lunes, 31 marzo, 2025
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Día Mundial del Piano: la historia de un instrumento sanador

Hubo una época en la que casi cada familia argentina tenía un piano en su casa. Desde los enormes pianos de cola en la entrada de las familias acomodadas hasta los pequeños pianos verticales en el living de las casas populares. Las mujeres eran incentivadas a estudiar francés y tocar el piano como un remedo aspiracional, que endilgaba ese toque de clase que marcaba la cultura de la familia.

La historia del piano es una fascinante conjunción de compleja tecnología artesanal y fabricación en serie. Mucho antes de que Henry Ford desarrollara sus líneas de montaje para fabricar autos, en Alemania había más de 20 mil fábricas de piano, y muchas de ellas ya procedían con la secuencia seriada que haría famosa la marca Ford.

Al piano lo inventó Bartolomeo Cristofori a principios del siglo XVIII, en Italia, para reemplazar al clavicordio. El alemán Gottfried Silbermann mejoró el invento y se lo presentó a Johann Sebastian Bach, quien después de algunas críticas lo aprobó y empezó a escribir obras para piano. Esto permitió su difusión por todo el mundo y ser el último instrumento en sumarse a la orquesta sinfónica, así como al mobiliario casi indispensable de toda casa a partir del siglo XIX.

Miguel Puch en su taller de reparación y afinación de pianos. Afina y restaura pianos desde los 13 años y lleva toda una vida dedicada a darle vida a este instrumento. Foto Javier Ferreyra

“No había radio, ni televisión, ni YouTube. Cuando anochecía, la única manera de divertirse para la familia era produciendo la música por sí misma. De ahí que el piano no faltara en ninguna casa”, empieza a contar Miguel Puch en su taller rodeado de pianos.

Abre un lustrado Steinway de cola y pulsa un par de teclas. Se acerca a un piano Essex negro y reluciente y lo mira con placer. “Este piano lo tocó Paul McCartney en su hotel cuando vino a Córdoba. Todavía tiene sus huellas digitales. No quiero ni limpiarlo” se ríe. En su larga carrera ha afinado el piano de todo pianista célebre que haya pisado Córdoba, desde Charly García a Martha Arguerich.

El gran afinador

Miguel Puch afina pianos desde los 13 años. Una profesión poco común que parece extinta con la desaparición de los pianos en las casas de los argentinos, porque ¿quién tiene hoy en día un piano en su casa?

“Mucha gente tiene piano. Es más, no paro de trabajar y tengo un equipo de gente trabajando conmigo. No sólo en los conservatorios y los teatros hay pianos que hay que afinar constantemente. Hay mucha gente que sigue teniendo el piano en su casa, heredado por generaciones o comprado para tocar”, explica.

En el taller de Miguel, además de los pianos para la venta, tiene varios pianos destartalados que desarma completamente para restaurarlos. Todos diferentes, con maderas exóticas, adornos cincelados, incrustaciones en nácar, teclas de marfil, candelabros de bronce, extrañas muestras de la creatividad humana.

Miguel Puch en su taller de reparación y afinación de pianos. Afina y restaura pianos desde los 13 años y lleva toda una vida dedicada a darle vida a este instrumento. Foto Javier Ferreyra

“El piano es muy complejo, tiene más de 12 mil piezas y toda una tecnología que ha ido evolucionando. Además, cada marca de piano es diferente por cuestiones de patente. Es como ser un mecánico de diferentes marcas de autos, son todos distintos, más allá de que cumplan la misma función”, empieza a contar.

El secreto está en la muñeca

Agarra una llave y ajusta una clavija que sostiene la cuerda. Aprieta la tecla que mueve el martillo que golpea la cuerda produciendo un sonido. Mide la frecuencia con un aparato electrónico y después pega el oído a la caja. “El secreto de la afinación está en la muñeca. El oído es importante, pero hay que aprender a mover esa llave que en todos los pianos es distinta: se dice ‘clavar la clavija’, dejarla en un punto que no se vaya a mover para que la afinación dure. Y es una sensación de la muñeca que lleva mucho tiempo aprender”, detalla. Pulsa la tecla, el sonido llena el taller. “Ahí suena bien. Bueno, se ve que algo sé”, ríe.

