Un nuevo estudio ofrece una visión integral de los cambios genéticos y morfológicos que permitieron a nuestros ancestros desplazarse erguidos. Combinando análisis embrionarios, genómicos y hallazgos fósiles, el equipo científico ha identificado innovaciones clave en el desarrollo de la pelvis, que distinguen a los homínidos de otros mamíferos y apuntalan la transición a la marcha bípeda.
Una investigación internacional liderada desde la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, brinda una explicación detallada de cómo la pelvis humana se transformó para permitir que nuestros antepasados adquieran una postura bípeda. El estudio, publicado en la revista Nature, identifica dos cambios cruciales en el desarrollo óseo que reorientaron y retrasaron la formación de tejidos en el ilion, la parte superior del hueso de la cadera, dando lugar a la pelvis ancha y en forma de cuenco que caracteriza al linaje humano.
Presiones evolutivas
Hace entre 5 y 8 millones de años, tras la separación de los simios africanos, apareció en los humanos el primer indicio de cambios en la forma de la pelvis, que posteriormente facilitarían la bipedación. La expansión de los pastizales y la reducción de la cubierta forestal en África generó presión selectiva para recorrer mayores distancias en busca de alimentos y agua, favoreciendo posturas más erguidas para ahorrar energía y mejorar la vigilancia del entorno.
¿Qué estructuras óseas permitieron que caminemos erguidos? Durante el desarrollo fetal humano, entre los días 53 y 57 de gestación, la placa de crecimiento del ilion experimenta un giro de aproximadamente 90 grados con respecto al eje longitudinal. Este reordenamiento convierte una estructura alargada en una más ancha y corta, formando un “cuenco” capaz de anclar los músculos glúteos y estabilizar el tronco en posición vertical. En simios y otros mamíferos, esa placa se extiende sin rotar, resultando en pelvis más estrechas y adaptadas a la locomoción cuadrúpeda.
Según una nota de prensa, los cambios en la orientación del ilion se deben, en parte, a alteraciones en genes reguladores del cartílago. Variantes en SOX9 y PTH1R modifican la proliferación y maduración de condrocitos, afectando directamente la forma y el tamaño de la pelvis. En humanos, estas mutaciones promueven la formación de aletas laterales en el ilion, algo que no sucede en otras especies.
Un rasgo definitorio
La segunda gran novedad evolutiva se observa en la osificación del ilion, según un artículo publicado en Nature. Mientras que en la mayoría de los mamíferos el cartílago central se mineraliza primero y el hueso invade el interior, en humanos la mineralización comienza en el perímetro y progresa hacia adentro. Este retraso, de hasta 16 semanas, depende de la regulación de factores genéticos y permite que la pelvis mantenga su geometría compleja durante más tiempo en el crecimiento embrionario y fetal.
Referencia
The evolution of hominin bipedalism in two steps. Gayani Senevirathne et al. Nature (2025). DOI:https://doi.org/10.1038/s41586-025-09399-9
Los autores sugieren que la modificación del patrón de crecimiento pélvico fue un rasgo definitorio del linaje humano temprano. En fósiles como Ardipithecus y Australopithecus ya se observan indicios de esa transición, aunque el proceso continuó y se superpuso con otras presiones selectivas, como las derivadas del aumento del tamaño cerebral.
En resumen, al desentrañar los mecanismos genéticos y morfológicos detrás de la pelvis humana, los investigadores no solo resuelven un antiguo misterio evolutivo, sino que también abren nuevas vías para entender trastornos congénitos de la osificación y proponer terapias innovadoras. La historia de la evolución humana, escrita tanto en nuestros genes como en nuestros huesos, nos ofrece así nuevos caminos para comprender los cambios que nos transformaron y nos siguen transformando a lo largo del tiempo.