Pinamar holística: baños de naturaleza, yoga y cena en el bosque, las novedades del turismo “slow”

La guía saca un antifaz negro de la mochila y pide al grupo que se ponga en parejas. Es hora de recorrer el bosque con los ojos cerrados. ¿La arena se siente distinta? ¿Más inestable? ¿Es más fácil llevar o ser llevado? ¿Qué se escucha? Son las 11 de la mañana y el día en…

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La guía saca un antifaz negro de la mochila y pide al grupo que se ponga en parejas. Es hora de recorrer el bosque con los ojos cerrados. ¿La arena se siente distinta? ¿Más inestable? ¿Es más fácil llevar o ser llevado? ¿Qué se escucha? Son las 11 de la mañana y el día en el bosque de Cariló recién comienza. Se escucha el mar y también la ruta 11, ambas como un murmullo. Más cerca, los pajaritos.  

Por primera vez en ocho días, el celular está apagado: milagro. Dos mujeres rubias se alejan caminando una detrás de la otra. La que tiene los ojos vendados puso las manos en los hombros de la otra. Se adentran entre piñas, ramas y troncos hasta una lomada. La otra pareja decidió ir de la mano. Hay que caminar descalza sobre la pinocha, pero la más joven parece disfrutarlo. “Hasta acá”, anuncia contenta.

Es un claro del bosque alejado del sendero unos 30 metros, donde extrañamente los árboles -pinos en su mayoría- se forman casi en dos hileras. “Llegué, me tiré, miré un rato el cielo y los árboles, me gustó mucho por algún motivo”, explica y señala a lo lejos el punto de fuga que formó extrañamente la naturaleza. La vista tiene su encanto. “Uuuuh, uuuuh”: de lejos se escucha a la guía imitando el canto de un pájaro. Es la llamada de que hay que seguir el sonido y regresar.

Solo hay dos guías de Baños de Bosque en la Argentina: uno en Villa La Angostura y otra, Rocío Ferraro, en Pinamar. “En nuestra vida evolutiva, los seres humanos vivimos un 99% en la naturaleza y sólo un 1% en las ciudades. De modo que en un baño de bosque lo que hacemos es despertar, desovillar ese hilo rojo que tenemos con el mundo natural, que es refugio, que es hogar, alimento y cobijo”, explica la exproductora televisiva que dejó todo para dedicarse a las terapias de reconexión con la naturaleza.

Los baños de bosque fueron creados como una práctica terapéutica en Japón. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

“Nuestro cerebro al ver el color verde capta que ahí hay vida, hay alimento, que no voy a morir de hambre”, detalla la guía de 46 años, que realiza por segundo año las travesías -de dos horas y media- en la Reserva Natural de Cariló. Las incursiones, explica al grupo, logran activar “el sistema nervioso parasimpático, que es el del reposo y la relajación, el que se activa después de hacer el amor o comer con placer”.

Al contrario, “el sistema nervioso simpático, el del estrés, es el que tenemos activo todos los días. Es el de lucha o huída y envía sangre a las piernas y brazos, no a la pelvis, al sistema digestivo ni al cerebro”. Por eso, señala la guía certificada por Forest Therapy Hub, “no pensamos claramente con estrés, y sentimos menos deseo, o tenemos mala digestión”.

La técnica de “Shinrin Yoku” -baño de naturaleza en japonés- se creó originalmente en el país nipón como una práctica orientada a combatir la depresión y la ansiedad, entre otros problemas de salud mental comunes en nuestras sociedades de consumo, y consiste en la inmersión en la atmósfera del mundo natural, no necesariamente bosques.

Rocío Ferraro marca el paso de una breve caminata por el bosque para apreciar el pulso natural. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Después de una meditación guiada, la invitación de Ferraro [email protected] en Instagram- es a soltar el control, jugar con todos los sentidos y ponerse en mente de principiante. Adiós a pensar si algo es o no es bizarro. “Huelan, busquen que les atrae del bosque, froten las hojas con las manos”, propone la guía y se hace bolita en el suelo para hundir la cara entre la pinocha.

