este año.

Yamil Ostrovsky en “Malandra”, sobre música de Mauricio Kagel. Foto prensa

-Alguna vez hablaste de los árboles genealógicos en la danza y este programa parece reflejar este interés.

-Hay gente que dice “¿un programa exclusivamente de solos? No me interesa”. En fin, es algo que evidentemente está fuera de onda, pero no saben lo que se pierden. Para mencionar apenas algo: las piezas de Dore Hoyer son joyas y esto es algo indiscutible. Me parece tan valioso, tan puro y concentrado elegir estos trabajos, que descartarlo sería como ir en contra de un deseo mío de síntesis, de despojamiento, de investigación.

Estoy muy atrapado con Vertical, es como si me hubieran sacado una radiografía, como si mirara para adentro y hubiera descubierto cosas heredadas o que me llegaron de otras personas; no relacionadas sólo con la danza sino también con la pintura, el cine, el pensamiento. Es maravilloso sentirse parte de un árbol genealógico.

Otra escena de “Anonimamatum”. Foto prensa

-En el que hay muchas personas que te influyeron.

-En un texto que escribí para este programa había comenzado a anotar todos los nombres de las personas de las que robé ideas. Esta es una confesión y me encanta porque me libera. ¿Por qué tendría que estar escondiendo que robé a Paul Taylor, incluso a Maurice Béjart mismo? Es como una manera de agradecerle porque descubrí con él cosas que me interesaron. Por un lado, fue un tipo que no se puso etiquetas y los temas que trató, aunque lo hiciera superficialmente, eran poderosos, ideas como flashes que me estimularon.

Recuerdo cuando vi su Bolero, o La consagración de la primavera, o Serenata. Claro que fueron estímulos diferentes a los del lenguaje de la danza, que es otra cosa. Pero no quiero quedarme sólo con los maestros y los coreógrafos; también me influyó el teatro de Tadeusz Kantor, el cine de Kurosawa, Antonin Artaud y la pintura, sin duda. Hacer una lista de todo esto sería muy atrevido, pero quizá las cosas que menos me tocan son las presentes, en la danza me refiero. Me quedo sólo con Jiri Kylian, Pina Bausch y ciertas cosas compartidas con Mats Ek.

Dore Hoyer

-Es inevitable preguntarte por Dore Hoyer, de quien fuiste alumno, asistente e intérprete en el relativamente corto período que estuvo en la Argentina a comienzos de la década del ’60. ¿Cómo era ella?

-Sus clases eran inteligencia pura. No venía con nada programado, pero hacía un viaje científico por tu cuerpo. Te proponía algo y vos la seguías como un corderito. No me pedía que levantara alto la pierna sino otras cosas: honestidad, dejar de lado los amaneramientos, no solo los del ballet sino también los de la danza contemporánea. Yo estaba en mi salsa. Fueron las clases que más gocé en mi vida, o mejor dicho, las únicas.

“Tanagra”, coreografía de Oscar Araiz sobre música de Debussy. Foto prensa

-¿Por qué?

-Porque comencé tarde a estudiar danza, no tenía musculatura ni elongación. No había hecho deportes en la infancia y las clases de ballet me resultaban un puro padecimiento. Pero gracias a esas carencias desarrollé cualidades dinámicas y auditivas. De esto me di cuenta después porque no lo hacía a propósito. Así que engañé a mucha gente con la idea de que era un buen bailarín. No a todos. Con algunos no lo logré. Pero que había algo en mí singular como intérprete, estoy convencido.

-Y al mismo tiempo el deseo de ser coreógrafo apareció muy pronto.

-Desde el principio. Ya antes de saber los nombres de los pasos y el léxico de la danza deseaba ser coreógrafo.

-Hay prácticamente una única bailarina en “Vertical”. ¿Cómo resolvieron con Renata Schussheim, tu vestuarista desde siempre, los cambios de ropa?

-Con la simplicidad. Antonella sale primero con una ropa como de ensayo de color negro. Luego se agrega una falda y así. Son breves instantes entre un solo y el otro. Para Tanagra, la última pieza, el cambio es más grande: un pantaloncito y una remera de gasa.

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