Cuando la valentía y el temor se amalgaman

Diré algo que provocará risas. Lo sé. Pero después de descartar la idea por absurda, piénsenla dos veces y hablamos.¿De qué se trata? Creo que estaría bueno incorporar en las escuelas un espacio para hablar del miedo. Qué nos lo provoca, pero centralmente, cómo lidiar con él. Nada hay más demoledor en la infancia que…

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Diré algo que provocará risas. Lo sé. Pero después de descartar la idea por absurda, piénsenla dos veces y hablamos.

¿De qué se trata? Creo que estaría bueno incorporar en las escuelas un espacio para hablar del miedo. Qué nos lo provoca, pero centralmente, cómo lidiar con él. Nada hay más demoledor en la infancia que sentirse atacado y no saber cómo defenderse. O cómo reaccionar, sin vergüenzas ni falso heroísmo.

A los diez años, recuerdo, ya iba sólo a la plaza a jugar con mis amigos. Es curioso, no tenía ningún temor mientras estaba con ellos. Recuerdo que nos gustaba mucho imaginar escenas del far west y todos teníamos cartucheras con pistolas de juguetes, algo que parece -es, en verdad- de otra época. Sin embargo, ir y volver a la plaza sí me daba un poco de miedo. ¿Qué en particular? Una, que los autos fueran despacio y cerca mío. La verdad, nunca tuve peligro, supongo que aminoraban la marcha por un semáforo. Pero eran los 70 y sin saber nada de política, algo husmeaba en el ambiente: el otro podía ser peligroso. En una dimensión muy diferente, también me daba miedo un perro blanco y marrón, de mal carácter, que vivía a la vuelta y no paraba de ladrarme. Un recuerdo poco grato pero me alegro de no haber cedido: yo caminaba igual por aquella vereda.

Un poco mayor me atemorizaba el gas. Quizás porque era un recordatorio de que todo podía desvanecerse de un momento a otro. Me inquietaba la idea de que uno respirara sin darse cuenta -dormido, imaginemos- una “aire especial” que provocaba la muerte. Fue, me parece, la primera vez que tomé conciencia de la finitud, de saber que hoy estamos pero mañana quién sabe.

Me hubiera gustado hablar en aquella época de mis miedos. No lo hacía, o lo hacía menos de lo que hubiera querido. No es una queja, sí una alerta. A largo plazo algunos miedos dejarán huellas; otros se evaporarán. Pero en el mientras tanto uno lo pasa mal. En mi época nos daba pudor reconocer ese talón Aquiles. ¿Será igual ahora? Sospecho que sí. En un mundo competitivo no está bien vista la fragilidad. Pero a menudo olvidamos que reconocerla es -seguro- nuestro primer acto de valentía.

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