Todo trae un recuerdo o evoca una sensación, hasta lo tenue de las barbas de viejo, que -detalla la guía- “solo crecen en espacios de aire puro”.

La guía explicará luego, con un té casero fabricado con plantas silvestres para “absorber el bosque”, que los árboles y plantas emiten fitoncidas, sustancias volátiles aromáticas. “Cuando entran en nuestro torrente sanguíneo, activan la reproducción y actividad de las células NK (natural killers), cuya función es combatir infecciones y enfermedades”.

La meditación permite concentrarse en el presente para estar más perceptivo al entorno. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Una de las mujeres rubias abraza a un árbol, una chica lanza piñas, otra encontró unas ramas de laurel silvestre y las huele. Hay quien se pone a decorar el piso con lo que encuentra a su alcance. “Por favor, no quieran hacer fotos, porque se van a tentar de revisar mensajes”, advierte la guía ahora. Entre castañas de cajú y un ritual para depositar buenas intenciones, el sol se pone en su punto más alto y el aroma a pino es más y más fuerte.

Turismo slow

El municipio de Pinamar le puso nombre: “Turismo consciente” o “turismo slow”. Y creó una guía para “el arte de viajar despacio”. Hay más de 20 propuestas de actividades concientes, más allá de ir a la playa, salir a restoranes o ir a bailar. Las categorías de la propuesta holística incluyen terapias alternativas, cosmética natural, alimentación consciente y experiencias como el baño de bosque y visitas a jardines de colibríes, entre otras.

La que no puede faltar, en el boom del mindfulness, la meditación y el relax, es el yoga. Solo en el folleto oficial, hay una lista de siete espacios que brindan clases de yoga grupales e individuales, de todas las disciplinas y corrientes, tanto en salas, como en playas.

La instructora y osteópata Karen “Chuny” Chudnovsky cree que el bosque ayuda a “bajar los pensamientos”. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Para Karen “Chuny” Chudnovsky “el ambiente que ofrece el bosque invita a relajarse, a bajar los pensamientos de la mente y estar focalizados en el presente”. La instructora – @chunytai en Instagram- dispone los mats en semicírculo y comienza con un calentamiento de hombros y empieza el “inhalo, exhalo” que marcará el ritmo de toda la clase.

Los pajaritos se escuchan casi al nivel de la voz de Chuny. Todo es verde alrededor. En el claro de bosque corre un viento ideal. Las tres alumnas respiran al ritmo de los movimientos. “La verdad es que pocas cosas te dejan el cuerpo liviano como hacer yoga”, dice una de las turistas que se sumaron a las clases de verano. “Inhalo, cobra, exhalo, voy a la montaña, inhalo, postura del niño”, siguen las indicaciones.

La profesora de yoga ofrece una práctica que fusiona varias escuelas en un estilo de Vinyasa dinámico. De forma regular, se puede participar en su estudio en Valeria del Mar “Espacio Amazonita” y en enero sumó tres prácticas semanales en Cariló Golf con los mat sobre el pasto y el bosque detrás.

En Pinamar, lo llaman “Turismo Slow” y aseguran que es una tendencia en crecimiento. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

“Yoga es una disciplina que puede hacer todo el mundo. Hay desde prácticas terapéuticas que pueden tomar personas en rehabilitación a algunas más dinámicas, que combino con Iyengar -otra corriente de yoga- para personas más jóvenes”.

En Pinamar, los locales disfrutan tanto de las olas del mar como de los médanos y los bosques. Hay senderos desconocidos que atraviesan arboladas y espacios en los que descansar la cabeza. “Preferimos mantenerlos entre nosotros porque si no los turistas los destruyen”, cuenta a Clarín un pinamarense. La verdad es que solo hay que predisponerse a preguntar un poco más.