Y seguro que sabe porque ya lleva más de 40 mil afinaciones hechas en su vida. Y todo empezó cuando ayudaba a su papá a reparar el órgano de la iglesia, que un momento ya no entraba por las angostas y complejas galerías, por lo que el pequeño Miguel lo ayudaba metiéndose en los tubos, sacando los fuelles, revisando los mecanismos.

Miguel Puch en su taller de reparación y afinación de pianos. Afina y restaura pianos desde los 13 años y lleva toda una vida dedicada a darle vida a este instrumento. Foto Javier Ferreyra

Después empezó afinando el piano de una compañera del colegio y terminó dedicando su vida al instrumento. “Siempre digo que yo no elegí el piano, sino que el piano me eligió a mí. Y a veces me digo “por qué no elegí la flauta en vez del piano… ¡con lo pesados que son!”, y sale a atender a un cliente que viene a retirar su piano con cuatro ayudantes y un carro especial.

Una vida dedicada a los pianos le ha dejado una sensibilidad especial por la música y los mecanismos. “La gente inteligente tiene piano. Está demostrado que los chicos que tocan piano desarrollan mayores capacidades, porque usan las dos manos. El piano es un instrumento tan hermoso que te devuelve más que lo que uno le da. Volvés de trabajar, enojado, cansado, y te sentás al piano y te cura todo, es un instrumento sanador. No va a pasar de moda, es un instrumento bello que no tiene ninguna contraindicación. Cualquier persona puede tocar el piano. No importa la edad, si respirás, podés tocar el piano para conectarte con algo diferente”.

La afinación es un invento humano

Recorrer el taller de Miguel Puch es llenarse de una energía casi espiritual. Pulsa las teclas de los pianos para mostrar lo diferente que suenan. Un Steinway de cola no suena igual que un Pleyel o que un Burmeister. Un piano moderno es más perfecto en su composición, pero el antiguo Zimmermann que llegó destartalado y ahora luce impecable tiene un sonido particular y emocionante.

“La historia de la música va con la historia de la humanidad. Cada cultura ha tenido su particularidad. Los árabes tenían 21 notas; los hindúes, más de 800 afinaciones diferentes. La afinación no existe, es un invento de la humanidad. Es como poner ciertas normas a ciertas frecuencias que hacen algo agradable. El oído de la gente se ha acostumbrado a la afinación occidental moderna, pero la naturaleza tiene todas las frecuencias posibles”, dice Miguel, mientras Raúl Fernández, su socio desde hace años, termina de ajustar otro piano que pronto vienen a buscar.

Miguel Puch en su taller de reparación y afinación de pianos. Afina y restaura pianos desde los 13 años y lleva toda una vida dedicada a darle vida a este instrumento. Foto Javier Ferreyra

El anecdotario de Miguel trabajando con pianos es fascinante. Se puede decir que no hay piano de Córdoba que no conozca. Pianos extraños, mecanismos originales y complicados, camuflados en un escritorio, destrozados por una herencia o en una pelea matrimonial, agarrados a hachazos o con un balazo en la tapa. Pianos con un nido de ratas en su interior, con un anillo de oro perdido, con dinero escondido y olvidado. Uno no sabe si escucharlo tocar o contar anécdotas.

Cuenta que los grandes pianistas tienen también su propio punto de afinación. “Martha Arguerich o Bruno Gelber son pianistas que exigen al máximo el instrumento. No es sólo afinar el piano, sino preparar toda esa mecánica para que el instrumento responda a estos monstruos que tocan a una velocidad increíble y con variaciones muy sutiles y complejas”.

Artesano, ingeniero, músico, todo se conjuga en Miguel Puch y su relación con este instrumento de 88 teclas del que habla con un cariño indescriptible: “Toda la vida dedicada a los pianos, pero no puedo explicar el piano. Yo digo que el piano es como un llamador: si hay un piano, seguro que alguien lo va a tocar”.

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