Y no se termina cuando cae la noche. Vanesa Rinaldi [email protected] en Instagram- es una pinamarense descendiente de pioneros que cada verano organiza varias salidas de la “Caminata Nocturna & Cena en el Bosque”, que atraviesa historia, herbología y gastronomía para disfrutar hasta tarde del encanto de los pinos bajo la luz de las estrellas.

La caminata nocturna comienza con un repaso del primer femicidio de la historia argentina. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

El grupo sube y baja las lomadas de los campos de golf Links Pinamar. “Ojo con las ranas y también con los regadores artificiales”, indica Rinaldi. Llamarlo bosque es pretencioso, pero sí hay una hilera de pinos marítimos y de otros pinos, por los que arrancará el recorrido.

Muchos desconocen que la historia de Pinamar está fuertemente ligada a la historia de Felicitas Guerrero, la primera víctima de femicidio que se conoce en la Argentina, dos siglos antes de que se masificara el término. La adolescente de la aristocracia porteña del siglo XIX “era dueña de toda esta zona, a la que se llamaba por esos tiempos ‘Montes Grandes de Juancho’”, cuenta Rinaldi.

El tema viene así. A los 16, Felicitas es obligada por su padre a casarse con Martín de Álzaga. Ella ya tenía un pretendiente, Enrique Ocampo. Con Álzaga tiene dos hijos, el primero muerto al nacer y el segundo, a los 6 años de fiebre amarilla. Queda viuda y hereda todas las tierras de su marido.

En mesas compartidas, los participantes comparten comida gourmet y buena charla. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

“Solía pasar mucho tiempo en La Postrera, una estancia al Sur de Buenos Aires. Ella tenía que venir a La Invernada, donde hoy es Madariaga. Pero de camino, la agarra la noche y aparece un hombre del que se enamora, Samuel Sanz Valiente”, cuenta Rinaldi. Ahí irrumpe en escena de vuelta el primer pretendiente, Ocampo. “Ella intenta escapar y él le tira 2 tiros por la espalda”.

Las tierras de la zona son heredadas por los padres de Felicitas y al fallecer el matrimonio, por sus hijos, los hermanos de Felicitas. A Carlos y Manuel Guerrero les corresponderían las tierras que llegaban al mar y que finalmente Valeria Guerrero, hija de Manuel, las convertirá en los destinos turísticos más exclusivos de la costa atlántica argentina.

El grupo se ilumina con las linternas en las cabezas. En el suelo, crecen manzanilla, diente de león y eucaliptus, propios del pastizal pampeano. Pero el bosque fue artificialmente sembrado durante el siglo XX. “Una de las formas más típicas, que se usó sobre todo en Villa Gesell, era plantar tres acacias en triángulo – arbustos bajos y resistentes con mucha raíz- para después poner pino que es más endeble”.

Árboles y estrellas, la cereza del postre de un día en el bosque pinamarense. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

En el grupo hay una pareja de recién casados de Buenos Aires y un matrimonio que vive hace más de cinco años en Pinamar. “¿Toman una copa? ¿Tinto o blanco?”, ofrecen al final del sendero, que atravesó un pequeño pinar -la isla de árboles en medios de las canchas de golf-. La mesa se completa con una tabla natural con frutos secos, distintos quesos, jamón crudo y salsas. Las tiras de lucecitas adornan la mesa. Y la charla sigue distendida.

Daniel, pinamarense casi por adopción, describe cómo encontrar el sur siguiendo el patrón de la Cruz del Sur. Lejos de los ruidos urbanos y la luminaria, el cielo se puede apreciar sin contaminación. Los platos del catering @rollup_food siguen llegando y el vino fluye. Es una noche casi sin viento. Nada mejor para cerrar un día de relax en los bosques de Pinamar.

Pinamar. Enviada Especial

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